Probablemente no sea nada grave. Es solo un carruaje de servicio que acaba de regresar. Seguro que es eso. Tiene que serlo.
Pero, a diferencia de lo que su cabeza intentaba razonar con frialdad, en sus pasos no había ni un ápice de calma.
En cuanto Arthurus llegó al carruaje, comprobó de inmediato el rostro del cochero a caballo. El viejo cochero reconoció el rostro del duque Kloen y se estremeció ante la mirada penetrante.
—¿Quién va dentro?
—Y-yo… no lo sé. Solo vine a donde me dijeron, nada más…
Las palabras del cochero no podían ser falsas.Para subir a un carruaje no hacía falta ningún aval de identidad, y los cocheros, al fin y al cabo, solo cobraban y se dirigían al destino indicado.
Arthurus se acercó a la puerta del carruaje.
Toc, toc.
Intentó mantener la compostura,pero el sonido rápido de los golpes revelaba todo lo contrario. En el interior, las cortinas cubrían las ventanillas, haciendo imposible ver quién iba dentro. Volvió a tocar, esta vez la puerta tampoco se abrió.
A menos que fuera por uno de los sirvientes, no había motivo para que alguien viniera hasta la mansión en un carruaje a esa hora. Pero entonces, ¿por qué un sirviente del ducado no abriría la puerta al oír su voz?
|No. No puede ser.|
Arthurus intentó negar una posibilidad concreta. No tenía sentido desde un punto de vista racional.
Pero su mente, ya hacía tiempo consumida por una sola persona, se desató en imaginaciones absurdas. ¿Y si Karen, quien se suponía estaba encerrada en la habitación secreta detrás de su despacho… hubiera escapado?
¿Y si, al final, había subido a un carruaje intentando huir de él…?
—…Karen.
Intentó abrir la puerta. Pero estaba cerrada desde dentro, y ni siquiera su fuerza bruta le permitió abrirla. Su visión se oscureció por completo. Su mente se mareó y su respiración se aceleró.
Tiró del pomo de la puerta sin miramientos.
—Karen, abre la puerta ahora mismo.
Tiró de la puerta desesperado, mientras con la voz fingía una calma con la que intentaba persuadirla. Pero, al no ver resultados, acabó gritando su nombre como si fuera un alarido.
—¡KAREN!
Y en ese momento.
El cochero tiró bruscamente de las riendas del caballo. El animal relinchó y se alejó al galope, Arthurus, como era de esperar, soltó la manija de la puerta del carruaje que había estado sujetando. El carruaje pasó a toda velocidad, dejando tras de sí una ráfaga de aire que le rozó el rostro.
Arcturus no soltó una risa vacía, ni gritó intentando detener a Karen. Ahora no era momento de eso. Volvió a subir a su vehículo y aceleró.
Por suerte, no fue difícil alcanzar a un caballo que acababa de empezar a correr. Al igual que el carruaje, el caballo del cochero también parecía viejo.
Desde su vehículo, se veían las ventanas del carruaje. Las cortinas ondeaban debido a la velocidad, pero el rostro de la persona que iba dentro era indistinguible.
《—¿Hubo siquiera un solo momento en el que fueras sincera conmigo?》
Arthurus recordó aquella noche. Aquella noche en la que la amenazó diciendo que moriría si mentía, cuando en realidad deseaba que Karen le mintiera.
《—…No.》
Pero ella, que siempre le había mentido, fue honesta precisamente en ese momento.
《—¿Sabe lo difícil que fue para mí fingir que lo amaba todo este tiempo?》
Ahora intentaba huir de un hombre al que incluso tocar le resultaba repugnante.
|Con qué derecho.|
Después de convertirme en esto, ¿pretendes huir de mí?
Eso no está bien, Karen.
Arthurus giró el volante de golpe.
¡Chirrido!
El vehículo negro embistió sin vacilar contra el gran carruaje marrón.
* * *
—¡Su excelencia!
En plena noche, un accidente tan grave justo frente a la mansión era imposible de pasar desapercibido para los sirvientes. El portero, en particular, notó el inusual estado de su señor y alertó de inmediato al mayordomo.
El mayordomo se acercó al vehículo humeante. Pero antes de que pudiera abrir la puerta, esta se abrió desde dentro.
—¡Su excelencia, está herido…!
La sangre goteaba de la frente de Arthurus. Sin embargo, él alzó la mano para apartar al mayordomo que se acercaba con expresión conmocionada.
Por mucho que siempre hubiera mostrado fortaleza, era imposible salir ileso tras estrellar un vehículo contra un carruaje con tanta violencia. En el momento en que Arthurus dio un paso fuera, sujetándose a la puerta del vehículo, su cuerpo se tambaleó hacia un lado.
Un sirviente corrió a ayudarlo a levantarse, pero Arthurus lo apartó con brusquedad y pasó de largo, aturdido. Se dirigía al carruaje.
Los caballos caídos se agitaban con desesperación, y el cochero gritaba pidiendo ayuda.
Arthurus dejó todo ese caos atrás y abrió la puerta del carruaje, medio aplastada.
—Karen…
Y entonces registró cada rincón del estrecho interior.
—¡Karen…!
El nombre que murmuró con vacío acabó resonando como un grito desesperado en la oscura calle.
* * *
La puerta se abrió de golpe, golpeando la pared con un fuerte golpe. Al entrar a su despacho, Arthurus pasó frenéticamente junto a la puerta de la estantería, ya abierta.
El mayordomo y varios sirvientes no tuvieron más remedio que seguir a su señor, mirándolo con ojos ansiosos.
Mandaron llamar al médico de cabecera con urgencia, pero aun así parecía imposible que sería imposible tratar al duque de inmediato.
—Karen… ¿Karen está…?
Karen Shanner se había ido.
Las esposas, tras perder al objetivo que debían retener, yacían solas sobre la cama.
Probablemente había aprovechado el momento en que los ruidos del exterior desviaron la atención de los sirvientes para huir.
Como solo se había dejado en la mansión a un pequeño grupo de sirvientes que jamás revelarían el hecho de que Karen estaba confinada, escapar aprovechando una oportunidad así debía de haber sido aún más fácil.
—Su excelencia, primero deberíamos tratar su herid…
—¿Y su doncella?
—…
—¿Dónde está la doncella le asigné?
Después de confirmar que Karen había escapado, Arthurus buscó a Lena.
—Ahora que lo pienso, no la he visto en unas horas…
—¡Lena dijo que se encargaría de la cena de la señorita, así que hasta hace unas horas con certeza estaba aquí!
Los sirvientes hablaron con urgencia.
Aunque la sangre que fluía de su frente le empapaba la zona de los ojos, Arthurus mantuvo los ojos bien abiertos y escudriñó el espacio vacío.
…La cómoda estaba abierta.
La barbilla de Arthurus tembló al darse cuenta de lo que había usado para escapar de las esposas.
El mayordomo, sabiendo qué diría a continuación, se adelantó y dio la orden.
—Hay que encontrar a la señorita Karen. También a Lena. No debe haber ido muy lejos, así que debemos registrar toda la mansión, ¡incluyendo el jardín y el bosque!
En cuanto el mayordomo dio la orden, los sirvientes se dispersaron al unísono. Sin embargo, Arthurus no era de los que se quedaban quietos mientras los demás se movían por él. Apartó con brusquedad la mano del mayordomo que intentaba detenerlo y bajó las escaleras.
Si algo era un alivio, era que, salvo el ligero tambaleo inicial al bajar del coche, no parecía tener problemas mayores.
Arthurus salió al jardín y abrió la puerta de la perrera, amplia y despejada.
Fiuu-.
Al silbido de Arthurus, los perros corrieron hacia el bosque con familiaridad. Él empezó a correr casi a la par, dirigiéndose tras ellos.
El mayordomo se limitó a observar en silencio la figura de su señor.
Tras el funeral de Jude Cullen, el mayordomo de la familia Cullen le había dicho con un tono cargado de significado que, por un tiempo, vigilara bien a su amo. Desde que el duque había encerrado a la señorita Karen, ya había sentido que algo no iba bien.
Pero esto superaba con creces lo que había imaginado.
La imagen de Arthurus persiguiendo a Karen con varios perros, como si estuviera cazando a una bestia en el bosque, resultaba profundamente inquietante.
El brillo salvaje en sus ojos hacía difícil pensar que aún conservara la cordura.
¿Sería algo bueno que su señor encontrara a la señorita Karen? ¿O sería mejor que no lo hiciera?
El mayordomo observó con el corazón encogido la profunda oscuridad del bosque que se había tragado a Arthurus.
* * *
¡Guau! ¡Guau, guau!
Unos perros, corriendo más rápido que los humanos, ladraban en algún punto. El sonido provenía de entre los árboles, donde no se había abierto ningún sendero.
A pesar de su visión borrosa, Arthurus continuó moviéndose hacia la dirección del sonido sin perderse.
Su mente estaba llena únicamente de un nombre y un rostro.
|Karen…|
No puedo dejarla así. Aunque tuviera que abandonarlo todo y esconderse con ella en una isla desierta.
No, incluso si todo se descubría ante el ejército y ambos eran ejecutados, no le importaba.
No podía dejarla ir.
Como su madre, que odiaba a su padre y aun así le suplicaba amor.
Como su padre, que odiaba a su madre y aun así la amaba hasta el punto de seguirla en la muerte.
¡Guau, guau!
Finalmente Arthurus llegó al lugar donde estaban reunidos los perros.
Entre la visión borrosa, distinguió un cuerpo encogido, temblando de miedo.
Y en ese instante, de una forma realmente extraña…
Recordó a una mujer que creía haber olvidado, a la que pensaba que ya no le afectaba. Aquella mujer cuyo rostro y nombre había olvidado, conservándola solo como el concepto de su “primer amor”.
Se había consolado diciendo que no había sido más que un amor juvenil que pasó fugazmente por su inestable infancia, pero en realidad, incluso en medio de un infierno donde estallaban bombas, había intentado arrastrar consigo el cadáver de aquella mujer.
Se había derrumbado al ver su hermoso rostro destruido sin dejar rastro, aquel cuerpo muerto y desfigurado tras haberlo traicionado y abandonado. Cada vez que la recordaba, lo que le venía a la mente era ese cadáver horrible, aplastado y derretido.
Y aun así, hasta hacía no mucho, Arthurus había llegado a añorar incluso esa imagen. Se había lavado el cerebro diciéndose que no era nadie importante.
Curiosamente, después de conocer a Karen, ya no había pensado en esa mujer…
Pero ahora había vuelto a recordarla.
En aquel entonces no había podido poseer ni su corazón ni siquiera su cadáver. Pero ahora era distinto. Aunque Karen muriera, al menos abrazaría su cuerpo.
(Becky: Arthurus, basta, me estás asustando T.T).
—Karen.
Arthurus intentó sonar lo más cariñoso posible hacia la mujer que temblaba aterrorizada.
La mujer, sollozando, intentó alzar la cabeza. Pero él, incapaz de esperar siquiera ese breve instante, se apresuró a acercarse y la agarró del brazo, obligándola a ponerse de pie.
—Ka…
Pero la mujer que vio de cerca…
—L-lo siento, S-su excelencia…
Era Lena, la doncella de Karen.
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