Al abrir la puerta, se desplegó ante mis ojos un paisaje digno de un palacio. Siempre había pensado que mi casa no estaba nada mal, pero esta residencia era de otra dimensión. Del techo colgaba una lámpara de araña que a simple vista parecía carísima; el suelo era de mármol, y hasta los muebles que se alcanzaban a ver irradiaban lujo. Se notaba que cada pieza había sido trabajada con esmero por manos de un maestro artesano.
“¿Y si cambio mi habitación por cosas como estas?”
Lo pensé a medias en broma, a medias en serio, mientras observaba fascinado. Entonces sentí una presencia detrás de mí.
—¡Oye! ¡Todavía no he terminado de hablar…!
En ese instante, una mano me agarró bruscamente del hombro. Con rapidez, tomé esa mano, la torcí y lancé al hombre por encima de mí.
—¡Ugh!
El desconocido cayó de espaldas contra el duro suelo de mármol y rodó, retorciéndose de dolor. Lo miré con cierta indiferencia y, un segundo tarde, murmuré una disculpa.
—Fue un error…
No era lo ideal tratar así a alguien que veía por primera vez, pero en mi oficio la vida siempre estaba en juego, y ser tocado por la espalda me ponía en guardia.
“…¿Pero mi fuerza sigue intacta?”
Abrí y cerré el puño. Pensaba que al tener un cuerpo más pequeño mi fuerza se habría reducido, pero al contrario: parecía incluso mayor que antes. Había derribado a un hombre más grande que yo sin esfuerzo alguno. Quizá era por la juventud: ahora, con veinte años, sentía que el cuerpo, antes pesado por la edad, volvía a llenarse de energía. En ese momento, me parecía capaz de enfrentar una pelea de diez contra uno, como en mis mejores tiempos.
—¡Este bastardo…! ¡Aaagh!
—…Vaya, el mocoso tiene energía de sobra.
—¿A quién llamas mocoso? ¡Suéltame! ¡Aaagh!
Observé al joven frente a mí. A esa edad, la sangre hierve, y aunque lo había derribado, no se rendía: volvió a lanzarse con los puños cerrados. Esta vez le torcí el brazo hacia atrás, y enseguida empezó a gritar de dolor. Se lo había buscado. Tenía aspecto fuerte, pero era un quejica.
—¡Qué fuerza! ¡Aaagh! ¡Se va a romper, se va a romper!
Ante sus palabras, ladeé la cabeza.
—…Con esto no se rompe. ¿Quieres que de verdad lo rompa?
Lo sabía bien: lo había hecho muchas veces.
—¡No, no…! ¡Aaagh!
“Qué ruido, me va a dejar sordo.”
A tipos tan fogosos había que aplastarlos desde el principio para que no levantaran cabeza. Pero…
Ese había sido mi lema en la juventud. Ahora ya no tenía ganas de llegar tan lejos. Aflojé lentamente la presión de mi mano, que parecía a punto de quebrar su brazo. Quizá la edad me había vuelto más blando.
—Tú- tú…
Al soltarlo, el muchacho retrocedió de inmediato, con los ojos encendidos de rabia, mirándome con furia. Por suerte, parecía haber aprendido la lección: no se atrevía a lanzarse de nuevo.
Bueno, al menos tiene espíritu.
Lo dejé resoplando y pasé de largo, caminando con calma.
“Ah, cierto.”
Casi olvido lo que debía preguntar.
—¡Oye!
Me detuve y giré para mirar al muchacho. Él retrocedió de golpe, aumentando la distancia entre nosotros, con una expresión de alerta.
—¿Q-qué?
—…¿Dónde está la cocina? Dijiste que tenías hambre, ¿no?
—S-sígueme.
Su rostro mostraba que tenía mucho por decir, pero parecía no querer seguir hablando conmigo. Aun así, debía de tener hambre, porque aceptó guiarme sin protestar. Lo seguí en silencio.
—Oh… impresionante.
Al entrar en la cocina, mis ojos recorrieron el lugar con asombro. No faltaba nada. Las instalaciones eran de primera categoría.
Me acerqué primero al refrigerador y abrí la puerta. Dentro había verduras frescas, frutas, y carne de excelente calidad, todo perfectamente ordenado. Y no era solo un refrigerador: había tres más.
“Tengo hambre.”
Al ver aquellos ingredientes frescos, el apetito me golpeó también. Revisé la olla de arroz: estaba llena de arroz recién hecho, en su punto. Con arroz todo se volvía más fácil. Pensé en preparar un sencillo salteado de cerdo picante. Para la mañana, nada mejor que un plato de carne fresca. Con destreza, saqué la carne y comencé a cocinar.
—¡Oye!
—¡Oye!
—¡Oye!
Intenté ignorarlo, pero la voz del muchacho era demasiado fuerte.
—…¿Me estás llamando a mí?
—Sí… te estoy llamando a ti. ¡sirviente!
—¿Sirviente?
¿Acaba de llamarme sirviente? ¿A mí?
Me sorprendió que me llamara así. ¿sirviente, yo? Bueno… en el fondo ya lo intuía, lo que estaba ocurriendo no era normal. Si lo pensaba con frialdad, aquel momento había sido mi muerte. Y en lugar de marcharme, por alguna razón había quedado atrapado en este cuerpo joven y desconocido. Así que, aunque yo no conocía a ese hombre, él sí parecía conocerme. Una situación absurda.
“Pero un sirviente…”
Al escuchar esa palabra, inevitablemente me vino a la mente la novela que había leído justo antes de desmayarme. La protagonista también era una sirvienta, ¿no? Y en esa historia había un tercer hermano de carácter insoportable, igual que este.
Seguí cocinando mientras pensaba. Poco a poco, de mis manos nació un apetitoso salteado de cerdo picante. El aroma que se esparcía por la cocina hizo callar al muchacho que antes no dejaba de provocarme.
Incluso yo tuve que admitirlo: el plato se veía espectacular.
Serví el cerdo sobre arroz blanco y coloqué el cuenco frente a él, sentándome yo también con otro cuenco en la mesa. Su expresión volvió a torcerse con dureza.
—Ja, de verdad estás loco. ¿Cómo se te ocurre sentarte aquí…?
—¿Cuál es tu nombre?
El joven guardó silencio un instante. Parecía debatirse, hasta que finalmente habló.
—Oye… sirviente. ¿No deberías ir al hospital?
Por su mirada, estaba convencido de que yo había perdido la cordura. Me observaba como se mira a un loco.
Me limité a encogerme de hombros. Yo también tenía dudas: ¿estaba en mis cabales o realmente me había vuelto loco, como él decía? Necesitaba comprobarlo. Lo miré fijamente, esperando su respuesta. Al final, suspiró y contestó a regañadientes:
—…Soy Jeong Hwangyu.
Jeong Hwangyu. Un nombre familiar.
—¿Veinte años, tercer hijo de una familia mafiosa?
—¡¿Qué demonios…?! ¡Lo recordabas todo! ¡Idiota! ¡Me asustaste! ¿Te estás burlando de mí?
Creyendo que me burlaba de él, Hwangyu golpeó la mesa con el puño y se levantó de golpe. Yo lo observé en silencio, con la misma expresión ausente de siempre.
“Esto… no puede ser.”
Creo que he entrado en el libro.
“Park Gyumin.”
Con razón el nombre no me resultaba tan extraño.
Al mirar a Jeong Hwangyu, vivo y furioso frente a mí, comprendí que él era uno de los candidatos a protagonista masculino de la novela que había leído. Entonces, también podía deducir dónde estaba y quién era yo.
El sirviente que trabajaba en esta familia mafiosa antes de la llegada de la protagonista. Y cuando ella aparecía, aquel personaje caía rendido ante su astucia, era manipulado y finalmente apuñalado en su lugar: un destino trágico.
Maldición.
La rabia me subió a la garganta.
“…Maldito Hanseo. ¿No decías que me harías vivir un romance? ¿Esto es lo que llamas romance?”
Por más que intentara no culpar al mocoso, era imposible. De jefe mafioso a sirviente desdichado en un solo día… solo podía chasquear la lengua ante esta miserable realidad.
ˏˋ꒰♡ ꒱´ˎ
…¿Qué pasa? ¿Por qué no reacciona?
Jeong Hwangyu, entre insultos y exabruptos, no dejaba de observar a Park Gyumin de reojo.
Pero este último permanecía inmerso en sus pensamientos, sin prestarle atención. Eso lo desconcertaba.
“¿De verdad está loco?”
Desde la mañana se comportaba raro.
Park Gyumin había entrado como sirviente en la familia hacía dos meses. Era tímido, reservado, y tan miedoso que temblaba con solo recibir una orden. Pero el de hoy era distinto, demasiado distinto.
Normalmente, después del entrenamiento matutino, tenía la comida lista sin necesidad de que se lo pidieran. Esta vez, en cambio, se encerró en la habitación y no salió. Cuando lo buscó, le habló con descaro, como si fueran iguales. Y su fuerza… imposible de resistir.
A pesar de su propio cuerpo entrenado, Jeong Hwangyu había quedado sorprendido: aquel sirviente lo dominaba con una sola mano.
“Pensar que podía esconder tanta fuerza en un cuerpo tan pequeño…”
Incluso mientras se enfurecía, Jeong Hwangyu no podía evitar observar con cautela a Park Gyumin .
“¿Qué demonios? Ni siquiera me está prestando atención.”
Hwangyu detuvo los insultos y lo miró con ojos asesinos, pero Park Gyumin , con una expresión ausente, parecía murmurar para sí mismo antes de tomar la cuchara y empezar a comer arroz. Aquella actitud absurda hizo que Hwangyu chasqueara la lengua.
“¿No debería llevarlo al hospital o algo así?”
¿Comer juntos?
Eso ya era ridículo, pero lo peor era que se atrevía a servirse primero, como si no supiera cuál era su lugar.
Era intolerable. Con los dientes apretados, Hwangyu estaba a punto de volcar la mesa cuando…
“¿Qué es este olor?”
El intenso aroma del cerdo picante salteado lo detuvo en seco. Su mirada se dirigió de manera instintiva al plato que Gyumin había preparado. Hasta entonces, la cocina de aquel sirviente había sido mediocre, apenas suficiente. Pero este olor… era otra cosa.
El aroma que desprendía aquel plato no tenía nada de común. Hwangyu, acostumbrado a comer siempre lo mejor, se sorprendió al descubrir que se le hacía agua la boca.
“…Y encima come con tanto gusto.”
Al verlo mezclar el cerdo con el arroz blanco y comer con apetito, Hwangyu tragó saliva sin darse cuenta.
Al final, comprendió que volcar el plato solo sería un desperdicio para él mismo. Dudó un momento y luego se sentó de nuevo, decidido a probarlo antes de decidir si lo tiraba o no.
Y cuando dio un gran bocado al cerdo picante, no pudo evitar quedar atónito.
“¡Este… este sabor…!”
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