La risa vacía de Arthurus resonó por toda la cabaña, donde el sonido de la lluvia se filtraba sin obstáculos.
Hasta llegar aquí, ni siquiera él podía estar seguro de qué era exactamente lo que sentía por Karen. Si quería matarla, o si quería, pasara lo que pasara, estar con ella, o aunque fuera verla una sola vez…
Decenas de veces al día oscilaba entre una cosa y otra; sus emociones eran inestables y sus decisiones cambiaban sin cesar. Pero, entre todas ellas, había una elección que nunca varió: ir a verla.
Matarla o morir junto a ella.
O vivir juntos.
Tengo que ir hacia ella.
Eso era todo en lo que podía pensar.
Y entonces…
《—Ese abuelo tuyo, ya muerto, hijo de puta. Yo lo maté.》
La confesión de David, admitiendo que Karen no había matado al abuelo
《—Te extrañé…》
Con solo esa frase, que revelaba que ella sentía lo mismo que él…
La decisión resultó sorprendentemente fácil.
Ah, tenía que protegerla.
Aunque vuelva a traicionarlo, aunque ese tipo haya mentido y resulte que sí fue ella quien mató al abuelo.
Aún así, iba a cuidar de ella.
Primero la depositó en suelo limpio. Los perros, encantados con su presencia tras una larga ausencia, intentaron acercarse a ella, pero él les ordenó con firmeza que no lo hicieran.
Después de eso, puso leña en el brasero, sacó un fósforo, lo encendió, sacó una manta de su bolso y regresó a Karen con un urgencia.
Dudó apenas un instante antes de tocar la ropa pegada a su cuerpo dormido, y enseguida comenzó a quitársela. Su cuerpo ya estaba helado como el hielo; si seguía con la ropa mojada, podría ser fatal.
Tras retirar todos los retazos de tela húmedos del cuerpo femenino, él también se quitó sus prendas exteriores. Tiró de la prenda que aún quedaba en su nuca, se despojó del resto de su torso y levantó el de Karen para envolver su cuerpo blando entre sus brazos. La manta los cubrió a ambos, superpuestos.
Pronto, los perros también se dieron cuenta y se tumbaron alrededor de sus amos.
La condición de Karen era un desastre.
La había visto demasiadas veces tendida e inconsciente, comenzó a sentir cómo el miedo brotaba lentamente en su interior.
Temía que esta vez Karen no despertara jamás y que tuviera que despedirse de ella de otra forma.
—Ahora ya no puedes ir a ningún lado.
No tenía intención de dejarla ir. Tampoco pensaba permitir que ella lo abandonara de nuevo.
《—¿Está pensando en traicionar a Gloretta?》
Ante la pregunta del corredor, Arthurus había respondido así:
《—Cometí un error…》
Sí, un error.
《—Por mucho que lo piense, siento que necesito corregirlo.》
Cometí el error de perderla.
Cometí el error de malinterpretar y culparla por cosas que no había hecho.
Eso no cambia el hecho de que Karen había sido una espía y que lo hubiera traicionado.
Pero había una verdad innegable: sin Karen, él no podía existir.
Ella lo era todo para él. Sin darse cuenta, se había convertido en su mundo entero.
No podía soltar a la mujer que había insuflado aliento a su vida árida y aparentemente intacta.
—…Karen.
Se apretó aún más contra su cuerpo para transmitirle calor, frotó su mejilla contra su cabeza y recordó un pasado lejano.
A Karen, asustada por el estruendo de los truenos como explosiones y una chica perdida en medio de las explosiones de la guerra…
* * *
Una tenue luz se filtró a través de sus párpados.
Karen abrió los ojos, sintiendo una calidez envolvente. Levantando suavemente los párpados, recuperó la consciencia, y solo un pensamiento la asaltó.
|Arthurus.|
Recién entonces fue consciente del tacto suave y ardiente que la rodeaba. Sobresaltada, intentó incorporarse y descubrió a Arthurus dormido, abrazándola. Los perros, sobresaltados por el repentino acto, se despertaron bostezando.
Gimotearon suavemente mientras le lamían las mejillas a modo de saludo.
Aun con el rostro empapado de babas, Karen no podía apartar la mirada del rostro dormido de Arthurus.
—Sueño…
No fue un sueño.
Sus manos temblaban, incapaces de creer aquella realidad onírica. Apenas logró tocar el rostro de Arthurus. La sensación de su piel rozando la suya era vívida.
—Por qué, por qué…
Al aceptar la realidad, comprendió lo extraña que era la situación.
¿Por qué querría Arthurus cruzar la cordillera entre las fronteras? ¿Por qué alguien que debía estar en Gloretta estaba aquí…?
|¿Podrá ser que por mí?|
Pensó que era imposible que Arthurus hiciera algo así sólo por ella, pero no pudo pensar en ninguna otra razón.
Mientras seguía intentando asimilar el motivo de su presencia, una calidez ardiente envolvió su espalda y su cuerpo fue aprisionado con fuerza.
—A… ¿Arthur…?
Era igual que antes. Como los días tranquilos que habían pasado juntos antes de que él se enterara de todo.
Karen intentó incorporarse otra vez, pero Arthur no la soltó.
—Por qué…
Ella tenía mucho que preguntar.
¿Tuviste muchos problemas en Gloretta por mi culpa?
¿Por qué viniste hasta aquí?
¿Es por mí?
—¿Quieres matarme?
De todas las preguntas posibles, esa fue la primera que pronunció.
Preguntándole si la odiaba tanto.
No hubo respuesta de Arthurus durante mucho tiempo. Karen sintió miedo en el silencio.
Finalmente se escuchó su voz grave.
—Yo…
Pero Karen no llegó a oír lo que iba a decir.
—Oh, espera… un momento…
Porque de repente sintió un dolor abdominal terrible que era difícil de describir.
—¿Qué pasa?
Arthurus se levantó de inmediato. La manta que los cubría a ambos se cayó por completo. Al inclinarse para ver el rostro de Karen, descubrió manchas de sangre entre sus piernas y se quedó rígido.
Aunque no supiera mucho del cuerpo femenino, sabía que un sangrado así no era una buena señal.
Había demasiadas cosas que aclarar en el reencuentro con la mujer a la que había amado, odiado y malinterpretado, pero ahora no era el momento.
La envolvió con la manta y, sin dudar, la cargó.
* * *
—Está embarazada.
Ante las palabras del médico, Arthurus no mostró alguna expresión particular.
Había descendido de la montaña cargándola, cubierto de sudor, consiguió un carruaje y fue al médico que le recomendó el corredor.
Y entonces escuchó la noticia del embarazo de Karen…
Su mirada se posó en ella, que dormía por fin tras tanto sufrimiento.
—¿Es posible que haya sido un diagnóstico erróneo?
—No importa a qué médico acuda, el diagnóstico será el mismo. Hay indicios amenaza de aborto, así que hay que tener extremo cuidado. No sé qué ocurrió, pero si la madre se esfuerza demasiado, no será bueno para el feto.
—…
—…¿Señor?
El médico miró a Arthurus con una mirada extraña.
Al verlo llegar aterrorizado, temiendo que algo le ocurriera a la mujer, había dado por hecho que eran pareja o matrimonio. Pero la reacción del hombre al enterarse del embarazo era demasiado peculiar.
No parecía nada feliz.
—¿Podemos quedarnos aquí hasta que ella despierte?
—Pagó lo suficiente, así que puede quedarse con tranquilidad.
El médico, que había cedido una habitación de su casa como si fuera una sala de hospital, se marchó sin pensárselo dos veces. No le importaba la historia de esos dos; con que le pagaran, bastaba.
Arthurus se quedó mirándola durante un largo rato sin parpadear, ajeno a sus propios ojos inyectados en sangre.
Embarazo, embarazada…
|Karen está embarazada…|
En términos de tiempo, era muy probable que el feto hubiera concebido cuando estuvo confinada en la mansión por él, o cuando se fue a Kustia.
Se habían acostado incontables veces.
Especialmente durante el período en que luchaba con sus sentimientos de traición hacia ella, mantuvo relaciones sexuales con el único propósito de atormentarla y hacerla sufrir. Antes, había sido cuidadoso durante cada encuentro por respeto, siendo ella alguien que tenía que subirse a un escenario, pero cuando no hay respeto por el otro, no hay necesidad de delicadeza.
Así que no sería extraño que hubiera concebido en ese tiempo.
Pero Karen era una espía.
Alguien capaz de hacer cualquier cosa para obtener información…
No había garantía de que él fuera el único al que había seducido en Gloretta. Y en Kustia, sin duda, muchos hombres habrían codiciado a una mujer hermosa como ella.
|Si el padre del niño fuera otro…|
Solo pensarlo era miserable y ridículo.
Pero Arthurus no pudo evitar pensar en esa eventualidad.
La amaba.
Aunque ella lo hubiera traicionado, aunque nunca lo hubiera amado.
Pero amarla no significa que confiara en ella.
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