“Esta casa es ridículamente grande.”
Cuando Jeong Hwangyu, que estaba haciendo un escándalo en el sofá, salió también, quedé completamente solo en esta enorme casa. Miré a mi alrededor con aire distraído. Ahora lo que me tocaba era limpiar todo este lugar. Primero debía averiguar dónde estaba cada cosa.
En la novela, el escenario cambiaba de golpe, como por arte de magia. Pero aquí no era así.
Desde el momento en que me convertí en Park Gyumin , este lugar se volvió mi realidad. Así que tenía que recorrerlo yo mismo para saber qué había en cada rincón.
Comencé por el primer piso. Había varias habitaciones: la cocina, la sala, mi cuarto, el de Hwanyeong. El resto parecían cuartos de invitados, todos vacíos. Encontré un espacio lleno de utensilios de limpieza; debía de ser el cuarto de los implementos. Tomé primero la aspiradora.
“Limpiaré el polvo que se ve, mientras recorro.”
Tras terminar de explorar y limpiar el primer piso, subí al segundo.
—Oh, el segundo piso es diferente.
Era aún más amplio que el primero. Con espíritu de explorador, abrí varias puertas y entré en distintas habitaciones. Había tantas que todavía quedaban más por revisar. La mayoría estaban vacías.
—Este debe ser el gimnasio.
Dentro, más espacioso que los demás, había todo tipo de máquinas de entrenamiento. Parecía el espacio personal de Jeong Hwangyu . Estaba tan bien equipado que parecía un gimnasio.
Lo observé con interés y luego cerré la puerta. La habitación contigua estaba llena de ropa tirada por todas partes. Eran prendas llamativas, del tipo que usaría un matón. Entre ellas, había camisas de estampados florales, similares a la que Hwangyu llevaba cuando salió de casa.
Vaya gusto para la ropa…
“Cualquiera puede ver que esta es la habitación de Jeong Hwangyu .”
Acomodé por encima las ropas desordenadas y eché un vistazo al interior. Curiosamente, no había ni un solo libro.
¿No era ya un estudiante de la universidad?
Su vida universitaria debía de ser tan predecible que ni hacía falta imaginarla. Chasqueé la lengua y salí de la habitación. No había nada más que ver allí.
Tras terminar de recorrer todo el segundo piso, me dirigí al último: el tercero. Allí debían estar las habitaciones del mayor, Jeong Hwanhee, y del segundo, Jeong Hwanseo.
Volví a recordar el contenido de la novela. El protagonista principal era Hwanhee: el típico hombre frío de ciudad, pero cálido solo con su mujer. Dirigía una gran organización mafiosa y apenas aparecía en casa dos o tres veces al mes, siempre ocupado. Sin embargo, desde que la protagonista entraba como sirvienta, empezaba a venir con frecuencia.
El segundo, Hwanseo…
“Sí… ese era un personaje problemático.”
Todos los hombres de esta familia tenían sus defectos, pero él era el peor. Podría decirse que no estaba en sus cabales. El tercero, Hwangyu , era temperamental y explosivo, pero transparente: lo que mostraba por fuera era lo mismo que por dentro. En otras palabras, fácil de manejar, el típico matón de poca monta. Pero Hwanseo era distinto.
Era el único al que la protagonista no podía controlar, el único que nunca cayó en sus encantos y, al contrario, llegó a manipularla.
Un desequilibrado. Un loco. Un psicópata. Alguien con quien jamás debía involucrarse. Ese era Hwanseo.
“Bueno, eso solo con la gente que le interesaba…”
Con los demás era completamente indiferente. En resumen, para un extra como yo, era un personaje sin importancia. En la novela, apenas tenía contacto con Park Gyumin: a veces le pedía algún recado y él lo cumplía, nada más. Una relación meramente funcional. Así que no había de qué preocuparse. Además, Hwanseo tampoco solía estar en casa.
Con esa tranquilidad, empecé a recorrer las habitaciones del tercer piso. Era muy distinto a los anteriores: cada espacio estaba lleno, desde la biblioteca hasta otras salas.
Lo que más llamó mi atención fue una habitación repleta de armas. Tragué saliva y, como hipnotizado, entré.
“Aquí no falta nada…”
Había cuchillos de todos los tamaños, ladrillos, palos de madera… parecía que habían reunido cualquier cosa que pudiera servir como arma.
Me quedé un buen rato observando y evaluando cada objeto, hasta que me di cuenta de que había perdido demasiado tiempo allí. Aún quedaban muchas habitaciones por recorrer, y no podía quedarme demasiado en una sola.
Mientras exploraba una tras otra, de pronto vi una habitación que destacaba sobre todas.
Desde la manilla de la puerta ya se notaba que era especial.
Seguramente era la habitación de Jeong Hwanhee, el jefe mafioso.
Me acerqué lentamente, con curiosidad por saber cómo estaría el cuarto del protagonista principal.
Giré la manilla con expectación.
Clac, clac, clac-clac.
“…Claro, no iba a estar abierta.”
Siendo la habitación del jefe, debía de contener documentos confidenciales. Aunque fuera su propia casa, era lógico que la mantuviera cerrada.
Chasqueé la lengua con cierta decepción.
Podría abrirla si quisiera…
Recordé las decenas de técnicas para forzar cerraduras que había aprendido de mis subordinados. Con esas habilidades, no sería difícil. Pero no tenía tanta curiosidad como para arriesgarme. Entrar sin permiso podría causar malentendidos peligrosos.
—¿Eh?
¿Qué es este olor?
Justo cuando me daba la vuelta para marcharme, un olor intenso y agradable me golpeó la nariz. Me quedé inmóvil, olfateando.
¿De dónde venía? Nunca había percibido un aroma así. Era profundo, indescriptible, capaz de sacudirme hasta el instinto. Sin pensarlo, comencé a caminar en dirección al lugar de donde provenía.
“Debe de ser esta habitación…”
Era una de las que aún no había explorado, situada justo enfrente de la de Jeong Hwanhee.
—Haa…, haa…
Cuanto más me acercaba, más intensos se volvían los gemidos que salían de dentro. Hipnotizado, giré la manilla. Pensaba que estaría cerrada, pero la puerta se abrió suavemente.
Al entrar, me quedé petrificado.
Un hombre desnudo.
Dentro había un joven completamente despojado de ropa, de piel tan blanca que parecía brillar.
Su cabello negro caía hasta los hombros, y su rostro era tan delicado que fácilmente podría confundirse con el de una mujer. Sus ojos oscuros, con párpados dobles bien marcados, tenían un aire nebuloso y extrañamente hermoso.
Y su cuerpo…
Cubierto de cicatrices aquí y allá, pero incluso esas marcas parecían formar parte de una escultura.
Un físico musculoso que contrastaba con su rostro angelical. Su rostro y su piel estaban enrojecidos por la excitación, desprendiendo una sensualidad tan intensa que, aun siendo hombre, era imposible apartar la mirada.
“Es erótico…”
Sus ojos enturbiados se alzaron hacia mí. Sus labios rojos, casi escarlata, se movieron para dirigirse a mí:
—¿Quién eres tú?
Su voz era perezosa, juguetona. En ese instante, recuperé la lucidez. En mi mente se encendieron alarmas rojas, parpadeando sin cesar. Podía parecer una broma, pero dentro de aquella voz había un filo mortal, una amenaza que me hacía sentir que podía destrozarme en cualquier momento.
La presión era abrumadora.
Instintivamente supe quién era.
El personaje del que había hablado antes: el que jamás debía cruzarse en mi camino. El más desequilibrado, el psicópata de este mundo.
Jeong Hwanseo.
—Dije claramente que nadie debía entrar…
Era una situación que no conocía. Me sentía injustamente atrapado.
Hoy había despertado dentro de este libro, convertido en Park Gyumin .
Cuando Jeong Hwanseo se levantó tambaleante, de su cuerpo emanó de golpe aquel aroma intenso que ya había percibido antes. Un olor tan fuerte que me mareaba.
“…¿No me digas, será… eso?”
El estado alterado de Hwanseo, su cuerpo excitado que no podía dejar de llamar la atención… no había duda. Era el ciclo de rut, el período de celo de un Alfa. Pero ese aroma solo podían percibirlo los Omega, ¿no? Yo se suponía que era un Beta.
No tuve tiempo de resolver la duda: la distancia entre nosotros se acortaba cada vez más.
—Ya no importa. Quien sea está bien. Ven, juguemos.
“Concéntrate.”
Rápidamente empecé a pensar. En la novela se decía que durante el rut los Alfa perdían la razón. Por lo tanto, ahora Hwanseo probablemente no me reconocería.
En ese caso… no tenía sentido huir. Si ya me había visto, me perseguiría de todos modos.
Se me ocurrió una solución rápida.
Cerré la puerta abierta y di un paso más hacia dentro. Ahora solo estábamos él y yo en la habitación. Su hermoso rostro llenaba mi campo de visión. Con la lengua recorrió lentamente sus labios rojos, mirándome con unos ojos desbordados de deseo.
Apoyó las manos contra la pared, encerrándome entre ellas, y preguntó:
—De cerca eres muy bonito. Bonito… ¿cómo te llamas?
Era casi cómico que, con esa mirada de depredador a punto de abalanzarse, fingiera estar en sus cabales y me pidiera el nombre.
En condiciones normales, nunca habría confundido a un sirviente como yo. Era la prueba clara de que no estaba consciente.
Lo miré fijamente y apreté los puños.
“Entonces, hasta que recupere la cordura… tendré que golpearlo sin piedad, y así ni siquiera sabrá quién soy.”
Cuando leía la novela, cada vez que aparecía Jeong Hwanseo se describían con detalle sus locuras. Y cuánto me irritaban…
Si no hubiera consecuencias, siempre había querido darle una paliza al menos una vez. Quién iba a decir que la oportunidad llegaría así.
“…Exacto.¿Quién me lo impide?”
Mirando a Hwanseo, mucho más joven que yo, me incliné hacia su oído y le susurré en voz baja:
—Pequeño… aprieta bien las muelas. Te van a saltar los dientes.
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