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El lugar donde se quebró la rosa dorada - Capítulo 109

 

Episodio 109

 

 

Estaba a aproximadamente una hora en auto de la mansión donde yacía el cuerpo del coronel Berschaunt. De todas formas, necesitaba cambiar de vehículo en algún punto. Un auto tan extravagante solo llamaría la atención dondequiera que fuera.

 

Karen atravesó un camino forestal desierto que se bifurcaba en dos direcciones y observó los alrededores. Al acelerar un poco más, apareció un pueblo con viviendas apiñadas unas contra otras.

 

Pronto le llamó la atención un auto que parecía más normal y adecuado.

 

—…Lo siento.

 

Murmuró una disculpa que el dueño jamás oiría y caminó hacia el auto con el que iba a intercambiar.

 

 

* * *

 

 

—Est0, qué caraj…

 

Nada más entrar en el vestíbulo, el olor a sangre le golpeó la nariz.

 

No había tiempo para refugiarse en la negación de que aquello no podía ser real. El cuerpo del coronel, con los ojos aún abiertos, estaba allí mismo, frente a él.

 

—Esa maldita loca…

 

Era obvio quién estaba detrás. Nina, que recibía un trato especial bajo el mando del coronel, no tenía motivo alguno para matarlo. Y, sobre todo, quien lo había contactado no era otra que Nina.

 

 

—Karen descubrió mi identidad.

 

 

Faltaban muchísimas palabras en ese mensaje. Cómo había sido descubierta, qué significaban las náuseas que Karen había mostrado en la fiesta, si de verdad estaba embarazada del hijo del duque Kloen, y tantas otras cosas…

 

 

—Parece que va a hacer algo terrible, y creo que no podré detenerla.

 

 

David quiso preguntarle sarcásticamente si sentía pena por haber lastimado a su “hermana”, pero se contuvo y condujo durante horas hasta la mansión remota. Lo que encontró después fue un verdadero dolor de cabeza.

 

Si el duque Kloen era el héroe de Gloretta, el coronel Berschaunt era el héroe de Kustia. También era una figura que David admiraba personalmente.

 

Considerando la lamentable muerte del héroe que siempre había admirado, era justo informarlo de inmediato a sus superiores.

 

Por el bien de su gloriosa patria, Kustia…

 

Pero David salió de la mansión sin dejar rastro. No entendía por qué. Quería fingir que no lo sabía.

 

Se subió a su auto, arrancó el motor y empezó a conducir sin pensarlo. No tardarían en descubrir el cuerpo.

 

Antes de eso, tenía que encontrar a Karen.

 

Buscarla, encontrarla, y luego…

 

|¿Luego qué?|

 

Si de todos modos la iba a encontrar para entregarla, ¿no habría sido prioritario informar primero de la muerte del coronel Berschaunt?

 

Sabía que sus acciones eran irracionales y que podrían volverse en su contra más adelante. Sin embargo, David finalmente se negó a regresar e informar de la muerte del coronel.

 

Sin saber siquiera con qué propósito buscaba a Karen, se limitó a acelerar.

 

Afortunadamente, David conocía muy bien las rutas que solían usar quienes intentaban huir del cruzando la frontera.

 

 

* * *

 

 

Karen compró su billete en la estación y subió al tren con su bolso de viaje.

 

Para llegar hasta allí, había aceptado todo tipo de complicaciones con tal de no ser atrapada por posibles perseguidores. Abandonó el coche robado, compró ropa nueva para cambiarse y luego alquiló un carruaje cercano para continuar el trayecto.

 

|Solo debo aguantar un poco más…|

 

Decir “un poco” era relativo, ya que el destino quedaba lejos. Tenía que viajar medio día en tren y luego cruzar una enorme cordillera.

 

Karen, con el sombrero bien calado, bajó la cabeza para evitar el contacto visual con los demás.

 

Pero entonces, con el rabillo del ojo,  vio cómo un empleado que empujaba un carrito se detenía con cautela.

 

|Me gustaría tomar un café…|

 

Pero se llevó la mano al vientre con cuidado y, enseguida, desvió rápidamente la mirada de la bandeja a la ventana. Puede que no fuera lo mejor para el bebé, pero, en cualquier caso, seguía a salvo.

 

Mientras no saltara de este tren ni se viera envuelta en un tiroteo, seguiría a salvo.

 

Por favor, que pueda llegar sana y salva hacia su destino…

 

 

* * *

 

 

—Una vez que cruces esa cordillera, llegarás a Cherga, una ciudad de relaciones amistosas con Kustia. Refugiados e inmigrantes ilegales suelen cruzar su cordillera para llegar a Deant.

 

 

Arthurus recordó las palabras del hombre mientras acariciaba la cabeza de Max.

 

 

—Normalmente, mucha gente muere cruzando esa cordillera. También hay jabalíes, osos, y sobre todo en inviernos como estos, cuando la nieve se acumula, es muy fácil perderse. Aunque este invierno, curiosamente, ha nevado poco, así que quizá sea algo más llevadero.

 

 

Si cruzaba esa cordillera, podría llegar a Kustia.

 

A Kustia, donde está Karen.

 

Si tenía mala suerte, podría encontrarse con una bestia y morir antes de siquiera encontrarla. O podría morir congelado.

 

—…Eso es una locura.

 

¿Por qué le daría la espalda a su familia, a su compañía y se dirigiría a un país enemigo para encontrarse con la mujer que lo traicionó?

 

Si lo capturaban allí, lo más probable era que lo ejecutaran un pelotón de fusilamiento…

 

No era, en absoluto, una decisión racional.

 

Pero aún así, Arthurus decidió atravesar la cordillera.

 

Para verla.

 

Para verla y enfrentarse a aquella mujer que había sido mentira de pies a cabeza…

 

Pensando en un reencuentro cuya posibilidad misma era incierta, Arthurus avanzó sin vacilar por el sendero montañoso junto a sus perros.

 

 

* * *

 

 

El viaje en tren distaba mucho de ser cómodo.

 

Después de huir conduciendo sin dormir ni un instante, Karen tampoco logró conciliar el sueño en el tren. Cada vez que alguien se levantaba de su asiento, lo observaba con recelo; incluso al revisor que venía a comprobar los billetes lo trató con tensión.

 

La tensión de Karen alcanzó su punto máximo cuando el tren se detuvo brevemente para aceptar nuevos pasajeros.

 

Hombres vestidos con trajes completamente negros, mujeres vestidas con atuendos elegantes y muchas otras personas subieron al tren.

 

La última pasajera en embarcar fue una señora mayor.

 

Con el billete en la mano, parecía buscar su asiento, hasta que se acercó al lugar donde estaba Karen.

 

—Disculpe, señorita.

 

La anciana dejó su maleta a un lado y se sentó en el asiento junto a Karen.

 

—¿Este… es su asiento?

 

Karen se pegó todo lo posible a la pared y preguntó. La anciana revisó el billete y asintió.

 

—Así es. Aunque sea vieja, todavía sé reconocer el número de mi asiento. En fin, gracias por su preocupación.

 

Con un tono entre juguetón y firme, la anciana expresó su incomodidad. Karen apretó los labios, no respondió y se incorporó.

 

—¿Podría apartarse un momento?

 

—¿Va a bajarse aquí?

 

—No, sólo necesito ir al baño.

 

—Ah, ya veo.

 

La anciana movió su enorme maleta, que bloqueaba el paso.

 

—Que le vaya bien.

 

A simple vista, parecía una persona afable, de carácter bromista y fácil para entablar conversación.

 

Karen metió las manos en los bolsillos de su abrigo, inclinó ligeramente la cabeza hacia la anciana y abrió la puerta del compartimento.

 

Sus ojos se movían con rapidez, examinando a los demás pasajeros.

 

Cuando compró su billete, no sólo compró un asiento para ella.

 

Por si acaso, para evitar al máximo el contacto con otros, había comprado también los asientos de delante, detrás y a los lados. Y aun así, alguien ocupaba el asiento contiguo…

 

A menos que hubiera un error en el sistema, era una mentira.

 

Entre tantos pasajeros, aún no estaba claro quién podía ser un perseguidor.

 

Incapaz de confiar en nadie, Karen mantenía todos sus sentidos alerta. Justo cuando se dirigía con cautela hacia las escaleras para bajar del tren…

 

—Disculpe, señorita.

 

Un hombre se dirigió a ella.

 

Era un hombre de aspecto muy común y no particularmente memorable, salvo por su altura.

 

—Parece que no se encuentra bien. ¿Necesita ayuda?

 

Parecía un gesto bien intencionado. Karen observó al hombre lentamente. Al igual que ella, que tenía las manos en los bolsillos del abrigo, él también las tenía en los bolsillos del traje.

 

—Estaba buscando el baño.

 

—Permítame mostrarle el camino.

 

El tren comenzó a moverse poco a poco, y la puerta que estaba abierta empezó a cerrarse. El hombre que se ofrecía a guiarla hizo un gesto para que ella avanzara primero.

 

Si lo seguía ahora, no habría una segunda oportunidad para escapar. Karen apretó con fuerza la mano que sujetaba “Arthur” dentro del bolsillo.

 

Justo cuando su mano rígida y fría estaba a punto de salir del abrigo, el hombre también sacó la suya.

 

—¡Ugh!

 

Pero el arma cayó de su mano cuando Karen le dio una patada directa a la entrepierna.

 

Ella pasó corriendo junto a él y saltó desde el pasillo justo antes de que la puerta se cerrara por completo. A su espalda, oyó los pasos de varios perseguidores, quizá pasajeros camuflados, corriendo tras ella.

 

—¡Ah…!

 

Aun así, Karen protegió su vientre y dejó que todo el impacto se concentrara en su espalda.

 

Por suerte, el tren fue ganando velocidad, y los perseguidores no lograron saltar tras ella.

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