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El lugar donde se quebró la rosa dorada - Capítulo 111

Episodio 111

 

 

—Yo nunca quise eso

 

David vivió brevemente en Gloretta como espía. Fue testigo de las condiciones allí, de la vida de la gente, de todo lo relacionado ahí, con todo, seguía convencido de su punto.

 

Que Kustia había acogido a las pobres niñas de Gloretta, las había criado en su territorio, las había vestido y alimentado. Y aun así, no solo no pagaban ese cuidado, sino que ni siquiera conocían la gratitud.

 

David no podía saberlo.

 

Lo que Karen sentía cada vez que lo veía rebosante de orgullo por su propia nación.

 

—¿Kustia me acogió y me crió?

 

—…

 

—Desde el principio no hicieron nada más que amaestrarnos minuciosamente para convertirnos en espías.

 

En el momento en que habló mal de Kustia, la ira apareció en los ojos de David.

 

Había sido adoctrinado desde niño, saturado de patriotismo y orgullo nacional.

 

Por eso, seguía sin tolerar ni el más mínimo comentario negativo sobre su país. Y menos aún si esas palabras venían de una glorettana que había recibido la “gracia” de Kustia.

 

—Retira lo que dijiste.

 

—No.

 

Karen negó con la cabeza mientras miraba de frente el cañón del arma que David le apuntaba.

 

—Ya estoy harta de las mentiras.

 

No tenía intención de provocarlo

 

Recordar el día en que mató a Jude Cullen hacía que incluso verle el rostro fuera insoportable, pero lo importante para Karen ahora no era la venganza.

 

—Por favor, David,

 

Si tuviera la oportunidad de vengar a Jude Cullen, lo haría. Pero para Karen, lo que más importaba ahora era el hombre más allá de la montaña, y más allá de la otra frontera.

 

—Déjame ir.

 

No había nada más importante que volver a verlo.

 

—No puedo hacer eso, Karen.

 

Pero David se negó a acceder a su petición. Tal como había matado a Jude Cullen ese día, intentó sacudirla sujetando una correa invisible.

 

—Tienes dos opciones. Volver conmigo, o morir por mi arma.

 

—Es la primera vez que te pido algo.

 

Ante la amenaza tan propia de un soldado de Kustia, Karen no pudo ocultar una sonrisa amarga.

 

—No tienes ninguna intención de escucharme…

 

—Te estoy dando una oportunidad. Aunque logres regresar a Gloretta, ¡morirás de todas formas!

 

—Lo sé. O muero hoy a manos tuyas, o muero otro día en Gloretta.

 

—¿Aún quieres volver a ahí sabiendo eso? ¿Por qué? ¿Por un hombre?

 

Karen no respondió a esa pregunta, pero David dejó escapar una risa burlona, como si ya supiera la respuesta.

 

—¿Todavía no puedes salir de ese jueguito de amor? ¿Estás dispuesta a arriesgar tu vida por el duque Kloen, quien probablemente esté listo para matarte?

 

—…Sí.

 

—¡Por ese miserable…!

 

A diferencia de David, que alzó la voz exaltado, Karen se mantuvo infinitamente calmada. Al menos por fuera.

 

Él tenía razón. Tal vez aún no podía salir de semejante amor ridículo.

 

Si le dieran un poco más de tiempo, quizá se arrepentiría. Al final, todas las emociones se desvanecen con el tiempo. Y cuanto más intensas son, más fácil es que se extingan rápido. 

 

Pero Karen no tenía tiempo.

 

No tendría un futuro lejano para mirar atrás y arrepentirse del día de hoy. Ni el lujo de recordarlo como una emoción absurda del pasado.

 

Si la llevaban a la prisión de Kustia, aunque evitara la pena de muerte, igual moriría.

 

Se pudriría y se marchitaría hasta no poder soportarlo más y elegir dormir para siempre.

 

Arriesgar la vida para cruzar la frontera era para poder vivir.

 

En Gloreta ya estaba prácticamente muerta, pero si al menos pudiera ver el rostro de Arthurus…

 

Si pudiera morir bajo el mismo cielo que él, en su propia patria.

 

Aunque fuera la misma muerte, sentía que no le quedaría ningún apego a la vida.

 

—Ese miserable.

 

Karen reprimió las lágrimas y habló con una voz plana, fingidamente serena.

 

—Él me permite respirar.

 

Fue una frase que apenas logró expulsar, como si la estuviera vomitando.

 

Aunque sabía que David no lo entendería, Karen forzó su voz para expresar sus sentimientos.

 

Naturalmente, la reacción masculina no fue muy diferente de lo esperado.

 

—Solo tienes que respirar. Justo aquí. ¡En nuestro país! ¡Como una ejemplar ciudadana de Kustia que cumplió su misión y regresó sana y salva!

 

—¡Por ​​favor, David!

 

Hablar con alguien que no entendía por más que se lo explicaran era solo un círculo vicioso. Karen terminó gritando.

 

—¡Tú naciste y creciste como un ciudadano de Kustia desde el principio, tú y yo no somos iguales!

 

—Kustia no discrimina a los extranjeros. El problema es que no eres capaz de olvidar al país que te abandonó…

 

—¡No intentes imponerme mentiras que crees como verdades! ¡Yo tengo mi patria! ¿Aún no entiendes lo que tú, lo que tu país, me hizo?

 

—…

 

—Fui arrastrada a la fuerza por Kustia, que inició la guerra, fui abusada, perdí a mi hermano menor y me convirtieron en una espía para traicionar a su propio país.

 

Karen suplicó a David, el hombre que mató a Jude Cullen, su enemigo jurado, dejando atrás todo rencor y furia.

 

—¡Nunca he vivido respirando de verdad! ¡Siempre he vivido asfixiada, como si me estrangularan la garganta!

 

—…

 

—Ya he sufrido lo suficiente… Por favor, déjame.

 

Si este momento hubiera sido la situación de otra persona.

 

Si hubiera podido verlo con un poco más de racionalidad y objetividad.

 

Karen habría sabido desde el principio que su súplica no llegaría a David. Pero en una situación en la que no podía llegar a Arthurus si David no la dejaba ir, suplicarle era lo único que podía hacer.

 

Su desesperación la llevó a esperar, aunque fuera por un instante.

 

Que David la soltara, recordando los lazos del pasado.

 

Que la compadeciera, aunque fuera un poco.

 

—…No.

 

Cuanto más desesperada es la situación, más fácil nace la esperanza vana, y con la misma facilidad es aplastada.

 

—No mientas.

 

David no permitió que las creencias que había sostenido durante tanto tiempo se rompieran por las mentiras de una huérfana extranjera.

 

—Mujer desagradecida, mintiendo hasta el final…

 

Reajustando la postura con la que apuntaba el arma, David dictó la sentencia de Karen en lugar de un tribunal.

 

—En lugar de arrastrarte a la prisión de inmediato, jugaremos un rato.

 

—…¿Qué?

 

—Quiero jugar a las escondidas contigo. Ha pasado un tiempo.

 

—…

 

—Voy a contar hasta diez.

 

—Seguro que no, ahora…

 

—Haz tu mejor esfuerzo para escapar.

 

Las pupilas de Karen temblaron al darse cuenta de lo que David estaba a punto de hacer.

 

—Empezaré.

 

—…

 

—Uno.

 

David anunció amablemente el inicio y contó un segundo en voz baja.

 

—Dos.

 

—…

 

—Tres.

 

La comprensión fue rápida.

 

Karen, que de forma estúpida había esperado misericordia de David, tuvo que aceptar la realidad. En este mundo no había nadie que fuera misericordioso con ella.

 

—Cuatro.

 

Karen cerró los ojos y, al abrirlos, empezó a correr.

 

Desde atrás, la voz de David resonó contando el quinto segundo.

 

Su cuerpo, ligero, se movía con rapidez, pero el problema era que estaban en una montaña sin senderos. Además, la noche ya había caído por completo, envolviéndolo todo en una profunda oscuridad azul.

 

—Ha…

 

Cada vez que Karen exhalaba, salía vapor blanco.

 

Una noche de invierno en las montañas, enterrada en una profunda oscuridad.

 

Una mujer embarazada huyendo.

 

Todo era lo peor posible.

 

David también lo sabía. Este era un juego que Karen estaba destinada a perder.

 

El entrenamiento de huida y persecución entre ellos se llamaba “las escondidas”.

 

Karen nunca había vencido a David en ese juego, ni una sola vez, ni siquiera en el pasado.

 

|Con mi resistencia actual, será imposible deshacerme de él.|

 

Entonces, esconderse en algún lugar era la opción más segura.

 

Por ejemplo, enterrarse bajo hojas caídas en otoño o en la tierra sería, al menos, más favorable.

 

Karen miró a su alrededor, buscando un sitio donde ocultarse.

 

|No hay dónde.|

 

No había ningún lugar adecuado.

 

Además, con solo unos segundos de ventaja, intentar cavar para esconderse solo haría que la atraparan en el proceso.

 

Y aunque intentara ocultarse entre hojas secas caídas, en una noche tan silenciosa el sonido de cubrirse con ellas resonaría con claridad.

 

Por más que se estrujara el cerebro, no había ningún sitio al que huir.

 

Entonces, algo frío tocó su mejilla.

 

—Ah…

 

Karen se secó la humedad que le corría por las mejillas mientras corría. Al principio, pensó que eran lágrimas que había derramado sin darse cuenta.

 

Pero entonces…

 

Desde el cielo nocturno completamente negro, caían gotas transparentes de agua.

 

—…

 

A unas condiciones ya de por sí terribles, se sumaron otras aún peores.

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