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El lugar donde se quebró la rosa dorada - Capítulo 93

Episodio 93

 

 

Sus ojos se abrieron lentamente en la oscuridad.

 

Ni en los sueños ni en la realidad había un lugar donde pudiera ser libre.

 

Lo primero que distinguieron sus ojos, una vez acostumbrados a la penumbra, fue el destello del material metálico.

 

Solo entonces pudo reconocer la forma de una mano empuñando un arma, y la silueta negra de alguien sentado con las piernas cruzadas, observándola.

 

—Buenos días.

 

Dentro de aquel espacio cerrado y sin ventanas, no había forma de saber si era de día o de noche.

 

|Pensé que ya no me importaba…|

 

Era la primera vez que lo veía cara a cara después de ser confinada en el espacio secreto.

 

Al ser consciente de su presencia y oír su voz, Karen sintió cómo una tensión se extendía por todo su cuerpo. No sabía exactamente de dónde provenía esa tensión.

 

Creía tener miedo de verlo, pero en el momento en que fue consciente de que estaba justo frente a ella, lo único que deseó fue mirar su rostro de inmediato.

 

Se incorporó en la cama y encendió la lámpara que había sobre la mesita de noche.

 

La luz tenue iluminó la habitación, revelando el rostro de Arthurus, previamente oculto en la oscuridad. Karen sintió que el aliento se le atascaba en el pecho.

 

Sólo han pasado unos días desde que lo vio…

 

Lucía particularmente delgado, como si no estuviera comiendo adecuadamente.

 

Unos cuantos mechones de pelo despeinado le cubrían la frente y bajo la camisa desabotonada la corbata colgaba floja.

 

Debido a la iluminación, los ojos con los que la miraba parecían a veces rojos, a veces dorados.

 

Él no dijo nada. Se limitó a juguetear con el arma que llevaba su nombre y a sostener su mirada en silencio.

 

Ella sintió que iba a asfixiarse dentro de ese silencio

 

—¿Por… Por qué vino?

 

Al final, fue Karen quien habló primero.

 

—¿Vino a matarme?

 

Si bajaba la guardia aunque fuera por un momento, se le escaparían otras palabras.

 

¿Por qué estás tan delgado?

 

¿Estás durmiendo bien?

 

¿Sufres por mi culpa?

 

—Si va a matarme, hágalo rápido.

 

No debería decir algo así.

 

Pero si Arthurus aún no aceptaba la realidad y conservaba incluso un mínimo de apego persistente hacia ella, debía arrancarle por completo ese apego.

 

Para que, incluso si ella fuera torturada, encarcelada o ejecutada, no sintiera ni un poco de tristeza.

 

—Estoy lista.

 

—Lista…

 

Tras repetir la última palabra, él dejó escapar una risa breve, como si acabara de oír algo gracioso.

 

—¿Y ahora qué hago yo, Karen?

 

—…

 

—Yo no lo estoy.

 

Dicho eso, se levantó de la silla y se acercó lentamente a ella.

 

—Aún hay cosas que tengo que confirmar contigo.

 

Aún tenía muchas preguntas que hacerle.

 

—Te daré la oportunidad de decir la verdad.

 

Si su nombre y su origen eran reales. Si realmente era Karen Shanner, una ex prisionera de guerra, ¿por qué había traicionado a su país?

 

Además de eso, surgían incontables preguntas.

 

Desde que se enteró de la traición de Karen, Arthurus no ha podido dormir hasta altas horas de la madrugada. Su corazón latía con tanta fuerza como cuando la sangre de su madre lo empapó.

 

Se sentía sofocado, sin poder respirar.

 

Desde que el abuelo intentó estrangularlo, no había pasado noches tan inquietas como aquellas en el campo de batalla, donde debía dormir sin saber cuándo estallaría un bombardeo.

 

Karen, que lo miraba como si realmente lo quisiera; Karen, que a menudo se defendía cuando la molestaba, pero se sonrojaba y entraba en pánico cuando era crucial; Karen, que lo consolaba y comprendía los sentimientos que ni siquiera él mismo sabía que tenía, Karen, que era hermosa cuando bailaba. Karen, Karen, Karen… 

 

 

Maldita seas, Karen.

 

 

—Si sigue pasando tanto tiempo sin comer, seguro que acabará enfermándose.

 

 

Tras evocar recuerdos con Karen, apareció en su mente la voz preocupada de la sirviente.

 

 

—Incluso si se muere de hambre, será por su propia decisión; habrá que respetarla.

 

 

No importaba si se moría de hambre. Para una espía que había traicionado a su país, no había razón alguna para mostrar compasión.

 

Y aun así, había venido hasta allí porque había algo que debía preguntarle antes de que muriera.

 

—Solo haré tres preguntas.

 

De las decenas de miles de preguntas que le gustaría hacer, sólo haría tres.

 

Eso significaba que Karen tenía tres oportunidades más de sobrevivir.

 

—Cada vez que mientas, apretaré el gatillo.

 

Arthurus apoyó el cañón helado del arma contra la frente de Karen y, de forma ostensible, quitó el seguro.

 

Karen no sudó frío ni tembló. Simplemente levantó la vista y le sostuvo la mirada, como si no conociera el miedo.

 

Lo miró con esos ojos dorados tan hermosos que parecían querer absorberlo.

 

—¿Ha cargado bien las balas?

 

El tono, como si realmente le importara la otra persona, sonó a burla para Arthurus. Las venas del dorso de la mano con la que sujetaba el arma se marcaron.

 

—No te preocupes. Si tienes suerte, aunque mientas dos veces no morirás.

 

Eso significaba que aún no había cargado todas las balas. Aun así, solo le estaba dando dos oportunidades.

 

—El abuelo…

 

La primera pregunta de Arthurus comenzó. La mención de Jude Cullen estremeció a Karen, que hasta entonces parecía haberlo abandonado todo. Sus pupilas temblaron.

 

—Tú, ¿lo mataste?

 

Su voz, reprimiendo la ira, salió cortada sílaba a sílaba. Karen comprendió que no estaba simplemente enojado, sino que sentía un inmenso dolor.

 

—Murió… por mi culpa.

 

—Piénsalo bien antes de responder. Si quieres vivir aunque sea un poco.

 

—Me dijo que dijera la verdad.

 

Era la verdad, sin una sola mentira. Ella había causado la muerte de aquel anciano bondadoso. Le había arrebatado a Arthurus un miembro de su familia.

 

—Su abuelo murió por mi culpa.

 

Arthurus dijo claramente que apretaría el gatillo si ella mentía. Pero la verdad que Karen dijo no era la respuesta que él quería escuchar.

 

Reprimiendo el temblor, apretó el gatillo.

 

Karen cerró los ojos.

 

Clank─.

 

Pero la cama no se tiñó de sangre. No se disparó ninguna bala.

 

Karen abrió los ojos con cautela.

 

—Tienes suerte.

 

—…

 

—Pasemos a la segunda pregunta.

 

Arthurus que se había burlado de su suerte continuó haciendo preguntas sin parar.

 

—¿Me abordaste intencionalmente desde el principio?

 

—Sí.

 

Incluso después de superar una experiencia cercana a la muerte una vez, Karen respondió sin la menor vacilación.

 

—Esa fue mi intención desde el principio.

 

Arthurus se rió entre dientes, casi como si se estuviera burlando de sí mismo.

 

Esta vez, el ritmo fue un poco más rápido. Así como ella respondió sin dudar, él apretó el gatillo sin vacilación.

 

Pero una vez más, no se disparó nada.

 

—Se te acaba la suerte. Si vuelvo a apretar el gatillo, morirás de verdad.

 

Tal como dijo, solo quedaba una pregunta. Cuando la respuesta terminara de darse, si él apretaba el gatillo otra vez, no habría escapatoria.

 

Pero Karen no le temía a la muerte. Con una mirada serena, se limitó a esperar la llegada de su final.

 

Quien parecía temer la muerte no era otro que Arthurus.

 

La mano que sostenía el arma apuntando a la frente de Karen empezó a temblar levemente. Hacía todo lo posible por contener el temblor, pero ya estaba al límite.

 

—Tú…

 

Finalmente planteó la pregunta que había estado posponiendo por miedo a escuchar la respuesta, pero que desesperadamente necesitaba escuchar.

 

—¿Hubo siquiera un solo momento en el que fueras sincera conmigo?

 

La mirada de Karen atrapó aquella  expresión distorsionada no por la risa sino por el dolor, y unas pupilas que parecían como si pudieran derramar lágrimas en cualquier momento.

 

Temiendo que él notara su propia agitación, Karen cerró los ojos con fuerza y volvió a abrirlos.

 

—…No.

 

—Responde bien. Esta es tu última oportunidad.

 

—…

 

—Si quieres vivir, aunque sea miente.

 

La sábana se arrugó en los puños de Karen. Tenía que reprimir el impulso de lanzarse a los brazos de ese hombre. Para que no sintiera ni una pizca de tristeza por su final.

 

—¡Aférrate a mí, suplica si hace falta!

 

Pero quien parecía suplicar y aferrarse era Arthurus. Karen tragó saliva con dificultad y lo miró con expresión venenosa, como si estuviera frente a su enemigo mortal.

 

—¿Sabe lo difícil que fue para mí fingir que lo amaba todo este tiempo?

 

Decir la verdad mientras esperaba la muerte era soportable. Pero este momento, de tener que mentir y negar todo lo sucedido entre ellos, era completamente doloroso. Las lágrimas brotaron de las comisuras de sus ojos dorados.

 

—¡Por favor, dispáreme, máteme! ¡Si no puede hacerlo, denúncieme con el ejército! ¡Eso es mejor que mentir y seguir fingiendo que lo amo!

 

—…

 

—¿Sabe lo horrible que era cada vez que le decía que lo amaba, cada vez que tenía que tomarle de la mano o abrazarlo…?

 

Las lágrimas de Karen llegaron hacia él con un significado distinto.

 

Ah, así que de verdad todos los momentos que pasó con él fueron horribles. Por eso llora con tanta amargura.

 

Arthurus apretó débilmente el gatillo una última vez. Pero una vez más, no resonó ningún disparo.

 

Era de esperarse.

 

Desde el principio, el arma no tenía ni una sola bala cargada.

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