Karen se mordió el labio inferior mientras observaba cómo la mano que sostenía el arma caía temblorosa y sin fuerzas.
Sintió que un sollozo estaba a punto de escapársele de los labios.
—Jaa…
—…
—Ja, ja, ja…
La risa vacía llenó el espacio silencioso.
Arthurus se alejó impotente de ella, parecía dispuesto a marcharse sin hacer nada más.
Lo natural habría sido querer matarla, pero al final, Arthurus fue incapaz de hacerle daño.
De repente, un pensamiento siniestro asaltó la mente de Karen.
¿Y si los sentimientos de Arthurus hacia ella no se limitaban a un simple efecto de enamoramiento…?
—¡Entreguéme con los militares!
Le gritó con desesperación mientras este se alejaba.
—¿Planea encerrarme aquí para siempre?
Morir a manos de él habría sido, incluso, una suerte. Que la entregara con los militares, era lo correcto.
Pero si él decidía mantenerla encerrada allí indefinidamente…
Vivir en un infierno donde no podía matarla ni salvarla, ni amarla ni odiarla…
|No.|
Karen no podía permitir que Arthurus viviera en semejante infierno.
Para que él pudiera liberarse de ella, debía ser él mismo quien la arrojara lejos.
—Si se descubre que soy una espía, los militares lo investigarán primero a usted. Y cuando encuentren que estoy aquí, a salvo, ¡lo acusarán de haber protegido y ocultado a una espía! Por muy poderoso que sea…
—Ahora mismo.
Arthurus habló lentamente, en voz baja, reprimiendo una furia que amenazaba con desbordarse.
—¿Te atreves a preocuparte por mí?
Así fue. No debería haberse atrevido a hablar como si se preocupara con él. Ni siquiera por su bien.
Karen se mordió el labio inferior y borró de su rostro toda expresión de súplica.
—Es porque estar cerca de usted me resulta repugnante.
—…
—Si no voy a morir, prefiero mil veces que me lleven al ejército y me torturen.
—…
—Así que, elija. O me mata, o me entrega al ejército.
La mujer para quien todo había sido mentira. La mujer que mató a su familiar. La mujer que ahora decía que incluso estar cerca de él le resultaba repugnante.
Desearía que la odiara hasta la muerte.
Lo único que anhelaba era que Arthurus, aún atrapado en ese amor y odio hacia ella, pudiera liberarse aunque fuera un poco de su tormento.
Si tuviera un último deseo, sería este.
—Qué vamos a hacer contigo, Karen.
Pero, por desgracia, Arthurus parecía no estar dispuesto a dejarla ir.
—No pienso dejarte tomar el camino fácil.
—¿A qué se refiere…?
—No le tienes miedo a la muerte, así que no puedo matarte.
—…
—Estaba pensando en entregarte a los militares, pero todavía me queda compasión por la mujer que una vez fue mi prometida.
Arthurus se giró y se acercó lentamente a ella.
Karen solo pudo alzar la mirada, con ojos temblorosos, presa de una inquietud inexplicable. Una de las rodillas de él subió sobre la cama.
—Te resulta repugnante que yo te toque, ¿no?
—A-Arthurus…
—Entonces, el castigo que te corresponde debería llevarse a cabo en la cama.
Arthurus, al examinar las muñecas esposadas, sonrió levemente. Las marcas de la atadura en sus muñecas eran ahora indistinguibles de las cicatrices dejadas por las esposas.
Era su última esperanza.
Que al menos le dijera una mentira. Una mentira lo bastante convincente como para querer tomarla como verdad.
Si hubiera sido así, quizás podría haberse engañado así mismo al pensar en aquellas marcas como una consecuencia por el intento fallido de salvar a su abuelo. Fácilmente podría caer en una ilusión así.
Pero todo había terminado.
Arthurus sostuvo, con el corazón encogido, a la mujer que encontraba repugnante siquiera tocarlo.
(Becky: Es temporada de verano en mi país, estoy sudando por los ojos…)
* * *
David arrojó al suelo la peluca negra, se quitó las gafas y se llevó los binoculares a los ojos.
Pero por mucho examinó la mansión Kloen, no se veía ni rastro de Karen, ni de una sola persona, en aquella residencia ya completamente a oscuras.
—Maldita sea.
Sentado en la barandilla de la azotea, David se pasó la mano por el cabello con frustración.
La situación se había vuelto endemoniadamente complicada.
La captura de madame Bornet y Angélica aún era desconocida para la población general de Gloretta. El duque Kloen había actuado por cuenta propiay, además, el ejército temía que la opinión pública se agitara, por lo que todavía no habían hecho pública la existencia de los espías.
Los hombres de Kloen también irrumpieron en la residencia donde se alojaba David. Logró escapar, pero no podía permanecer indefinidamente en ese país.
El duque conocía su rostro, y a estas alturas, el gobierno y el ejército tendrían información sobre su apariencia.
Sin embargo, sólo había una razón por la que no había podido abandonar la capital de Gloretta.
El coronel le había dado una orden directa y personal: recuperar a Karen sana y salva, pasara lo que pasara.
|Me pregunto si Karen querrá volver a Kustia…|
Contempló la mansión Kloen, sumida en la oscuridad, y cayó en una breve reflexión.
Desde aquel día, el duque no había permitido que Karen apareciera en público. Desde el exterior, ni siquiera era posible confirmar si seguía viva.
Pero incluso suponiendo que lo estuviera, surgía una duda fundamental.
¿Realmente Karen lo desearía? ¿Llevarla a Kustia sería lo correcto para ella?
《—Por favor, no mates al abuelo…》
Karen Shanner arriesgó su vida para salvar al familiar de Arthurus Kloen.
|¿En qué estoy pensando ahora mismo…?|
Sin embargo, su vacilación duró poco.
¿Qué sentido tenía dudar? Después de todo, Karen era una espía. Aunque Arthurus la protegiera ahora, bastaría con que cambiara de opinión para entregarla al ejército.
Antes de que eso ocurriera, era mejor llevársela a Kustia.
Y aunque sea en contra de su voluntad, ¿qué importaba?
Una orden debía cumplirse. Tanto por él como por ella.
Por Kustia.
|Entonces, ¿cómo debería empezar…?|
David clavó la mirada en la mansión oscura, pensando en cómo sacar a Karen de allí.
* * *
Ya casi había pasado una semana desde que Karen fue encerrada en la habitación secreta.
A excepción de los dos primeros días, Arthurus pasó todas las noches con ella mientras seguía esposada.
Antes, dormir con Karen le hacía despertar renovado; ahora, en cambio, se consumía día tras día.
Pero no era el único
Karen también estaba cada vez más delgada.
Lena observó a la señorita. Iba a traerle el desayuno antes, pero estaba tan profundamente dormida al llegar que no se molestó en despertarla. Sin embargo, al ver que Karen seguía dormida después de la hora del almuerzo, empezó a preocuparse.
—Señorita, despierte.
—…
—Debe levantarse ya, pronto será la hora del almuerzo.
—Mmm…
Karen abrió los ojos con dificultad, moviendo un cuerpo que, pese a haber adelgazado aún más, se sentía pesado.
—Dios mío…
El aspecto de Karen al incorporarse era terrible. La piel que antes había sido blanca y delicada estaba cubierta de marcas rojizas por el pecho y el cuello, tan densas que apenas dejaban ver su color original.
Aunque al principio Lena había interpretado que el duque volviera a buscar a la señorita como una señal de reconciliación, con el paso del tiempo cambió de opinión.
Esto era una nueva forma de abuso.
—¿Quiere que la ayude a asearse primero?
—…
Karen no respondió, ni siquiera después el rostro preocupado de Lena. Tenía los labios secos y temblorosos, y parecía tener dificultades para hablar.
Lena decidió asearla primero y luego quitó por completo la manta que cubría su cuerpo.
—¿Eh…?
Los ojos de Lena se abrieron de par en par al descubrir algo. Karen también pareció sorprendida y rápidamente cubrió la mancha roja con la manta.
—Aún no debería llegarme el período, así que ¿por qué…?
Habiendo permanecido en silencio todo el tiempo, Karen habló por primera vez, visiblemente bastante nerviosa. Era como si ni siquiera se hubiera dado cuenta de que estaba hablando.
Al recordar la mancha de sangre que Karen había ocultado, los ojos de Lena se entrecerraron.
Su señorita, sorprendentemente inocente, no parecía considerar esa posibilidad, pero una doncella debía ser sensible al estado de su señora, y otra explicación cruzó su mente.
—Señorita, acaso…
Lena estuvo a punto de mencionarlo, pero decidió que aún era prematuro hablar de algo que no era seguro.
—Es posible que su salud se haya deteriorado significativamente, así que llamaré a un médico.
Cambiando de tema, se acercó a la estantería que servía de puerta.
—Necesito el permiso de su excelencia para llamar a un médico. En breve le traeré algo de comer, así que espere un momento.
Forzó una voz más alegre y animada a propósito y abrió la estantería.
Pero Lena no logró atravesar el despacho hacia el pasillo.
No sabía qué estaba ocurriendo, pero desde el exterior llegó un alboroto ruidoso. Se giró apresuradamente hacia Karen.
Fue en el instante en que ambas se miraron, alarmadas, cuando…
Clic-.
Se oyó el sonido del picaporte del despacho al girar.
Dejanos tu opinion
No hay comentarios aún. ¡Sé el primero en comentar!
Por favor, introduzca su nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirá un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.