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El lugar donde se quebró la rosa dorada - Capítulo 117

 

Episodio 117

 

 

Cuanto más amable era con ella, más resentimiento le despertaba.

 

Tal como cuando tuvo que engañarlo, incluso ahora aquella amabilidad la hacía sentir sofocada. Solo que esta vez era mucho peor.

 

Tras el silencio prolongado de Karen, la voz insistente de Arthurus se fue apagando poco a poco. Al ver los ojos llorosos y llenos de resentimiento de la mujer, Arthurus frunció los labios.

 

¿Por qué estaba enojada?

 

No, en realidad Karen tenía muchas razones para estar enojada con él.

 

En la mente de Arthurus, vinieron a la mente recuerdos de cuando descubrió que era una espía y la arrastró a una habitación secreta, donde le hizo daño.

 

Sentía la garganta arder de sequedad, las yemas de los dedos entumecidas, hasta el punto de no poder respirar con normalidad.

 

—No hubo ningún otro hombre.

 

Su tono único, suave pero con un filo oculto, se filtró en los oídos de Arthurus.

 

—Solo fuiste tú.

 

—…

 

—Desde el principio, hasta ahora.

 

Por un momento, Arthurus no entendió el significado de sus palabras.

 

Karen gritó enojada ante su habitual expresión en blanco.

 

—¡Es tu hijo…!

 

Mientras ella gritaba con la cara roja y jadeante, sólo entonces Arthurus entendió lo que estaba tratando de decir.

 

Entonces, ahora mismo…

 

—¿Crees que arriesgué mi vida escalando montañas después de saber que estaba embarazada por nada?

 

Que el niño que Karen llevaba era de él…

 

—Es porque es nuestro hijo, quiero decírtelo…

 

Nuestro hijo…

 

—Porque quería verte, por eso…

 

Pero aquello no era lo único difícil de creer.

 

Karen le estaba diciendo que lo había echado de menos.
Que había cruzado montañas y tratado de atravesar la frontera para reencontrarse con él.

 

Y aún así, Arthurus todavía recordaba que Karen le dijo que nunca había sido sincera con él ni por un momento, a pesar de estar apuntada con un arma.

 

A veces, por miedo a que una pequeña esperanza se transforme en desesperación y decepción, uno prefiere negarlo todo.

 

Este era exactamente uno de esos momentos.

 

|No te hagas ilusiones inútiles.|

 

Arthurus aplastó sus propios deseos para no albergar expectativas vanas.

 

|Karen no puede amarme.|

 

Desde el principio se le acercó sin amor, con intención deliberada.

 

En ese instante y ahora también.

 

Arthurus creyó ver el rostro de su primer amor, a la que no lograba recordar del todo, superpuesto al rostro de Karen, que lo miraba con desesperación.

 

Ese fue el momento.

 

—Yo mentí, en ese momento.

 

Ella volvió a hablar.

 

—No quería que fuera cierto, pero no pude evitarlo.

 

Siempre que estaba junto Karen, sentía que su corazón se volvía débil.

 

Con solo un pequeño gesto, un leve movimiento de sus manos o un cambio sutil en su expresión, él quedaba indefenso.

 

Ni siquiera el deseo de no hacerse falsas ilusiones obedecía a su voluntad.

 

—Te amo.

 

La voz de Karen volvió a sumirlo en una sensación onírica, como si caminara dentro de un sueño.

 

—Por eso vine. Porque quería estar contigo.

 

—…

 

—Vine a ti con todas mis fuerzas.

 

Ya le había roto el corazón cuando le dijo que nunca había sido honesta, pero sintió que se iba a romper de nuevo cuando le confesó que esa había sido una mentira.

 

Pero esta vez, no había ira ni desesperación. Por el contrario, quería arrodillarse de buena gana a sus pies, por decisión propia.

 

—¿Ya no me crees?

 

Como Arthurus tardaba en responder, Karen lo miró con inquietud, sus ojos temblando mientras tanteaba su reacción.

 

Desde luego, había muchos motivos para no creer en las dulces palabras de Karen.

 

Sin embargo, Arthurus no quería rechazarla ni empujarla lejos dudando de ella, después de que hubiera regresado por su propia voluntad.

 

Incluso si volvía a mentir, estaba bien.

 

 

No, confío en Karen.

 

 

—Ya te lo dije. Creeré en todo lo que digas.

 

Aunque eso significara resultar herido, estaba dispuesto a creer una vez más en la mujer que lo había traicionado. Todas las veces que hiciera falta, incluso si lo traicionaba una y otra vez.

 

Aunque fuera una decisión irracional, de la que quizá se arrepentiría más tarde, era mejor que permitir que Karen saliera lastimada.

 

Arthurus dudó un momento, luego posó suavemente los labios sobre la frente femenina. Karen, que había estado inquieta, cerró los ojos por fin, dejándose envolver por su calor.

 

—Si realmente confías en mí…

 

Karen dudó y miró a Arthurus con cautela.

 

—Quédate conmigo. Yo estoy bien, pero el bebé…

 

No se atrevía a decirle que quería estar con él, que deseaba que se quedara a dormir a su lado. Le pareció demasiado descarado. Pero usar al niño como excusa tampoco dejaba de serlo.

 

Karen lo miró de reojo, observando su reacción. Justo cuando estaba a punto de bajar la mirada, Arthurus se inclinó con suavidad para quedar a su altura.

 

—Claro, el bebé necesita que su padre lo haga dormir, ¿no?

 

—…Sí.

 

—Vamos al dormitorio.

 

Como si nada hubiera pasado.

 

Arthurus  la miró con ternura, le sonrió y la levantó en brazos

 

En ese instante, Karen pensó en una posibilidad que nunca antes se había planteado.

 

Y si, quizá…

 

Arthurus todavía la…

 

La ama.

 

Ya recostada en la cama, se tragó la pregunta que tenía en los labios mientras lo veía acostarse a su lado sin menor vacilación.

 

 

¿No sientes rechazo hacia mí?

 

¿De verdad está bien, está bien que sea yo quien lleve a tu hijo?

 

¿Aún me amas?

 

 

—Si me miras tan descaradamente, me pones en aprietos.

 

Karen se rió al verlo bromeando como antes y se acurrucó en su pecho. En lugar de apartarla, Arthurus la abrazó.

 

Aceptaba todo de ella, sin ningún límite establecido, por…

 

¿Porque lleva a su hijo en su vientre?

 

¿Es realmente así de simple?

 

Ella podía aceptar que era porque lo amaba.
Pero entonces, ¿por qué Arthurus había cruzado aquella frontera?

 

Este hombre… ¿Por qué……?

 

 

* * *

 

 

Toc, toc.

 

Era una mañana acompañada por el canto de los pájaros.

 

Arthurus frunció el ceño y abrió los ojos al oír el leve golpe.

 

El mayordomo, incapaz de esperar el despertar de su señor, volvió a llamar. Arthurus deslizó con cuidado el brazo que sostenía el pequeño cuerpo que había compartido su calor toda la noche y examinó con atención el rostro dormido de Karen.

 

Dormía con una expresión serena, como si ni siquiera hubiera oído los golpes.

 

Después de correr las cortinas con lentitud, pasó junto a la cama y finalmente abrió la puerta para recibir al mayordomo que lo esperaba. Pero la persona frente a la puerta no era quien él esperaba.

 

—Cato.

 

Cuando la mirada de Cato, con el sombrero calado hasta abajo, cayó sobre una mujer que yacía en la cama, Arthurus bloqueó su visión bloqueando la puerta con su cuerpo.

 

—Esa mujer es…

 

—Shhh.

 

Acturus le indicó con indiferencia que guardara silencio, miró una vez más a Karen y luego cerró la puerta para salir al pasillo.

 

—Supongo que ofrecerle algo de comer al hermano que vino a visitarme después de un largo tiempo, ¿no? 

 

—Ahora no es el momento de hacer esas bromas…

 

—Sígueme.

 

Arthurus interrumpió con ligereza las palabras de su herni, que no podía ocultar su desconcierto, y avanzó por el pasillo.

 

Cato había acudido preocupado porque Arthurus llevaba mucho tiempo sin dar señales de vida. Y, aun así, no podía entender por qué él mantenía una actitud tan relajada en una situación que claramente no lo era.

 

Al ver al mayordomo y a los sirvientes desconcertados por su visita sin previo aviso, pensó que debía de haber algo que se mantenía en secreto.

 

Incluso cuando alcanzó a ver fugazmente un cabello rubio esparcido sobre la cama de Arthurus, consideró la posibilidad de que fuera otra mujer.

 

Pero por muy lastimado que estuviera en el amor, ¿era Arthurus alguien que llevaría a cualquier mujer a su cama?

 

Mientras se dirigían a la sala, el mayordomo, que ya había preparado refrigerios, inclinó la cabeza ante su señor y se disculpó.

 

—Lo siento, su excelencia.

 

—Es un poco decepcionante que la privacidad del dueño de la casa sea tan pobremente protegida.

 

Arthurus habló en un tono que no dejaba claro si era broma o advertencia, y se sentó con calma, bebiendo el té humeante.

 

—¿Desde cuándo mi hermano menor está tan apegado a mí como para venir sin avisar?

 

Aunque lo dijo en tono de broma, estaba claramente expresando su molestia.

 

—Al menos tenía que saber si seguías vivo o muerto.

 

—Claro. Cuando muera, heredarás todas mis propiedades.

 

—¡Sabes que no es eso lo que quise decir!

 

Habían sido distantes durante mucho tiempo. Durante años se ignoraron y pelearon a espaldas del abuelo. Por eso, a estas alturas resultaba incómodo hablar con afecto.

 

Cato se tragó las palabras de que había venido porque estaba sinceramente preocupado por él y dejó escapar un suspiro.

 

—¿Cómo volviste a encontrarte con esa mujer……?

 

Mientras formulaba la pregunta que más le inquietaba, Cato se quedó a medio camino, endureciendo la expresión.

 

Una idea absurda acababa de cruzarle la mente.

 

—No me digas que…

 

—Lo que estás imaginando es correcto.

 

—¿Fuiste a Kustia y trajiste a esa mujer contigo?

 

—No llegué hasta Kustia. Y si con “trajiste” te refieres a que la secuestré, no es así.

 

—¿Está seguro?

 

Si Cato hubiera venido antes de que Arthurus escuchara de labios de Karen la palabra “te amo”.

 

Si hubiera hecho la misma pregunta en ese momento.

 

La respuesta de Arthurus habría sido muy distinta.

 

No la había traído a la fuerza, y fue Karen quien dijo querer regresar a Gloretta, pero él no hubiera sabido con qué sentimientos había tomado esa decisión.

 

Pero ahora sí lo sabía.

 

Sabía por qué Karen había querido venir a Gloretta con él.

 

—Karen vino a mí por elección propia.

 

—…¿Y esa cara de imbécil a qué se debe?

 

Una expresión de satisfacción perezosa, como la de una bestia saciada, se reflejaba claramente en su rostro. No era de los que solían expresar sus emociones, así que este aspecto de Arthurus le resultaba bastante desconocido a Cato.

 

Pero la atmósfera relativamente tranquila y relajada duró poco.

 

—¿Qué vas a hacer ahora?

 

Cato señaló el problema que debe abordarse de manera realista.

 

—No es algo que se resuelva solo porque ustedes dos se hayan perdonado, ¿no?

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