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El lugar donde se quebró la rosa dorada - Capítulo 92

 

Episodio 92

 

 

Lo primero que oyó Arthurus al llegar a casa después del trabajo fue que Karen se había saltado otra vez la comida.

 

—¿Y?

 

Replicó él, como si de verdad no entendiera por qué le estaban informando algo así.

 

Lena se estremeció, desconcertada por la fría reacción de su señor. Pero enseguida se armó de valor, enderezando torpemente los hombros y habló con una pronunciación clara y cuidadosa.

 

—Si sigue pasando tanto tiempo sin comer, seguro que acabará enfermándose. Además, lleva tanto tiempo esposada que se le han hecho heridas…

 

—Estoy muy cansado ahora mismo.

 

—…

 

—¿Y también tengo que escuchar sobre esa mujer haciendo una huelga de hambre?

 

“Esa mujer”.

 

Lena, tan sorprendida como estaba, sólo pudo parpadear; recobró el sentido y le habló con cautela a su señor.

 

—Desconozco la situación entre los señores, pero…

 

No sabía si la frialdad repentina de su señor se debía a una fuerte pelea de pareja o a las miradas del mundo, que tras la publicación de los artículos trataban a la señorita Karen como a una espía. Pero sí sabía que confinar a una persona amada en un espacio secreto dentro de la mansión no era normal.

 

—No creo que la señorita cometiera un error tan grave…

 

Una simple sirvienta no tenía derecho a entrometerse en la vida privada de su señor. Aun así, no podía dejar que la señorita a la que servía siguiera en ese estado para siempre.

 

—¿No podría prestarle un poco más de atención a la señorita?

 

Lena alzó la vista con cautela y cruzó la mirada con su señor, pero ante aquellos ojos azules tan fríos que helaban la sangre, bajó la cabeza apresuradamente.

 

—Parece que Karen se ha portado muy bien contigo. Al punto de que obedeces las palabras de una “Shanner” y no las de un “Kloen”.

 

—…Mis disculpas.

 

Arthurus no aceptó sus disculpas, pero tampoco la expulsó. Simplemente dio instrucciones sobre Karen.

 

—Déjala. Ni siquiera intentes curarle sus heridas.

 

—Y si le sucede algo c…

 

—Incluso si se muere de hambre, será por su propia decisión; habrá que respetarla.

 

—…

 

—No necesito una sirvienta que no pueda seguir órdenes, señorita Lena.

 

—…Sí, lo entiendo.

 

Como dijo su señor, ella no trabajaba para “Karen Shanner”, sino para ”Arthurus Kloen”.

 

Aunque circulaban rumores de que iban a casarse, la señorita Karen aún no era parte de los Kloen. Aunque la apreciaba mucho, no podía desobedecer a su empleador.

 

Arthurus pasó junto a la sirvienta, que mantenía la cabeza gacha con expresión apagada, y salió al jardín. El mayordomo regañó a Lena con la mirada y siguió presuroso a su señor.

 

—El señor Lois me comunicó que usted aún no ha comido. Avisaré al chef para que prepare la cena.

 

—No hace falta.

 

Karen no era la única que no había probado un bocado en dos días. En todo ese tiempo, lo único que Arthurus había llevado a la boca habían sido cigarrillos. Aun así, no sentía hambre.

 

—Quiero estar solo, así que a menos que surja algo importante, no me molesten.

 

—Entonces, por favor, llame cuando necesite algo.

 

El mayordomo inclinó la cabeza cortésmente y se hizo a un lado.

 

Al entrar al campo de tiro, Arthurus examinó con calma y serenidad las armas expuestas. Normalmente, habría elegido una que le gustara… Pero ahora, ninguna le atraía.

 

Finalmente sacó a “Karen” del bolsillo de su abrigo.

 

Desde el principio le pareció que encajaba perfectamente en su mano, como si hubiera sido fabricada a medida para él. El agarre era impecable.

 

—Ja…

 

Con el arma en mano, soltó una risa hueca.

 

Sí. Las armas podían modificarse o fabricarse a medida para uno mismo. Pero las personas no.

 

Entonces, ¿por qué había sido tan estúpido como para no darse cuenta?

 

Karen, tan dulce como un caramelo en la boca, parecía existir como si Dios la hubiera creado solo para él.

 

Esa mujer que poco a poco empezó a inquietarlo y terminó por atraparlo… El hecho de que todo eso hubiera sido algo construido deliberadamente, con la intención de acercarse a él.

 

¡Bang! ¡Bang, bang!

 

Arthurus, sujetando a “Karen” con ambas manos, disparó sin descanso hacia la diana. Si pensaba que aquel blanco era Karen, sentía que podría disparar toda la noche sin cansarse. Una ira descomunal envolvía todo su cuerpo.

 

¡Bang! ¡Bang! ¡Bang!

 

Los disparos resonaron sin cesar en el campo de tiro.

 

Sin embargo, ni una sola bala dio en el blanco.

 

|Maldita sea…|

 

Era su deber denunciarla con el ejército; se había acercado a él deliberadamente, sin ni una pizca de sinceridad. Que allí muriera bajo tortura o que se suicidara por su cuenta ya no sería asunto suyo.

 

Tampoco era que la quisiera tanto como para traicionar a su país por ella.

 

Simplemente le gustaba su apariencia, las conversaciones eran divertidas y, al meterse constantemente en situaciones peligrosas, no podía evitar preocuparse.

 

Eso era todo.

 

Pensé que había sido increíble que llegara a su vida, pero que tampoco pasaría nada grave si no estaba; era una persona más.

 

—Ah…

 

Atormentado por las tribulaciones que ella provocaba en él, no se detuvo hasta que una bala disparada al azar acertó por fin en la cabeza de la diana.

 

Aunque el blanco no era realmente Karen, sintió que su sangre se heló, como si fuera ella la que estuviera sangrando.

 

|¿Por qué tengo que sentirme así?|

 

 

La que se equivocó fuiste tú, entonces ¿por qué tengo que sufrir yo de esta manera?

 

 

La punta del arma, que colgaba flácidamente de los dedos de Arthurus, brillaba bajo la luz que colgaba del techo, al igual que Karen.

 

 

* * *

 

 

Lena visitó a la prometida de su señor llevando la cena tardía, como cualquier otro día. Karen, una vez más, se negó a comer. Tras dudar un momento, Decidió dejar la bandeja con los alimentos y salir de la habitación.

 

—Arthurus…

 

Habiendo permanecido en silencio todo el tiempo, fue la primera vez que la detuvo. Los ojos de Lena brillaron y se acercó de inmediato.

 

Karen, que no había bebido ni un sorbo de agua, movió con dificultad los labios secos y agrietados.

 

—¿Cómo está Arthurus?

 

—Su excelencia…

 

Lena recordó la expresión del duque al enterarse del estado de Karen. Cuando supo que llevaba dos días sin comer y se negaba a que le trataran las heridas…

 

 

—¿Y también tengo que escuchar sobre esa mujer haciendo una huelga de hambre?

 

 

Hacía mucho frío.

 

 

—Incluso si se muere de hambre, será por su decisión; habrá que respetarla.

 

 

Como si fuera alguien que no parpadearía ni aunque muriera delante de sus ojos.

 

—¡El duque está preocupado por usted, señorita!

 

—…

 

—¡De verdad!

 

No podía decirle la verdad a la señorita tal como estaba, tan delgada, consumida, con el rostro demacrado como el de una enferma.

 

Aunque Karen no fuera una “Kloen”, seguía siendo la señorita a la que servía. Una pequeña mentira piadosa estaría bien.

 

—Cuando le dije que la señorita no estaba aceptando tratamiento para sus heridas ni comiendo, ¡se puso muy triste!

 

Los ojos dorados de Karen temblaron levemente. Lena no se perdió el momento.

 

—Entonces, señorita, ¿por qué no deja de preocupar al duque y come aunque sea un poco?

 

—…Lo siento. Por favor, retírate.

 

—Señorita…

 

La esperanza de Lena de que esta vez comiera, aunque fuera cediendo a regañadientes, se hizo añicos.

 

—Está bien, señorita. Si cambia de opinión, en cualquier momento, hágamelo saber…

 

Cuando Lena salió, se oyó el sonido de las esposas agitándose. Karen se había pasado ambas manos por el rostro.

 

—Arthurus, preocupado, por mí…

 

¿Cómo se llama el sentimiento que le llena el corazón?

 

¿Debería estar agradecida de que no la odiara hasta el punto de no sentir ni la más mínima preocupación por ella?

 

O debería temer de que en realidad sí esté preocupado.

 

O quizás ambos.

 

Por primera vez, comprendió que la preocupación de alguien podía ser la desesperación de otro. Enterrando la cara en la mullida manta, Karen sollozó un buen rato.

 

La manta se fue empapando, tiñéndose de un color más oscuro.

 

 

* * *

 

 

Soñó.

 

Los acontecimientos de cuando traicionó a un joven Arthurus se plasmaron con una viveza estremecedora.

 

 

—Tu hermano Luis está vivo.

Las amables palabras de madame Bornet, que la había tratado con tanta benevolencia, se convirtieron en un instante en unas cadenas que se cerraron sobre los tobillos de Karen.

—Parece que tienes una relación muy estrecha con Arthurus Kloen. Si nos ayudas un poco, podremos volver con Luis.》

 

Incluso si pudiera volver atrás, Karen habría elegido de nuevo el camino que la llevaba a Louis.

 

 

—Al ejército de Gloretta no le importa si tu hermano muere. ¿Vas a abandonarlo por el bien de un país así?

Karen no podía priorizar a Arthurus. No estaba en condiciones de pensar solo en él.

Sabía que, aunque era una persona cálida, llegado el momento necesario Arthurus podía volverse tan frío como quisiera.》

 

《—La gente cercana a mí me llama “Arthur”.

—¿Por qué me dice eso?

—Nunca se sabe.

Al final, Karen no pudo confiar en Arthurus. Ni siquiera había necesidad de sopesarlo: eligió a su hermano.

Hasta el punto de traicionar al joven inocente que le expresó su amor con todo ser.

—Puede que algún día termines llamándome por mi apodo.

Por mucho que le gustara Arthurus, no podía darle la espalda al único familiar de sangre que le quedaba.》

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