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El lugar donde se quebró la rosa dorada - Capítulo 66

 

Episodio 66

 

 

David subió a paso rápido por la escalera empinada, estrecha y sin barandillas, que hacía muy propenso una caída si se perdía la concentración, aunque fuera por un instante, y se dirigió a la habitación 201. Era la llamada “habitación exclusiva de Angélica” que se asignaba a quienes buscaban los servicios de Angélica. Era la habitación más solicitada del edificio.

 

Al abrir la puerta con llave y entrar con un crujido, lo primero que vio fue la espalda de alguien sentado en la cama, con el pelo largo suelto. La esbelta figura, vista de espaldas, podría fácilmente confundirse con una mujer.

 

Pero al observar más de cerca, no lo era

 

Un hombre de pecho ancho y vestido con ropa interior femenina lo saludó con un bufido.

 

—Cariño, ha pasado un tiempo.

 

—Pensar en ti me encendió demasiado.

 

Los dos hombres intercambiaron palabras escandalosas y se abrazaron. Angélica, en un parpadeo, apartó a David con un gesto tierno, cubrió la ventana con cortinas y puso jazz pegajoso.

 

La insonorización no era muy buena, se oían ruidos procedentes del primer piso, y al subir el volumen de la música jazz al máximo para disimularlo, causaba dolor de oídos.

 

Angélica, con sólo las luces rojas encendidas, se subió al cuerpo de David.

 

—Haah… Cada vez que hago esto, siento un poco de autodesprecio.

 

—¿Qué, crees que yo no?

 

El hombre que había estado resoplando habló con su voz áspera e inalterada. Era la voz firme de un hombre, inconfundible.

 

Luis y Angélica, habían hecho una serie de preparativos para evitar que se descubrieran sus identidades, y así intercambiar información importante a salvo.

 

—Según el parlamentario se la pasa aquí a diario, parece que la compañía Arthurus está fabricando algún tipo de arma ingeniosa…

 

—Eso ya me lo dijiste antes. ¿Has averiguado algo más?

 

—Ese bastardo, aunque parece que se le suelta la lengua cuando está borracho, pero nunca dice nada crucial. Es un pervertido y solo dice tonterías como…

 

—¿Qué pasa, señorita Angie? Con verte vestida así, parece que la pervertida eres tú.

 

—Cierra la boca.

 

David se burló. Pero el hombre llamado “Angélica” notó de inmediato que su risa no era tan despreocupada como de costumbre.

 

—Según madame Borne, Karen ha estado un poco perezosa últimamente. Dio una fiesta por navidad para toda su familia y amigos, y no dijo ni una palabra.

 

—…Sí.

 

—Odio a esa perra. Sobrevivió gracias a quienes la acogieron en Kustia, y aún así se comporta como una víctima.

 

Angélica tragó aire entre los dientes e inclinó la cabeza.

 

—Ella no estará enamorada o algo así, ¿no?

 

—…

 

—No creo que sea tan tonta, ¿verdad?

 

Ni caliente ni frío, ni pesado ni ligero.

 

Los ojos de David, con esa misma temperatura y peso, se volvieron hacia Angélica, penetrantes. Era una mirada a la vez cálida y fría.

 

Angélica siempre se había sentido cómoda con David y hasta intercambiaban insultos, pero en momentos como éste, le tenía un poco de miedo.

 

Cuando se trataba de Karen, David tenía un lado un poco impredecible.

 

—Claro, con lo mucho que el coronel la quiere, no hay forma que desvíe la vista hacia otro hombre. Y no a cualquiera, sino a alguien que debe sacarle información, ¿verdad?

 

Angélica seguía divagando. Pensó que hablar del coronel, el hombre que le levantaba la moral al ejército Kustia y el modelo a seguir de David, le levantaría el ánimo.

 

Pero el estado de ánimo de David tocó fondo cuando se mencionó al “coronel”

 

—Angie.

 

—¿Eh? Mm, ¡ahk!

 

David pasó de yacer perezosamente en la cama a aplastar rápidamente el torso de Angélica. Tiró con fuerza de la cadena de la gargantilla que Angélica llevaba alrededor del cuello para excitar a sus clientes.

 

—Si después de gastar dinero y entrenarte con tanto esfuerzo sigues siendo un perro que no entiende la obediencia…

 

—¡Hhh, ugh! D-da, David!

 

—Tu final será la eliminación.

 

Karen no era tonta. No le era leal a Kustia, pero tampoco podía traicionarlos. No tenía el valor de decirle la verdad a Arthurus Kloen. Y era incapaz de dejar de lado a alguien de quien es responsable por amor.

 

Karen carecía de coraje y tenía a alguien a quien proteger en Kustia; sin duda seguiría las órdenes sumisamente, incluso si no supiera lo que era la obediencia.

 

Así que, Karen nunca será eliminada. Y eso deberá mantenerse en el futuro.

 

 

* * *

 

 

Nevaba.

 

La primera nevada después de Navidad.

 

Karen estaba encantada de ver la nevada tardía, pero personalmente, Arthurus pensó que hubiera sido mejor una nevada en Navidad.

 

La razón era sencilla: ella habría estado más feliz con la nieve en navidad.

 

A pesar de que se había ocupado de algunos asuntos urgentes a tiempo para la festividad, en sólo dos días, Arthurus volvió a sentarse en su escritorio, repleto de papeles, y contempló la nieve.

 

El mundo que veía a través de la ventana del tamaño de una pared parecía un vasto paisaje. Con la mirada fija en el exterior, Arthurus sacó la pistola llamada “Karen” que guardaba en el bolsillo y jugueteó con ella.

 

Por lo general, cuando se iba a trabajar, se concentraba de inmediato en el trabajo, pero quizá fue por el espíritu navideño persistente, o quizá la hermosa Karen de anoche. Arthurus no podía concentrarse en absoluto. Aunque sabía que no era la verdadera Karen, se encontró acariciando a la “Karen” que había creado a su imagen durante mucho tiempo.

 

Le vino a la mente la expresión femenina cuando le dio el arma; con los ojos cerrados como si soñara, sus labios lisos se dibujaban en una línea perfecta.

 

Fue el golpe monótono de la puerta lo que rompió el dulce reposo de Arcturus.

 

Un golpe monótono interrumpió la dulce ensoñación del duque.

 

—Adelante.

 

Tan pronto como se concedió el permiso, Lois abrió la puerta y apareció como se esperaba.

 

—Exactamente 15 minutos y 37 segundos tarde.

 

Arthurus miró su reloj y comentó perezosamente la tardanza de su amigo.

 

—Es navidad, así que dame un respiro.

 

—Ayer fue Navidad, hoy no.

 

A juzgar por el hecho de que se guardó silencio después de hablar, parecía que haría la vista gorda ante la tardanza. Si planeaba pasarla por alto, ¿para qué molestarse en señalarla con tanto sarcasmo…?

 

Arthurus, quizás aún sumido en la alegría navideña, tenía una expresión más relajada de lo habitual, incluso en horario laboral. Al juzgar por cómo estaba recostado en el respaldo de su silla, parecía que no tenía intención de trabajar de inmediato.

 

—Debiste haber tenido una Navidad maravillosa, ¿eh?

 

—Bueno, no estuvo mal. ¿Y tú?

 

—Hmm… La cita no estuvo mal, pero si vuelvo a enterrarme en el trabajo, puede que me dejen otra vez…

 

—¿Debería ofrecerte algunas palabras de consuelo por adelantado?

 

—Ni aún así te comprometes a reducir mi carga laboral…

 

—Cuanto más importante es el trabajo, más necesario es contar con un excelente asistente ejecutivo y aprovecharlo al máximo.

 

Lois le sacó la lengua al comentario juguetón de su amigo, frunciendo el ceño. Sabía que era una broma, pero no pudo evitar reír.

 

Entonces, mientras se disponía a trabajar sacando con calma los archivos que había organizado, giró de repente la cabeza hacia Arthurus como si algo se le hubiera ocurrido.

 

—Ah, esa fiesta de Navidad. ¿No fue donde presentaron a la señorita Karen?

 

—Sí. ¿Por qué?

 

—Oye, entonces su familiar también podría…

 

—¿Familiar?

 

Lois dudó un momento, luego, como si se armara de valor, alzó la voz, abriendo mucho los ojos.

 

—Si ese era tu plan, bien podrías haber invitado a su familiar también.

 

—…¿De qué estás hablando?

 

—¿No me digas que tu abuelo pensó que invitar también a la familia plebeya sería demasiado?

 

—Lois, habla claro para que te pueda entender.

 

Percibía una intención de llamado de atención… pero no podía entender en absoluto lo que le decía.

 

Mientras Arthurus inclinaba la cabeza hacia un lado, genuinamente desconcertado, Lois se aclaró la garganta y mencionó cierto incidente del día de Navidad.

 

—Ayer me encontré con el señor Luis Shanner.

 

—Te encontraste con el hermano de Karen…

 

—Nos encontramos por casualidad, lo vi deambulando solo por bares y lo llamé. Ya nos habíamos saludado antes, así que es un poco excesivo fingir que no lo conocía.

 

Lois malinterpretó la expresión en el rostro de Arthurus que volvía cautelosa. Pensó que estaba insatisfecho por su cercanía con su cuñado. Así que eligió sus palabras con cuidado, observando su reacción.

 

—Estaba llevándose a cabo una fiesta en casa del abuelo para presentar a la señorita Karen, pero me pareció extraño que su hermano menor estuviera bebiendo a solas el día de Navidad, así que le pregunté por qué no fue a la fiesta.

 

—Y luego.

 

—Con un aire ausente me dijo esto, ¿puedes creerlo?

 

Lois le recitó la conversación que tuvo con Luis, sin perder una sola palabra.

 

 

—¿En la mansión de los Kloen… hay una fiesta… para mi hermana…?

—¿Acaso no lo sabía?

—Ella nunca lo mencionó, así que yo no…

 

 

Antes de que se diera cuenta, Arthurus estaba dando pequeños golpecitos sobre “Karen”, arma que había estado acariciando antes.

 

—Siempre me pareció que la señorita Karen le tiene un cariño entrañable a su hermano menor… No creo que no lo haya invitado por voluntad propia. ¿No será que tu abuelo o tú le insinuaron algo?

 

Mientras escuchaba a su amigo, Arthurus recordó la conversación que tuvo ayer con Karen.

 

 

—Ojalá hubiera venido tu hermano.

—Luis está ocupado con el trabajo… así que no pude invitarte…

 

 

Ella dijo que no pudo invitarlo porque estaba ocupado, pero ¿su hermano ni siquiera sabía que había una fiesta?

 

Nunca había mencionado el estatus social de Karen, ni siquiera en broma. El abuelo sí que se había opuesto por ello…

 

Sin embargo, una vez que dió su bendición, no era de los que discriminaban ni presionaban a otros por su estatus. Quizá por la tragedia que les había ocurrido a su hija y a su yerno en el pasado, había intentado ser más amable y compasivo y aceptarlo todo.

 

—Eso no era necesario.

 

—¿Eh…?

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