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El lugar donde se quebró la rosa dorada - Capítulo 104

 

Episodio 104

 

 

El sedán negro que salió de la empresa ni siquiera se acercó a su residencia.

 

El vehículo que conducía Arthurus iba en dirección contraria a su casa. Una bocanada de humo blanco le salió de la boca al retirarse el cigarrillo. Sus ojos azul grisáceos se fijaron en el retrovisor.

 

Una risa se le escapó sin querer.

 

—Patético.

 

No había ni un solo conductor más en la carretera, y aun así lo seguían de una forma tan descarada que resultaba francamente ridícula.

 

Aquello ya no era vigilancia, sino casi una invitación a que los descubrieran.

 

Pero no podrían seguirlo hasta el final. Su destino era un páramo, a tres horas en auto, completamente fuera de la capital. A menos que quisieran anunciar abiertamente que lo estaban vigilando, no tendrían más remedio que abandonar la persecución.

 

En la ciudad todavía podían disimularlo, pero cualquiera se daría cuenta de lo extraño que sería que un vehículo lo siguiera hasta un erial*.

 

(Becky: *Para los que no lo sabían, como yo, erial es un campo sin cultivar o labrar).

 

El cigarrillo que sostenía entre sus largos dedos índice y medio salió volando por la ventana, arrastrado por el viento, y cayó al asfalto. La rueda del coche que lo seguía aplastó la brasa y la apagó.

 

Presionó el acelerador con sus zapatos negros.

 

 

* * *

 

 

—Mmm…

 

La profunda oscuridad era más densa que cualquier manta. Pero Karen llevaba mucho tiempo sin poder dormir profundamente.

 

El miedo y la preocupación por el mañana que la aguardaba al abrir los ojos, y los sueños que, incluso cuando lograba descansar un poco, la despertaban cargados de una pesada culpa, la perseguían sin descanso.

 

—Ah…

 

Pero esa noche se despertó por un motivo ligeramente distinto.

 

Frunció el ceño al sentir un dolor sordo en el bajo vientre, gimió en voz baja y acabó abriendo los ojos.

 

Encendió una pequeña luz y examinó las sábanas por si acaso. A diferencia de otras veces, no había rastro de sangre.

 

Aun así, pensó que debía comprobar su ropa interior. Si Nina se enteraba, seguro que se preocuparía, así que lo mejor sería ir y volver en silencio, sin hacer ruido.

 

Arrastrando un cuerpo que se sentía inusualmente pesado, Karen bajó las escaleras conteniendo los pasos.

 

Miró el reloj: apenas había dormido algo más de treinta minutos, pero aun así existía la posibilidad de que Nina ya se hubiera quedado dormida.

 

Entonces, desde la planta baja, llegó un murmullo de voces, acompañado de señales de que alguien estaba despierto.

 

|¿El coronel todavía sigue en la cocina…?|

 

Encontrarse con él le resultaba incómodo. Cuando él acudía a la casa, no tenía más remedio que verlo, pero si existía la mínima posibilidad de evitarlo, prefería hacerlo.

 

Se giró para volver a subir las escaleras.

 

—Karen est…

 

En ese momento se escuchó una voz desde la cocina.

 

Para su sorpresa, era Nina la que estaba en la cocina.

 

|Aún no está dormida.|

 

Dio un paso para bajar de nuevo.

 

—Ni…

 

Quiso llamarla suavemente por su nombre.

 

—Nina.

 

Pero antes de que pudiera hacerlo, alguien se adelantó.

 

—¡Ah…!

 

Era el peor momento posible para hacer ruido, y aun así Karen no pudo evitar soltar un sonido.

 

Tenía que haber tropezado justo en ese instante tan crítico…

 

Por suerte, logró mantener el equilibrio y sujetarse a la barandilla sin caerse. Sin embargo, la conversación que venía de la cocina se interrumpió de repente.

 

Con la tensión apretándole el pecho, Karen tragó saliva sin darse cuenta.

 

—¿Hermana?

 

La voz cálida de Nina se acercó por las escaleras. Poco después, al encontrar a Karen, sonrió con alegría mientras subía.

 

—Pensé que dormirías hasta la mañana, pero te despertaste antes de lo que pensaba.

 

—Sí… Me desperté por un momento.

 

La mirada de Karen se desvió escaleras abajo hacia la cocina. El coronel, que seguía tomando el té tranquilamente, no la llamó ni se dejó ver.

 

—Deberías haberme llamado inmediatamente cuando te despertaste.

 

Nina la miró coquetamente e hizo pucheros.

 

—Y tú aquí, espiando conversaciones ajenas.

 

—…

 

—Bueno, yo también debería ir a dormir.

 

Nina subió las escaleras tarareando despreocupadamente.

 

Nina, que desconocía la situación, nunca le había tenido mucho miedo al coronel Berschaunt. Era una niña dulce y cariñosa, amable con todos. Como vivían en la misma casa, es posible que solo tuvieran una breve conversación al encontrarse.

 

Sin embargo, Karen sentía una incomodidad difícil de explicar.

 

Había algo extraño, pero no lograba entender por qué se sentía así, y esa falta de respuestas la frustraba.

 

—Nina.

 

Ya en la planta superior, Karen llamó a Nina justo cuando esta estaba a punto de entrar en su habitación.

 

No la había detenido tras ordenar sus pensamientos ni estando serena. Simplemente la había agarrado sin pensarlo.

 

Nina la miró con expresión inocente.

 

—Si…

 

—Hmm.

 

—De casualidad…

 

Antes de darse cuenta, ya estaba sosteniendo los hombros de Nina.

 

—El coronel… El coronel…

 

—¿El coronel qué?

 

—¿Te ha tocado?

 

—¿Eh…?

 

—¿Te envía regalos, te mira de una forma rara, te toca… algo así…?

 

—¡Pff!

 

Había preguntado con auténtica ansiedad, incluso con miedo, pero Nina estalló en carcajadas, como si acabara de oír la cosa más absurda del mundo.

 

—De verdad, hermana…

 

—…

 

—¿Por qué alguien en un puesto tan alto como el coronel albergaría esos sentimientos por una chica como yo? A menos que sea tan guapa como mi hermana.

 

Que el coronel sentía algo por Karen era algo que todos sabían. Simplemente fingían no notarlo.

 

Pero Nina no lo sabía en absoluto.

 

Porque la había criado en un invernadero seguro donde no necesitaba saber nada.

 

—No sé quién será la mujer que le guste al coronel, pero debe de ser alguien muy afortunada. ¿No crees?

 

Aunque ese era exactamente el resultado que Karen había deseado, las palabras luminosas e inocentes de Nina le resultaron insoportablemente desagradables.

 

Entonces, de pronto, un pensamiento cruzó su mente.

 

Si Nina lo supiera todo…

 

Aunque no llegara a saber que había sido una espía en Gloretta y había pasado por misiones peligrosas, si se diera cuenta de que Berschaunt, un hombre que podría ser su padre, albergaba sentimientos hacia ella…

 

¿Qué reacción esperaría de Nina?

 

¿Y cuál sería la reacción de Nina?

 

Karen sintió curiosidad por ese escenario hipotético, y al mismo tiempo, no quiso pensar en él.

 

 

* * *

 

 

El coche negro, que había estado estado en marcha sin parar, finalmente llegó a una fábrica desierta donde todos los empleados ya se habían retirado. Tal como había previsto, cuando salió a campo abierto, dejaron de seguirlo.

 

Entró a paso rápido en la fábrica a oscuras. Lo primero que vio fue un tanque construido durante la época de Jude Cullen.

 

|Mi abuelo estaba muy orgulloso…|

 

Recordó el momento en que el abuelo lo trajo a esta fábrica cuando era un niño.

 

 

—Arthur, debes crear armas aún más magníficas que las mías. Ahora esta empresa la dirige tu abuelo, pero no olvides jamás que pronto será tuya.

 

 

De pequeño, tenía el sueño ingenuo y romántico de ser pianista, así que las expectativas de mi abuelo le habían pesado mucho. Como si tuviera una deuda.

 

Pero el trabajo de su abuelo resultó ser su verdadera vocación. Le encontraba cierto interés, y tras pasar muchos años como militar, comprendió la importancia de un arsenal capaz de proteger la seguridad del pueblo y del país.

 

Se convirtió en soldado como forma de escapar, pero ni siquiera allí encontró un paraíso.

 

Mientras disparaba balas a las cabezas de sus enemigos, revivía el momento en que sus padres habían muerto.

 

Quizá por eso, se había sentido atraído por aquella chica que se comportaba como un patito feo, tan parecida a él…

 

Pero ella había muerto, y no había forma de encontrar siquiera su cuerpo.

 

|Con Karen es diferente.|

 

Está viva. Tenía que estarlo.

 

Si hubiera escapado con vida a Kustia, ¿qué debía hacer para encontrarla?

 

¿Cómo podía, aunque fuera una vez más, volver a verla?

 

Solo había una respuesta.

 

La guerra debía estallar de nuevo.

 

Durante días, Arcturus pensó en todo tipo de cosas.

 

Incluso se le pasó por la cabeza, en un arrebato de locura, llevarse aquel tanque y disparar proyectiles contra la frontera de Kustia.

 

Pero no podía hacerlo.

 

Sabía mejor que nadie cuántas personas habían sido sacrificadas por la guerra.

 

Primavera, verano, otoño, invierno…

 

Él ya conocía a una mujer que temblaba de miedo incluso ante el sonido de la lluvia, porque en la guerra, la lluvia podía caer en cualquier estación.

 

Entonces…

 

—Arthurus-.

 

En ese instante, alguien pronunció su nombre. Arthurus, que había estado solo en silencio con la mirada baja, giró la cabeza hacia el sonido.

 

Y dentro de la fábrica resonó un único disparo.

 

Pronto, el mundo de Arthurus quedó sumido en una oscuridad total.

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