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El lugar donde se quebró la rosa dorada - Capítulo 69

Episodio 69

 

—Pero eso no funcionará.

—…

—Todavía tienes algo que proteger.

David se apartó de su estrecho contacto y acarició los labios, las mejillas y la barbilla de Karen uno por uno antes de retirar la mano. Karen tosió y respiró hondo, pero no pudo bajar la cabeza ni recuperar el aliento porque David aún no se había separado del todo.

—Hagámoslo bien.

—…

—De esa manera, podremos terminar la obra con la misma protagonista. No hagas que tengamos que buscarte un reemplazo.

Era una amenaza sobre eliminarla y enviar a otro espía en su lugar.

Karen levantó la cabeza, todavía jadeando, y miró a David.

—Aunque te advierto con tanta amabilidad, sigues con esa mirada rebelde.

—Actuaré como ustedes quieren. Con eso debería bastar, ¿no?

—Sigues sin confiar en mí.

¿Confiar? A Karen le resultaba ridículo. No solo la secuestraron, sino que también tomaron como rehén a su familia, ¿y ahora quieren confianza?

David, ciudadano de Kustia, realmente no lograba entender a Karen

El país la alimentó, le dio un hogar y la educó, así que, ¿por qué no podía mostrar la debida lealtad? A sus ojos, ella parecía una tonta incapaz de corresponder el favor.

—Ve con madame Borne. Tengo una sorpresa para ti.

David se alejó de Karen como si su asunto hubiera terminado. Luego se dio la vuelta para salir primero del callejón.

—Si…

Pero la voz de Karen, cargada de veneno, detuvo a David en seco.

—Si el abuelo se da cuenta de algo por tu culpa…

—…

—Entonces nunca te lo perdonaré.

Como si buscara una pequeña venganza, Karen empujó a David y salió primero del callejón.

El cabello largo y liso de Karen se mecía al viento, dejando tras de sí un dulce aroma. David, inhalando el aroma, sonrió y pensó en la advertencia mientras imaginaba su espalda, que había desaparecido y ya no era visible.

Nunca había tenido la intención de revelar su verdadera identidad a ese anciano.

Sólo había venido en señal de advertencia.

Karen iba a ponerse histérica solo de escuchar a Jude Cullen pronunciar las profundas palabras que había pronunciado. Pero para alguien que no sabía nada, era simplemente un contenido insignificante.

Sin embargo, David pasó por alto la agudeza de Jude Cullen en el proceso.

Al principio, lució desconcertado por su visita, pero pronto empezó a hacerle preguntas extrañas, como si quisiera ponerlo a prueba. Había asumido que solo era un anciano sonriente escondido en uno de los rincones de su casa.

Pero, un lobo sigue siendo un lobo aunque se le caigan los dientes, ¿no es así?

Su intención había sido amenazarla para que no olvide su misión y arruine las cosas…

En cambio, fue él quien terminó cometiendo un error.

 

* * *

 

Las instalaciones penitenciarias eran precarias. A los presos solo les daban un vaso de agua al día, alegando que era un desperdicio y el vaso que les daban era oxidado, difícil de beber.

Sierra miró su vaso de agua y pensó en los días cálidos y limpios que pasó en la mansión del conde.

—…

Esta vez miró a su alrededor.

Como era un lugar donde se encarcelaba a prisioneros, solo había mujeres, pero estaba lleno de gente aterradora. Desde una mujer que mató a su esposo con un hacha, hasta otra que agredió y mató a una amiga cercana a la que le pidió dinero prestado porque no quería pagar una deuda de su bolsillo…

Al principio, se mostraron considerados con ella, pero cuando su padre adoptivo, el conde, desistió del juicio y se negó incluso a contratar un abogado para ella, empezaron a mostrar su territorialidad y a acosarla

Una mujer noble rara vez iba a prisión…

Era comprensible que se sintieran ofendidas por la apariencia de Sierra, ya que parecía haber vivido una vida bonita ante sus ojos.

Habiendo sido llamada la “Rosa dorada de Gloretta” por su belleza, al principio fue incapaz de aceptar ese ambiente y trato, pero con el tiempo se fue acostumbrando a su situación.

|Cato…|

Al principio se enojó porque la había abandonado.

Creyó que en un par de días se arrepentiría y volvería. Pero no fue así. Después de estar completamente abandonada, solo le quedaba la miseria.

La comprensión de que había perdido no solo la posición y el prestigio por los que tanto había trabajado, sino incluso a su hombre, la dejaba abrumada.

Pero a medida que pasaba el tiempo, permaneció grabado en su mente, inquebrantable, el rostro y la voz de Cato, el primero en revelar las heridas que ella le había infligido y las emociones que albergaba.

Recordó su último encuentro con él, quien había sido su último salvavidas.

 

—¿Amabas a mi hermano?

Él era un hombre que nunca se había percatado que ella estaba seduciendo a Arthurus, y que siempre sonreía brillantemente cuando lo veía.

Sierra se quedó momentáneamente desconcertada por la pregunta del hombre al que siempre había considerado fácil de manejar.

Ya no sentía ningún apego hacia Arthurus. No había forma de que lo perdonara por lastimar a su mujer.

Entonces, mintió lo mejor que pudo para lograr que al menos Cato sea su aliado.

—¿No confías en mí?

—Lo hago.

Como siempre, terminó engañado por sus mentiras.

—Llegué a hacerlo.

Pero sólo bastaron unos segundos para que la ilusión de Sierra se hiciera añicos.

—Tú realmente… participaste en el secuestro de la mujer de mi hermano.

—¡Cato! ¿Qué estás diciendo?

Este no era el Cato que Sierra conocía.

Aunque sonreía de la misma manera, la emoción en su rostro era profundamente triste.

—En parte, ya lo sabía. Y, sin embargo, sigues mintiendo, diciendo que a quien amabas era a mí.

—Es verdad. Eres el único a quien amo. ¿Cómo puedes no confiar en mí?

A medida que la situación se hizo más urgente, Sierra lo reprendió por no ser capaz de confiar en su novia y no poder salvarla.

Pensó que seguía enamorado de ella al verlo tan amable, no podría alejarse de ella, incluso si fuera por un sentimiento de culpa.

Al mismo tiempo, estaba llena de orgullo porque no había forma de que Cato soltara su mano.

—¿Sabes qué, Sierra?

Pero, Cato, cariñoso y tranquilo,

—Tienes la costumbre de levantar las cejas cuando mientes.

Le soltó la mano.

—Tú, en cambio, no sabes nada de mis hábitos. Nunca me amaste.

Fue un comentario muy duro. Debería haberlo negado de inmediato… No pudo hacerlo, como si la inesperada brusquedad de la otra persona le hubiera cerrado la boca.

—Porque yo sí lo sé todo sobre ti.

La triste pero fría confesión de su prometido continuó. No era la típica confesión de amor, sino una confesión de los sentimientos desdichados que había estado ocultando.

—Porque te amaba te observé, y porque quería cuidarte memoricé todos tus hábitos.

 

Cato tenía razón.

A pesar de llevar tanto tiempo comprometidos, Sierra desconocía sus hábitos. Siempre le parecía el mismo.

Porque siempre fue tan ingenuamente amable con ella, excepto cuando mostraba su complejo de inferioridad o celos hacia Arthurus.

El hecho de que incluso ese tonto de Cato le hubiera dado la espalda la hacía sentir aún más desesperada.

|No debería haber hecho eso…|

Sierra recordó cuando se enteró por primera vez de la existencia de Karen.

No debería haber cometido una locura por celos como tocar a la mujer del duque Kloen. No, no, antes de eso…

Si tan solo esa mujer nunca hubiera aparecido en primer lugar.

¡Ojalá no hubiera aparecido ante sus ojos y ocupado su lugar junto a Arthurus…!

En lugar de amar a Arthurus por lo que era, estaba obsesionada con él para no perder la posición que ocupaba.

Todo iba bien hasta que fingió ser el primer amor de Arthurus ante el conde Miller y fue adoptada como su hija.

Pero cuando llegó el momento de conocer al duque, tembló de miedo. Temía que la despreciara, aunque ni siquiera se le parecía en el color del pelo.

Así que Sierra tuvo que engañarse a sí misma. Tuvo que convencerse de que realmente era la chica que el duque Kloen amaba…

Pero al final terminó en prisión.

|Si hubiera sabido que al duque Kloen le gustaban las rubias, me habría teñido el pelo.|

Después de aquella prisionera, la mujer que fue su nueva competencia resultó ser rubia también.

Resultó bastante irónico que sólo hubiera dos mujeres en la vida de Arthurus, y ambas fueran rubias.

Sierra pensó en la mujer que había sido el primer amor de Arthurus, una mujer de hacía tanto tiempo que apenas podía recordarla. Y aquella ocasión en la que accidentalmente escuchó la confesión del duque Kloen…

—Realmente se parecen.

Ha pasado tanto tiempo que no recordaba bien, pero si tenía una imagen vaga, fue hasta el punto en que se superpuso con Karen.

Y eso fue más frustrante.

En aquel entonces, bajo la protección de Arthurus como soldado, Karen se parecía a la mujer que había recibido un trato especial, a pesar de estar en la misma situación que Sierra.

¿No debería hacerle las cosas un poco más difíciles a la mujer que hizo que Cato la abandonara?

Aunque estaba encerrada en la cárcel, quería hacer algo para lastimar a esa mujer, aunque fuera un poco.

Sierra lamentó su complicidad en el secuestro de Karen, pero en lugar de reflexionar sobre ello, se mordió las uñas consumida por la malicia.

Entonces se le ocurrió una idea.

Claro, no traería de vuelta a Cato. Y Arthurus no se dejará engañar del todo por sus mentiras. Pero quizás, solo quizás, podría contribuir un poco a la infelicidad de la mujer culpable de la situación.

De hecho, incluso esa posibilidad era mínima…

Pero Sierra no tenía intención de quedarse sentada tranquilamente en prisión y desearles felicidad.

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