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El lugar donde se quebró la rosa dorada - Capítulo 115

 

Episodio 115

 

 

Arthurus seguía rumiando una y otra vez las posibilidades más terribles en torno al ser que Karen llevaba en el vientre.

 

La miraba tan intensamente que le ardían los ojos por no haber parpadeado, cuando los párpados de ella se alzaron lentamente.

 

—…

 

Los ojos claros y hermosos que lo reflejaban se curvaron apenas.

 

En el momento en que vio esos ojos, Arthurus pensó.

 

 

Da igual.

 

 

Había innumerables razones para no amarla. Añadir una más no cambiaría nada.

 

No importa cuántas razones haya para no sostenerla, Arthurus no le soltará la mano. Incluso si ella no lo desee.

 

—…¿Escuchaste?

 

—Sí.

 

No había dormido profundamente; más bien había caído rendida tras soportar el dolor, así que parecía haber oído fragmentos de la conversación entre el médico y Arthur.

 

Lo miró con cautela.

 

Había algo que debía decir primero, pero terminó enterándose antes del embarazo.

 

|Tal vez Arthurus no quiera a este bebé…|

 

No es cualquier hijo.

 

Es un hijo con ella.

 

Rodeó su vientre con las manos y, evitando su mirada, habló con voz temblorosa.

 

—Lo siento…

 

—…

 

—Lo siento, Arthur…

 

Ante su disculpa, Arthurus apretó los labios y los puños. Al verlo, Karen lo supo. Él no deseaba la existencia de ese niño.

 

(Becky: Malentendido a la vista).

 

 

* * *

 

 

La mansión estaba alborotada.

 

El duque había regresado antes de lo esperado. Gracias a eso, los sirvientes que se habían atrevido a mentir al gobierno y al ejército pudieron respirar aliviados.

 

Pero no tardaron en quedar horrorizados otra vez.

 

El duque Kloen descendió del carruaje sosteniendo a una mujer.

 

Ya se había descubierto que Karen Shanner, la nueva rosa dorada de Gloretta y prometida del duque Kloen, era una espía.

 

La mujer que había huido a Kustia había regresado.Y lo había hecho en brazos del mismo hombre al que había traicionado.

 

Pero ninguno de los sirvientes expresó duda alguna sobre la situación. Simplemente dieron la bienvenida a sus señores como si nada hubiera ocurrido.

 

Arthurus llevó a Karen a su habitación.

 

En un principio no tenía intención de traerla allí. Si se descubría que Karen estaba en Gloretta, no podía traer nada bueno.

 

 

—Por favor, Arthur…

 

 

Pero la voluntad de Karen fue firme.

 

 

—Quiero descansar en nuestra casa…

 

 

Con solo oír esas palabras “nuestra casa”, Arthurus, pese a la recomendación del médico de que debía guardar reposo, regresó con Karen a Gloretta a lo largo de dos días.

 

En secreto, pero en el mejor entorno posible para ella.

 

—Como todos saben, la existencia de Karen debe permanecer en secreto. Si alguien se va de lengua…

 

Arthurus se quitó los guantes de las manos, secó el sudor de Karen y miró a los sirvientes uno por uno con una mirada indiferente.

 

—Pagará el precio correspondiente.

 

Ya de por sí, todo lo que estaba ocurriendo resultaba abrumador. No solo para el personal de servicio, sino incluso para el mayordomo que llevaba años sirviendo en la casa.

 

Resultaba incomprensible cómo había traído de vuelta a la mujer que huyó a Kustia, y qué había sucedido entre ellos durante ese tiempo.

 

Pero la siguiente orden confidencial de su señor dejó al mayordomo profundamente conmocionado.

 

—¿Hay entre las sirvientas alguna que haya dado a luz?

 

—Sí, Hay varias que llevan muchos años trabajando aquí.

 

—Asígnalas con Karen.

 

—¿Por qué precisamente a esas sir…?

 

—Karen está embarazada

 

—…¿Huh?

 

El mayordomo, que había salido al pasillo siguiendo a su señor, inconscientemente miró hacia el dormitorio donde yacía Karen.

 

Se sintió mareado por la noticia y la situación abrumadoras que le dificultaban recobrar el sentido.

 

Había atendido antes a una duquesa embarazada, así que cuidar de una mujer encinta no suponía problema alguno. Le preocupaban las consecuencias si se descubría que la señorita Karen había regresado a Gloretta, pero su señor ya habría sopesado todo eso al traerla de vuelta. Como mayordomo leal, no pensaba mencionar ese punto.

 

Pero el embarazo de Karen era otra cuestión.

 

—Su excelencia.

 

El mayordomo expresó genuina preocupación, a sabiendas de que su señor no recibiría bien sus palabras.

 

—¿Tiene la certeza de que ese hijo le pertenece?

 

Justo estaba a punto de atravesar el pasillo; los ojos oscuros y hundidos del duque se posaron nuevamente en su mayordomo.

 

No hubo ningún cambio significativo en su expresión, como si hubiera esperado oír eso.

 

—Dada la identidad de la señorita Karen, no hay razón para estar seguros de que lleva su sangre.

 

—…

 

—La casa Kloen es una familia con una larga historia. Por lo tanto…

 

Si se casara con otra mujer y tuviera hijos.

 

No sería llamado a declarar ante el ejército, no perdería bienes ni títulos, ni habría dudas sobre el linaje del feto.

 

 

Así que por favor, abandone a la señorita Karen.

 

 

Iba a intentar persuadirlo con tiempo y cautela, pero no pudo continuar.

 

—Es mío.

 

Porque Arthurus cortó decisivamente las palabras de su mayordomo.

 

—Pero si se considera el momento de la concep…

 

—No. Es mi hijo, sin excepción.

 

El mayordomo volvió a mover los labios para insistir. Pero Arthurus no tenía intención de permitirle decir nada sobre Karen o el niño.

 

—Aunque su cabello sea castaño o pelirrojo.

 

—…

 

—Aunque no tenga ni un solo rasgo parecido a mí.

 

Con un tono feroz, como si estuviera dispuesto a matar, pero absolutamente firme, Arthur habló.

 

—Cualquier hijo que nazca de Karen será mío. Sin condiciones.

 

El mayordomo, que intuitivamente sabía que si no seguía su voluntad, tendría que dimitir de su puesto; inclinó la cabeza obedientemente.

 

—Entendido. Entonces bajaré a llamar al médico de cabecera.

 

Después de eso, el mayordomo pasó junto a su señor y bajó las escaleras.

 

Cuando se alejó, la mirada de Arthurus volvió a su dormitorio, donde estaba acostada Karen.

 

Lo que dijo antes era sincero.

 

No importaba si el niño no se parecía a él. Incluso si heredaba rasgos imposibles en la familia Kloen…

 

Por ejemplo, un cabello castaño, rizado, piel salpicada de pecas una estatura baja.

 

Estaría bien.

 

Porque sería el hijo de Karen.

 

Porque, en algo, debería parecerse a ella.

 

No importaba quién fuera el padre. Lo único que importaba era que también era hijo de Karen.

 

Porque ahora, ya no la podía dejar ir por ningún motivo.

 

Incluso si existiera una razón por la que debería hacerlo, no debería importar.

 

Solo así podría seguir reteniéndola a su lado.

 

(Becky: Bueno, hemos encontrado al rey de las migajas).

 

 

* * *

 

 

—¡Mami! ¿Qué sentiste cuando supiste que yo existía?

 

 

En la oscuridad total de la noche, Karen yacía en la cama, con la mano bajo el camisón, acariciando su vientre y evocando recuerdos de su infancia.

 

En esos recuerdos borrosos, su madre era una mujer hermosísima. Regañona, sí, pero rebosante de amor

 

 

—Le di muchas gracias al cielo. Por haberme dado una niña tan preciosa y hermosa.

—¿Cómo sabías que era bonita si ni siquiera había nacido?

—Simplemente lo presentí. Incluso antes de verte, sabía que serías una chiquita muy hermosa.

 

Karen acarició el vientre que albergaba a un niño que ya había sufrido tanto, sintiéndose culpable.

 

Si hubiera sido concebido en el vientre de otra mujer, habría sido celebrado, amado solo por existir. Pero ella, al saber de su presencia, no sintió gratitud.

 

Solo miedo.

 

Miedo a las repercusiones que se producirían si se descubriera al padre biológico.

 

Y usando al niño como excusa, se había impuesto un propósito que había intentado reprimir.

 

Volver a ver a Arthurus.

 

Pero tras superar ese periodo tan duro, ahora, recostada en este dormitorio familiar y acogedor, recién empezaba a sentir gratitud por la existencia del niño..

 

Aunque Arthurus no lo quiera porque es un hijo que viene de ella…

 

Ella se alegraba del fruto de su relación con Arthur.

 

|Lo siento, cariño.|

 

Aún quedaban muchas montañas por cruzar.

 

|Aguanta un poco más.|

 

Había algo que hacer.

 

Para Arthur y por ella.

 

Mientras ciertos pensamientos se agitaban en su cabeza, la puerta se abrió.

 

—…Arthur.

 

Él había asumido que Karen estaría durmiendo y por eso entró sin llamar.

 

Pero se detuvo un momento cuando sus ojos se encontraron con los de ella.

 

Él llevaba ropa cómoda, pero tenía la barbilla oscura, como si no se hubiera afeitado en mucho tiempo. La miró con una expresión compleja y luego apartó la vista de forma extraña.

 

Karen no sabía qué pensaba él de ella.

 

¿Solo odio? ¿La había traído para vengarse?

 

O tal vez aún quedaba un poquito de amor por ella, en algún rincón de su pecho.

 

En realidad, daba igual.

 

Fuera cual fuera su sentimiento, ahora solo agradecía poder verlo.

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