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Buscando al marido de la duquesa - Capítulo 22

—¡Su Majestad…! —gritó Lloyd con desesperación.

El emperador habló con una voz cargada de irritación.

—Basta. Si dices una palabra más, lo consideraré traición.

Sus ojos dorados seguían siendo tan feroces como siempre.

—Aaah…

Sin atreverse a responder, Lloyd se desplomó en el suelo.

Mientras observaba aquello, Artia entrelazó las manos temblorosamente.

El emperador no había tomado la decisión por el bien de Artia, sino para expulsar a Lloyd del consejo ducal, pero eso ya no importaba.

Estaba rebosante de felicidad porque finalmente había obtenido aquello que tanto había anhelado.

¡Por fin… por fin estoy divorciada!

ˏˋ꒰♡ ꒱´ˎ

El emperador se levantó de su asiento y abandonó la capilla.

Artia, que había permanecido arrodillada todo ese tiempo, finalmente se puso de pie.

Lloyd corrió inmediatamente hacia ella, le agarró la muñeca y gritó.

—¡Corre ahora mismo ante el emperador y dile que no quieres divorciarte de mí!

—No.

El rostro de Lloyd se endureció ante aquella respuesta firme.

Aun así, Artia continuó con voz tranquila.

—Ya lo escuchaste y lo sabes. El emperador nos castigó por fracasar en nuestros deberes como matrimonio y como duques, y nadie puede revocar su decisión.

—¡¿Qué?!

—Así es.

Artia giró la cabeza, y Lloyd se abalanzó hacia ella.

La figura vestida de blanco se superpuso por un instante con la imagen del hombre que la había atacado la noche anterior.

Por un momento, el cuerpo de Artia se puso rígido.

Se mordió el labio.

¡No!’

Pero quien terminó golpeando el suelo pesadamente no fue Artia, sino Lloyd.

—¿Vivi?

No.

Quien estaba de pie sobre Lloyd era el príncipe Killian, con su cabello negro azabache y sus ojos dorados.

Vestido con uniforme ceremonial, como si se dirigiera a alguna reunión importante, sostenía un látigo de montar ensangrentado mientras murmuraba:

—Un gusano desagradable dentro de una capilla sagrada.

Aunque su voz sonaba perezosa y desganada, sus ojos dorados eran inquietantes.

Lloyd tembló como si estuviera a punto de morir, incapaz siquiera de preguntar cómo alguien podía golpear a una persona con un látigo.

Killian apartó la mirada de él y observó a Artia.

—¿Qué harás, Artia Von Edenberg?

—¿Q-qué?

—¿Matarás al insecto o lo dejarás ir?

Preguntó mientras una elegante sonrisa se dibujaba en sus labios al mirar a la nerviosa Artia.

Su voz sonaba tan despreocupada como si estuviera preguntando:

“¿Quieres dulces o chocolate?”

Artia tardó un momento en comprender el verdadero significado de aquellas palabras.

Estaba segura de que no sentiría tristeza si Lloyd moría.

Ni siquiera una pizca.

Pero no quería verlo morir frente a ella.

No por él, sino por sí misma.

—Su Alteza, preferiría seguir viendo únicamente cosas hermosas. Si desea hacerlo… entonces hágalo sin mí.

Killian levantó ligeramente la comisura de sus labios y dijo sin siquiera mirar a Lloyd:

—Lárgate.

—¡Gracias, gracias!

Lloyd agradeció a Killian como si fuera su salvador por haberlo azotado y salió huyendo de la capilla en un instante.

Ahora solo quedaban Artia y Killian dentro de la enorme capilla.

“Es increíblemente hermoso…”

Artia observó a Killian maravillada antes de inclinar rápidamente la cabeza en disculpa.

Sin importar lo resplandeciente que fuera, el hombre frente a ella era un príncipe loco y extremadamente misógino.

Debía tener cuidado.

La mandíbula de Artia se tensó, pero la voz de Killian llegó hasta ella.

—Tus heridas son peores de lo que reportaron los caballeros.

La cabeza de Artia se levantó de golpe.

—¿Fue usted quien envió a los Caballeros Dorados?

Para su sorpresa, la respuesta fue afirmativa.

—Sí.

—¿Por qué?

Las palabras escaparon de sus labios tan rápido como la sorpresa que sentía.

ˏˋ꒰♡ ꒱´ˎ

Mirando a Artia, que lo observaba con asombro, Killian recordó la noche de unos días atrás.

En nombre del emperador, Killian había estado revisando informes enviados por los nobles.

Los relacionados con la administración del Imperio le parecían interesantes, pero los que pedían mediación en disputas entre casas nobles eran insoportablemente molestos.

—Les cortaré las manos a todos los que escriban asuntos privados y los envíen a la Corte Imperial para fastidiarme.

Murmuraba aquello sin intención de bromear cuando Nocturne apareció.

—Su Majestad, hace poco llegó un mensaje de la señora Artia Von Edenberg.

La carta de Artia no trataba sobre asuntos urgentes del estado ni sobre política imperial.

Era simplemente una petición personal de una mujer.

Normalmente, ese tipo de solicitudes quedaban relegadas a funcionarios inferiores.

Pero Nocturne, que había descubierto la carta por casualidad, decidió llevársela personalmente a Killian.

Sus instintos, cultivados tras años sirviendo al Rey Loco, le advirtieron:

Si no se la entrego y luego descubre que estaba aquí… estoy muerto.”

 

Y tenía razón.

Los ojos de Killian brillaron de repente, como si el aburrimiento hubiera desaparecido por completo, y tomó la carta de las manos de Nocturne para leerla fríamente.

Nocturne suspiró aliviado al verlo.

Pero un instante después, quedó horrorizado.

Los ojos dorados de Killian, que momentos antes parecían haber encontrado un juguete divertido, ahora brillaban de manera aterradora.

—¿Qué demonios está diciendo esta mujer?

‘Príncipe loco… solo sirves por tu cara bonita. Antes que príncipe deberías aprender a ser humano.’

Eso era lo que Nocturne fantaseaba decirle constantemente.

Tras apartar finalmente la mirada de la carta, Killian habló.

—Envía a los Caballeros Dorados a proteger a Artia Von Edenberg.

La boca de Nocturne quedó abierta.

Los Caballeros Dorados pertenecían directamente a la Corte Imperial y su deber principal era proteger a la familia real.

¿Enviarles a custodiar a una noble?

Pero Nocturne no se atrevió a protestar.

Los ojos dorados de Killian eran demasiado inquietantes.

Nunca debías contrariar al Rey Loco. Era un camino directo al infierno.

—Me encargaré de ello.

Respondió Nocturne con rapidez antes de huir de la habitación.

Justo antes de que la puerta se cerrara, cruzó miradas con Killian.

Finalmente perdiste la cabeza.”

Eso era exactamente lo que reflejaban sus ojos.

Killian pensó para sí mismo.

Había leído aquella carta como si hubiera estado esperándola, se había enfurecido y había actuado inmediatamente.

Nada de eso era propio de él.

Y ahora esa pequeña mujer lo observaba con la misma expresión que había tenido Nocturne.

—¿Por qué?

Las cejas de Killian se fruncieron ligeramente.

Claro… ¿por qué?

‘¿Por qué la historia de una mujer abusada y agredida por su esposo me irritó tanto?’

Era una historia horrible, sí.

Pero no algo capaz de conmover a Killian, quien normalmente era indiferente hacia los demás.

Después de pensar durante un largo rato, Killian finalmente llegó a una conclusión.

—Cuando ves a una pequeña oruga luchando por escapar de una telaraña… te nace el deseo de ayudarla.

Artia, la “oruga” de aquella historia, arqueó las cejas.

—Entonces… ¿me tiene lástima?

Aunque sentía una extraña incomodidad, Killian asintió.

—Sí.

La lástima era humillante.

Especialmente para un noble.

Pero Artia no se enfadó.

En cambio, sonrió.

Como si se sintiera aliviada de haber encontrado la respuesta correcta.

—Ya veo. Me sorprende que posea una emoción tan ordinaria, pero…

Artia cubrió su boca antes de mirar a Killian.

—Perdóneme. Nunca quise criticar a Su Alteza.

Afortunadamente, la expresión de Killian no cambió en absoluto, como si no le importara.

Después de todo… ¿quién se molestaría porque una pequeña oruga dijera algo insolente?

Artia observó a Killian agradecida por aquella extraña amabilidad.

No podía comprender lo que se ocultaba detrás de aquellos feroces ojos dorados.

Pero había una cosa segura.

Él la había ayudado.

Artia levantó ligeramente el borde de su falda e inclinó la cabeza.

—Gracias por su favor en tantos aspectos, Su Alteza. Gracias a usted pude obtener lo que deseaba.

Artia anunció su victoria con voz clara y elevada.

—Estoy divorciada.

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