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Transmigré como sirviente en una novela +19 de un ex jefe mafioso - Capítulo 01

—¡Jefe!  

 

—Ajá.  

 

—¡Jefe, lea este libro!  

 

Más de metro ochenta de altura, cuerpo musculoso, rostro severo. Pero aquella mirada perdida, casi soñolienta, era tan dócil que no encajaba con su apariencia. El hombre al que llamaban jefe, Kim Hanyul, observaba con ojos vacíos al subordinado que corría hacia él con un libro en las manos.  

 

—¿Qué pasa, Hanseo?  

 

Ese hombre era Park Hanseo, el subordinado más querido por Kim Hanyul dentro de la organización.  

 

Hanseo era incluso un poco más alto que él. Aun con su tamaño, seguía siendo el más joven y el mimado del grupo: un muchacho de apenas veintitrés años.  

 

—¡Jefe, mire esto!  

 

—…¿Y qué es?  

 

—¡Jefe! Es un libro que usted necesita. ¡Ya tiene treinta y ocho años!  

 

—Así es.  

 

Treinta y ocho. ¿Ya había llegado tan lejos?  

 

Trabajo, peleas, trabajo, peleas… tanto tiempo dedicado a lo mismo que ni siquiera había notado cómo la edad se le acumulaba.  

 

“Ya estoy pasado de mi mejor momento.”

 

Antes, bastaba dormir para que su cuerpo se recuperara de inmediato. Pero últimamente despertaba con el cuerpo pesado, como si llevara encima un gran lastre. Era la prueba de que los años habían pasado. El tiempo, que fluía sin detenerse, se le antojaba cruel.  

 

—Pero sin haber tenido ni una sola relación… Haa, esto no puede seguir así, jefe. ¡Al menos antes de morir quiero ver con mis propios ojos cómo usted se enamora!  

 

Park Hanseo hablaba exaltado, con las venas del cuello tensas, metiéndose donde no lo llamaban.  

 

“El más joven diciendo ‘antes de morir’…”

 

Aun así, decidió escuchar en silencio lo que su subordinado tenía que decir.  

 

—Ahora que ha logrado unificar todas las organizaciones del país, ya no queda nada grande por hacer, ¿verdad? Entonces, ¿qué le parece aprovechar esta oportunidad y probar el amor antes de que sea demasiado tarde?  

 

—…¿Amor, dices? Bueno, supongo que sí.  

 

Kim Hanyul asintió con desgana, mirando el libro que Hanseo le tendía.  

 

“¿Qué demonios será este libro que insiste tanto en darme? Seguro tiene que ver con eso del amor…”

 

Nunca había visto a Hanseo leer, así que la situación le resultaba extraña.  

 

—¡Este es el libro que despertará sus células del amor, jefe! Es tan popular que casi no se consigue, pero yo pasé la noche en vela para traerlo.  

 

“¿Existe un libro así…?”

 

—Se titula Un romance secreto con la sirvienta. El trasfondo es una familia mafiosa, igual que la suya, así que podrá identificarse fácilmente.  

 

—Hmm…  

 

A simple vista no parecía interesante. Tampoco creía que le fuera a servir de nada, y leer nunca había sido su pasatiempo.  

 

Justo cuando iba a rechazarlo, Hanseo, con un gesto sorprendentemente tierno para su corpulencia, insistió:  

 

—Jefe, hágalo por mí. Todo esto es por su bien. ¡No se arrepentirá! ¡Se lo prometo!  

 

—…¿De veras?  

 

—¡Sí! Confíe en mí, solo esta vez.  

 

—Si insistes tanto… está bien. Dámelo.  

 

No podía rechazarlo después de que insistiera tanto, así que terminó aceptando el libro.

Era más grueso de lo que había imaginado.  

 

“¿Cuándo voy a leer esto? Si no lo hago, Hanseo no dejará de preguntarme cada detalle del contenido. ¿Habré cometido un error al decir que lo leería?”

 

El arrepentimiento llegó tarde: ya no había vuelta atrás.  

 

“…Qué fastidio. Haré como que lo leo, da igual. Al fin y al cabo, estoy desocupado.”

 

—¡Entonces disfrute su tiempo, jefe!  

 

Con esas palabras, Hanseo salió de la habitación.  

 

Quedando solo, Kim Hanyul bajó la mirada hacia el libro. En la portada había una etiqueta de “+19”.  

 

El título era Un romance secreto con la sirvienta. Con solo verlo, ya podía imaginar de qué trataba. Hanyul soltó una risa seca. ¿Acaso Hanseo me toma por un adolescente?

 

“¿De verdad pensaba que, a mi edad, nunca había leído una novela para adultos?”  

 

Con su mirada perdida recorrió la portada y, por cortesía hacia el esfuerzo de Hanseo, decidió leer unas páginas.  

 

La protagonista era, como anunciaba el título, una sirvienta.  

 

Una sirvienta madura, de voluptuosas curvas.  

 

La historia comenzaba cuando aquella mujer entraba a trabajar en una familia mafiosa.  

 

“Vaya cosa…”

 

Era explícito. No en vano llevaba la etiqueta de +19.  

 

Hasta entonces, las novelas para adultos que había visto parecían falsas; en cambio, cada escena de esta estaba diseñada para estimular las fantasías masculinas. Cuatro hermanos mafiosos y la sirvienta enredados en situaciones imposibles, historias que jamás ocurrirían en la vida real.  

 

Sin embargo, la pluma del autor era tan hábil que, pese al rechazo inicial, pronto se encontró pasando página tras página con fluidez. Cuando volvió en sí, había terminado el libro entero, justo como Hanseo quería.  

 

—…Ah.  

 

“Habrá que darle un premio a Hanseo.”

 

Tal como él había dicho, no había arrepentimiento alguno.  

 

Hacía mucho que no leía un libro, y nunca antes se le había pasado tan rápido entre las manos. Aunque dudaba que le sirviera para su vida amorosa. Bajó la mirada hacia sus piernas, que se sentían extrañamente vigorosas, y soltó un largo suspiro antes de levantarse. Pensaba ir al baño a resolverlo. En ese instante, sus piernas flaquearon y perdió el equilibrio.  

 

“…¿Eh? ¿Qué es esto?”

 

La vista se le nubló. Siempre había gozado de buena salud, así que aquel mareo lo desconcertó.  

 

Tropezando, con la visión cada vez más borrosa, dio unos pasos hasta que finalmente cayó sobre el frío suelo. La conciencia se le apagaba poco a poco.  

 

“…No… no puede ser. No debo caer así… “

 

Aunque intentaba mantenerse despierto, su campo de visión se reducía más y más. Resistió hasta el final, pero al fin no pudo sostenerse y perdió el conocimiento.  

 

  ˏˋ꒰♡ ꒱´ˎ

 

“Me duele la cabeza.”

 

Con el rostro contraído por un dolor punzante, abrió lentamente los ojos. Un techo desconocido lo recibió.  

 

“…¿Dónde estoy? ¿Por qué estoy aquí?”

 

Sin comprender la situación, miró a su alrededor. No solo el techo: todo lo que lo rodeaba era completamente nuevo para él.  

 

¿Qué lugar es este?

 

No podía ocultar su desconcierto. Su habitación era grande y espaciosa, al menos cinco veces más amplia que esta. Y ahora, tras desmayarse, despertaba en un cuarto estrecho y miserable.  

 

Se incorporó despacio. Por suerte, el dolor de cabeza había desaparecido.  

 

Al observar con calma, notó que lo único en la habitación era un colchón delgado y gastado, un armario, y un viejo espejo en un rincón. Como hipnotizado, se acercó al espejo.  

 

—…¿Quién eres?

 

La pregunta salió de mis labios sin pensarlo, y de inmediato me sobresalté al escuchar una voz desconocida. Me llevé la mano al cuello, confundido. El hombre en el espejo imitaba exactamente mis movimientos.  

 

Sus ojos tenían un brillo ausente, pero su estatura rondaba el metro setenta, con un rostro y unos ojos redondeados que le daban una apariencia enteramente redonda.  

 

“Ese tipo… parece una ardilla, con esos ojos brillantes.”

 

Sin embargo, aquella mirada perdida transmitía la sensación de que le faltaban varias piezas, como si algo estuviera suelto.  

 

Casi igual que yo, normalmente…  

 

Levanté la mano y me pellizqué la mejilla.  

 

—¡Ay!  

 

Dolía.  

 

…¿Dolía?

 

El ceño fruncido confirmaba que no era un sueño. Era real.  

 

En cuanto comprendí que aquello no era un sueño, mi mente comenzó a girar con furia.  

 

“¿Por qué estoy aquí? ¿Quién es este? ¿Dónde demonios estoy?”

 

Necesitaba información. Antes habría ordenado a mis subordinados que investigaran, pero aquí no había nadie. Y aunque los hubiera, difícilmente me reconocerían. Tenía que moverme yo mismo.  

 

Con fastidio, empecé a registrar la habitación con rapidez.  

 

“No hay nada…”

 

Lo único que encontré fue una cartera con un documento de identidad y un viejo teléfono móvil. El carnet decía Park Gyumin, veinte años.  

 

En la cartera apenas había dinero, y en el teléfono solo un par de contactos. Sin más pistas, desistí de buscar información y fijé la mirada en la puerta cerrada.  

 

Parecía claro que debía salir. Me dirigí hacia ella.  

 

—¡Oye!  

 

En ese instante, la manija de la puerta giró y una voz atronadora, como si hubiera hervido dentro de una caldera, desgarró el aire. Miré sorprendido: un intruso se plantaba con descaro frente a la puerta.  

 

Era un joven que parecía rondar los veinte años, de una altura descomunal. Yo, con mi estatura promedio, tenía que alzar bastante la vista para alcanzarle el rostro.  

 

Cuerpo robusto, piel tostada, cabello teñido de rubio chillón y un pendiente brillante colgando de la oreja. Con su aspecto de gamberro y esa mirada feroz, lo primero que pensé fue:  

 

“¿Un aprendiz de mafioso?”

 

—¿Sabes qué hora es y todavía tirado durmiendo? ¿No vas a preparar la comida?  

 

El hombre me señalaba con el dedo mientras yo miraba alrededor. No había nadie más en la habitación. ¿De verdad me estaba hablando a mí?  

 

—¿Cuánto tiempo llevas aquí y ya te haces el vago? ¡Siempre te digo que después del entrenamiento al amanecer la comida debe estar lista! ¿Mis palabras te entran por un oído y te salen por el otro?  

 

—…Hmm, este mocoso sí que tiene pulmones de hierro.  

 

—¿Qué… qué dijiste?  

 

Ah. Lo que pensé se me escapó en voz alta.  

 

Después de tanto tiempo siendo jefe, nunca había tenido que medir mis palabras frente a mis subordinados. Era un hábito difícil de romper. Y aquel chico, con su energía descarada, me recordaba demasiado a ellos…  

 

—Ah, fue un error.  

 

Agité la mano rápidamente, como queriendo zanjar el asunto. Pero el joven no parecía dispuesto a dejarlo pasar. Su expresión, ya de por sí dura, se arrugó aún más. Si no frunciera tanto el ceño, hasta podría tener un rostro decente. Pero insistía en deformarlo con esa mueca.  

 

“Ya verá… todas esas arrugas se le quedarán.”

 

—Relaja esa cara. ¿Qué hace un joven arrugando el rostro como si estuviera poseído por un fantasma hambriento? La comida, al fin y al cabo, puedo prepararla.  

 

Me salió la reprimenda casi sin pensarlo, como si de un subordinado se tratara. En los ojos del muchacho se reflejaba un instante de desconcierto.  

 

Decidí que seguir hablando solo me dolería los oídos, así que lo pasé de largo. Si aquel mocoso lloriqueaba por comida, lo mejor era darle algo para que cerrara la boca.  

 

Aunque cueste creerlo, después de pelear, lo que mejor sabía hacer era cocinar. A menudo preparaba comida para mis hombres, así que no era nada extraño para mí cocinar para alguien. Con la idea de alimentarlo rápido y hacerlo callar, salí de la habitación… y me quedé petrificado.  

 

—…¿Dónde estoy?  

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