—Es imposible no saber algo que ya sabe el resto. Sin embargo, el señor Cato ha heredado con toda legitimidad el apellido “Kloen”, y fue reconocido como un nieto más. Si hubiera existido la más mínima sospecha de su participación en el secuestro, el duque no se hubiera quedado de brazos cruzados.
Karen estaba furiosa por dentro, pero intentó mantener la calma y la serenidad al decir lo que quería. De hecho, así lo parecía.
¿Debería decir que es afortunado o desafortunado?
La otra mujer se exaltó más por la apariencia tranquila de Karen.
Era una plebeya, incluso de un nivel social inferior al suyo.
Decía ser una “bailarina”, pero ¿cuál era la diferencia entre eso y una cortesana, que en realidad son prostitutas de alta clase?
—No entiendo por qué defiende tanto al señor Cato. Aunque lo que diga sea cierto, sigue siendo gracioso.
—¿Y qué es lo gracioso?
—No tener idea de que la mujer con la que estuvo saliendo durante tanto tiempo planeaba secuestrar a la pareja de su hermano.
La mujer, reacia a perder ante Karen, una plebeya, intentó de alguna manera hacer que Cato pareciera una persona que merecía ser maldecida.
Entonces no habría razón para que una plebeya la acusara de faltarle el respeto al duque al insultar a Cato.
—Lo más aterrador es una mujer con ese tipo de personalidad, pero…
—…
—Sinceramente, el señor Cato también es patético. Llevas mucho tiempo con ella. ¿Cómo es posible que no sepa que albergaba pensamientos tan siniestros? Es un poco presuntuoso decir que ha sido engañado durante tanto tiempo, ¿no debería poner en duda su nivel de inteligencia…?
En lugar de refutar de inmediato, Karen se mordió el labio inferior en silencio.
Aunque probablemente no era con esa intención.
El protagonista de esa narrativa era similar a Arthurus. Y había burlas hacia la persona engañada; en lugar de sospechar de ella, solo le mostraba un profundo afecto.
—Ser engañado…
Tenía un nudo en la garganta, como si se le hubiera atorado una piedra. Al intentar hablar, le picaba la garganta. Sentía como si un crujido se le fuera a escapar en cualquier momento.
Aún así, Karen apretó los puños con fuerza y miró directamente a los ojos de las invitados que estaban chismorreando sobre Cato.
—¿Debe cargar con la culpa la persona que ha sido engañada…? No, la culpa es de quien engaña.
Arthurus no tenía la culpa de nada.
Era ella quien se acercó a él tras la fachada de una prisionera común y corriente convertida en ballerina, tal y como lo ordenó la organización militar de Kustia.
Arthurus era víctima de una red de mentiras.
No hay absolutamente ninguna razón para que sea ridiculizado ni para que se rieran de él.
—Es extraño que no se haya dado cuenta después de todo este tiempo juntos.
—Si quiere decir que la persona que fue engañada es estúpida… no lo creo.
Si se revelara que ella es una espía infiltrada por un país enemigo…
Entonces, Arthurus, que le entregó su corazón, pronto estaría en boca de la gente, dirían lo mismo que se está diciendo ahora.
Cosas como: ¿Acaso Arthurus no traicionó a su país y reveló información confidencial porque estaba enamorado de una mujer? ¿O fue engañado insensatamente por una mujer y causó daño a su país?
Arthurus traidor.
Arthurus estúpido.
Como era un gran héroe de Gloretta, semejante estigma lo mancharía hasta el final.
Aunque era Cato, no Arthurus, el tema de conversación, a Karen le costó mucho deshacerse de la ilusión de que se hablaba de Arthurus.
—La razón por la que se confía en la persona que se ama, sin ninguna sospecha, es porque esa persona es pura.
Apretó los puños con tanta fuerza que las puntas de sus dedos se pusieron blancas.
—Creo que es increíble que alguien pueda amar a alguien de forma tan completa.
—…
—Al menos, son mejores que aquellos que se empeñan en menospreciar a los demás en cada oportunidad.
Los rostros de las mujeres se pusieron rojos al instante.
—…Hace frío, así que entraremos ahora.
Lucían resentidas por haber escuchado tales palabras de una bailarina a la que consideraban como una plebeya o prostituta. Sin embargo, debió de dolerles el orgullo no poder enojarse porque la mujer, no era solo una ballerina, era la novia del duque de Kloen.
Karen no se molestó en ver cómo regresaban a la fiesta. En cambio, caminó hacia la terraza donde soplaba el viento frío y apoyó la mano en la barandilla.
—Ah…
Tan pronto como hubo un lugar donde apoyarse, Karen se sentó con las rodillas dobladas y las manos sobre la barandilla.
|Qué acabo de decir…|
Sabía que había hablado fuera de lugar, pero en ese momento estaba tan afligida y enojada que no pudo contenerse.
Se pasó la mano por el pecho, intentando calmar los fuertes latidos de su corazón.
Pero antes de que el rugido de su corazón pudiera siquiera calmarse, otro sonido se interpuso.
Karen levantó lentamente la cabeza desde donde había estado inclinada. Primero, vio las puntas de los zapatos de un hombre en el césped. Luego, vio un rostro bastante familiar.
—Usted…
El hombre, vestido con un traje informal, impropio de una fiesta, se quitó el sombrero e hizo una inclinación de cabeza.
Era Cato.
—¿Usted… escuchó…?
—Fue de casualidad.
—…Qué vergüenza.
Karen nunca había tenido una conversación así a solas con Cato. Siempre que lo veía, había otras personas presentes.
—Yo también me siento avergonzado.
—¿Avergonzarse… de qué?
—Porque no soy tan puro.
—…
—Siendo francos, lo cierto es que fui ingenuo, casi tonto, pero tengo que agradecerle por disimularlo con pureza.
No parecía como si estuviera tratando de burlarse de ella…
Pero sus palabras hicieron que se sintiera aún más avergonzada.
—Entre. Su abuelo está esperándolo.
No eran tan cercanos como para tener una conversación larga. Así que le señaló la puerta instándolo a entrar, pero por alguna razón, él se quedó mirándola sin decir nada. Con solo ese gesto en los ojos, parecía que había un enemigo en esa puerta.
—¿Qué sucede…?
Seguía siendo parte de la familia de Arthurus, así que era difícil fingir que se había dado cuenta. Cuando le preguntó en voz baja, él respondió con voz tranquila.
—Me pregunto si debería entrar.
—Por supuesto…
Karen se mordió el labio mientras intentaba responder, pensando sólo en Jude Cullen.
Seguramente el abuelo lo recibiría como si fuera su propio nieto, incluso tras haber alzado la voz y haberlo confrontado.
Pero estaba claro que Arthurus… no estaría muy feliz de verlo.
—Parece que esto fue organizado para presentarte.
—…
—Si el personaje principal se siente incómodo, entonces solo soy un intruso.
Su mirada, fija en la puerta, se desvió hacia un lado.
—Entonces debo preguntar: ¿puedo entrar?
Karen pensó que la estaba mirando, pero luego se dio cuenta de que la atención de Cato estaba ligeramente desviada hacia otro lado, sobre su hombro…
—¿Qué opinas, hermano?
Cato ya había llamado a Arthurus.
Ella se giró sorprendida. Allí, Arthurus había abierto la puerta de la terraza y estaba apoyado en el umbral, observándolos.
—Oh, su excelencia…
Arthurus, sosteniendo una caja en una mano, se acercó lentamente a la barandilla, mirando a Cato con una mirada seca.
—Entra.
A diferencia de Cato, quien sonreía levemente, Arthurus no tenía expresión alguna. Sin embargo, por alguna razón, su rostro parecía mostrar un ligero cansancio.
Quizás por la fiesta…
—El abuelo espera.
Su voz sonaba suave a primera vista, pero por eso se sentía aún más fría.
Era como si estuviera trazando una línea sin revelar sus emociones.
—Fingiendo ser una buena persona.
—…
—¡Por tu culpa perdí a Sierra…!
Más bien, parecía que Cato percibió esa fría actitud como una provocación mayor. Habiendo estado bastante tranquilo hacía un momento mientras hablaba con ella, ahora miraba a Arthurus con los ojos enrojecidos.
—Tuve que abandonarla…
Arthurus lo miró como si estuviera viendo a un niño en plena rabieta. Frunció el ceño.
—Y, sin embargo, la razón por la que viniste es porque sabías que ha sido acusada falsamente.
Karen mantuvo sus ojos fijos en el rostro de Arthurus mientras observaba la pelea entre los dos “hermanos”, a quienes difícilmente se les podría llamar así.
—Y luego está el hecho de que no quieres que el abuelo te abandone.
—¡Qué sabes tú, para hablar así…!
—Cierra la boca, hay muchos oídos escuchando.
Al principio pensó que Arthurus miraba a Cato de una manera seca, como si estuviera mirando un insecto.
Quizás no estuviera del todo equivocada. De verdad que estaba harto de Cato. ¿Pero eso era todo?
—Entra y no causes problemas, simplemente estate quieto y sé el lindo nieto menor.
—…
—Eso es lo único que puedes hacer, con tu mal gusto con las mujeres.
Si de verdad lo odiara, podría haber lidiado con él con moderación, pero seguía provocando a Cato, como si estuviera perdiendo el control de sus emociones.
Debían de haber pasado incontables horas entre ellos que ella desconocía, así que era natural que se acumularan esos resentimientos. Sin embargo, ver esa faceta de Arthurus era nueva para ella y también fascinante.
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