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El lugar donde se quebró la rosa dorada - Capítulo 110

Episodio 110

 

 

El problema no eran los perseguidores, sino ella misma.

 

Para evitar que el impacto fuera directo contra su vientre, había soportado con todo el cuerpo el choque contra el suelo duro, y el dolor era intenso

 

—Ah, hng…

 

Karen permaneció largo rato sin poder levantarse, gimiendo de dolor.

 

|No…|

 

Tenía miedo de que al final algo le ocurriera al bebé.

 

Aún no tenía el vientre abultado ni dificultades para moverse, y aun así…… ya se sentía infinitamente débil.

 

Le aterraba que, por su propia fragilidad, ni siquiera pudiera mostrarle el mundo exterior al hijo que era fruto de su relación.

 

—Haah, haah…

 

Se obligó a sentarse, abrazó su vientre y, sin pensarlo demasiado, comenzó a caminar siguiendo el camino que tenía delante.

 

Si no tenía suerte, podría acabar vagando sin rumbo todo el día. Incluso era posible que, agotada, terminara desplomándose en medio del camino.

 

Pero esta vez, Dios estuvo de su lado.

 

A lo lejos apareció un pequeño camión que se acercaba por la carretera. Sin dudarlo, Karen sacó el arma y disparó una vez al aire.

 

¡Bang!

 

Vio al camionero entrar en pánico al oír el disparo. Sin sentir ningún remordimiento, apuntó al camión.

 

Que el conductor frenara bruscamente era el curso natural de los acontecimientos.

 

—¡Baja!

 

Con un gesto feroz, como si fuera una delincuente dispuesta a robar, habló con aspereza. El conductor levantó ambas manos y bajó de la cabina.

 

—De rodillas. Ahora mismo.

 

Un arma era el instrumento más poderoso para matar a una persona en un instante. Por mucho que Karen pareciera frágil a los ojos del hombre, no podía lanzarse contra alguien que lo amenazaba con una pistola.

 

Cuando el hombre, aterrorizado, se arrodilló temblando, Karen retrocedió sin dejar de apuntarle hasta el último segundo y luego se subió apresuradamente al asiento del conductor.

 

El camión traqueteó cuando lo puso en marcha.

 

Metió la marcha y pisó el acelerador. Era viejo, pero por suerte aún funcionaba correctamente.

 

Reprimió la leve culpa que sentía y condujo hacia su destino.

 

—Solo un poco más… Solo un poco más y llego…

 

Ya había cruzado de Kustia a Cherga. Ahora solo quedaba llegar a la cordillera que llevaba a Deant…

 

|¿De verdad crees que podrás cruzar la cordillera sin problemas?|

 

Una voz oscura surgió del interior de Karen, como si intentara aplastar la esperanza que ella desesperadamente intentaba hacer florecer.

 

|Morirás cruzando la montaña.|

 

—…No.

 

|El pobre bebé que llevas en el vientre morirá contigo.|

 

—Eso no es cierto…

 

|Ni siquiera podrás tocarle las yemas de los dedos.|

 

—Yo, y…

 

Karen tampoco era completamente inconsciente.

 

Sabía que muchas personas morían al intentar cruzar la alta cordillera de Cherga que conectaba con Deant. La mayoría no resistía el clima extremo del verano o del invierno, o moría atacada por animales salvajes.

 

Y ahora era invierno.

 

La estación perfecta para ser atacada por bestias hambrientas.

 

Karen también conocía todas esas condiciones adversas.

 

Aun así, la razón por la que estaba dispuesta a jugarse la vida para ir a Gloretta era simple.

 

Porque quería verlo.

 

Si de todas formas iba a morir, quería hacerlo al menos en un lugar un poco más cercano a él.

 

(Becky: están muy cercaaaaaaaa).

 

 

* * *

 

 

Las noches de invierno comienzan pronto y se vuelven más densas y prolongadas.

 

Arthurus ascendía por el sendero de montaña con un largo rifle de caza colgado del hombro, guiando a varios pastores alemanes. El hombre, a cambio de una suma considerable, le había indicado distintos puntos de la montaña donde se podía descansar.

 

Le habló también de cómo, en el pasado, muchas personas que huían de la guerra se habían refugiado en la montaña, construyendo cabañas para vivir allí. Sin embargo, Arthurus no se detuvo ni una sola vez, forzándose a seguir ascendiendo incluso a esas horas tardías.

 

Sabiendo que en cualquier momento podía encontrarse con una bestia salvaje y ser despedazado.
Había abandonado su familia, su empresa, el honor que había construido y todo su éxito.

 

Todo por culpa de esa maldita mujer.

 

Por una mujer.

 

No se arrepentía. Aunque todavía podía dar marcha atrás, tampoco sentía el menor deseo de hacerlo.

 

Tenía que encontrarse con ella. Si el destino no le permitía verla, al menos quería acercarse un poco más a ella.

 

Así, quizá, el viento que cargara con el aliento que ella exhalara también podría alcanzarlo a él.

 

Solo por ese insignificante soplo de aire, el héroe que lo había logrado todo estaba arriesgando su vida para cruzar la frontera.

 

 

* * *

 

 

Finalmente llegó. A la cordillera que conectaba Cherga con Deant.

 

Había perdido por completo su bolso al saltar del tren. La brújula y la escasa comida también…

 

Si hubiera tenido margen, se habría preparado mejor antes de escalar la montaña, pero con los perseguidores ya pisándole los talones, Karen no podía permitirse ese lujo. Todo lo que llevaba consigo era “Arthur”, guardado en el bolsillo de su abrigo.

 

Aún era temprano en la noche y el cielo seguía teñido de rojo, pero en poco tiempo la oscuridad lo cubriría todo.

 

Entonces habría una mayor posibilidad de encontrarse con animales salvajes y estar en peligro, pero no había otra opción.

 

Karen se abrochó el abrigo con cuidado y comenzó a subir la montaña con determinación. Si hubiera estado sola, habría resistido a la fuerza, como fuera; pero le preocupaba la criatura que llevaba dentro.

 

|Resiste un poco más.|

 

Sacó la pistola que guardaba en el bolsillo de su abrigo y la sostuvo en su mano para poder disparar en cualquier momento, sin bajar nunca la guardia.

 

El camino no estaba acondicionado, por lo que tuvo que aferrarse a las ramas como si fueran cuerdas, trepando por tramos empinados como si escalara un muro, y caminar sobre un terreno irregular que agotaba rápidamente sus fuerzas. Aun así, Karen apretó los dientes.

 

Pero a medida que el sol se ponía y la oscuridad se hacía cada vez más intensa, sintió que el miedo y la ansiedad consumían todo su cuerpo.

 

Crunch, crunch-

 

Entonces, desde algún lugar, se oyó un sonido extraño.

 

Como pasos de alguien caminando sobre la hierba y la tierra…

 

|¿Dónde……? ¿De dónde viene?|

 

Sostuvo con ambas manos la pistola que Arthurus le había regalado y miró alrededor con nerviosismo. Naturalmente, la boca del arma siguió el movimiento de su mirada, apuntando de un lado a otro.

 

Cuanto más oscurecía, más difícil era distinguir cualquier movimiento entre la maleza.

 

Crunch.

 

Los pasos se oyeron otra vez.

 

|¡Detrás!|

 

Karen se giró hacia la dirección del sonido.

 

Fue entonces.

 

Un ruido apagado, como si el arma tuviera silenciador, y una bala salió disparada.

 

—Ah…

 

Se tocó el puente de la nariz. Un pequeño chorro de sangre brotó de su nariz. Por suerte, la bala la había rozado por poco, dejándola ilesa. Solo quedó un corte leve, como el de un papel.

 

—No te muevas.

 

Junto con una voz familiar, los pasos se acercaron.

 

—Suelta el arma.

 

En esa situación, girarse para apuntar a David significaba que él le atravesaría la cabeza antes. Al comprenderlo, Karen se agachó dócilmente y dejó la pistola en el suelo.

 

—Hasta aquí, huff…

 

David, incapaz de continuar hablando por su respiración agitada, exhaló profundamente como si se recompusiera, y solo entonces volvió a hablar.

 

—Me costó un infierno encontrarte.

 

Luego se acercó aún más y apuntó con el arma a la nuca. A través del cañón, una sensación gélida pareció extenderse por todo su cuerpo. Karen, rígida por la tensión, se forzó a moverse y se giró lentamente hacia David.

 

—Volvamos. Si es ahora, todavía se puede arreglar.

 

—¿…Arreglarlo? ¿Cómo?

 

Karen preguntó sin ocultar una sonrisa irónica.

 

¿Qué se suponía que podía arreglarse, y de qué manera?

 

—Todos saben que el coronel te deseaba. Digamos que ese bastardo… intentó violarte.

 

—¿De verdad estás bien con difamar así al coronel al que tanto admirabas?

 

—¡Maldita sea, cierra la boca!

 

—…

 

—Cierra la boca, Karen Shanner.

 

Karen estudió el rostro de David, a quien conocía desde hacía tanto tiempo.

 

El mismo que a veces la trataba como a una compañera y otras como una propiedad de Kustia; que la despreciaba y la acosaba, pero que en los momentos decisivos siempre velaba por ella.

 

Acoso irrazonable, favores arbitrarios.

 

Por eso, el comportamiento de David siempre había sido impredecible.

 

Incluso ahora, que decía esas cosas supuestamente por su bien.

 

—Estás abandonando al coronel al que tanto respetaste y piensas ayudarme a mí, una simple camarada de años. ¿Debería conmoverme o algo así?

 

—¿No entiendes la situación? ¡Al menos con esa mentira podrías evitar la pena de muerte! ¡Puede que te pudras en la cárcel, pero ese es el precio que mereces por traicionar al coronel!

 

—¿De verdad lo crees?

 

—O acaso, después de matar al héroe de Kustia, vas a ponerte a hacer berrinches porque tampoco quieres ir a prisión…

 

—Me refiero a la pena de muerte.

 

Karen encontraba casi risible la fe ciega, la lealtad y la fantasía que David tenía hacia su patria.

 

—Una perra amaestrada y traída del extranjero mató a una figura prominente del estado. Aunque el coronel Berschaunt hubiera intentado violarme, no tendría derecho a defenderme.

 

—¿Por qué siempre hablas así de Kustia?

 

Al final, Karen soltó una risa hueca.

 

—Es el país que te acogió, te educó y te crió.

 

Expresar un secuestro, abusos y adoctrinamiento de esa forma…

 

Daba ganas de aplaudir por el sincero asombro.

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