—Creí que estabas tan destrozado por la discordia entre tus padres, algo fuera de mi conocimiento. Y en realidad, yo era el más culpable, pero aun así, me negaba a aceptarlo.
—Si vas a decir tonterías me levantaré ahora mismo.
—Arthur.
Jude Cullen lo agarró por la mano mientras Arthurus intentaba levantarse. Desde la muerte de sus padres, no había recibido ni una caricia.
Como lo único parecido al consuelo era que alguien le palmeara el hombro. Arthurus se sintió incómodo cuando su abuelo le tomó la mano suavemente.
—Necesitabas una familia. Decidí que necesitabas otra familia, alguien a quien abrir tu corazón, además de tus padres, que ya habían fallecido, y de este abuelo que te había causado tanto sufrimiento. Dicho esto, soy culpable por traer de repente al hijo ilegítimo de Luther Kloen sin consultarte…
Esta conversación resultaba incómoda. Pensaba que no era necesario tenerla ahora, pero al final, Arthurus volvió a sentarse.
—Aunque digas eso, ¿acaso no lo cuidas con cariño?
—Al principio lo odiaba… pero ahora ese chico es también mi nieto. ¿Estás molesto?
—No estoy seguro.
El día de Navidad, Karen comentó que su actitud a Cato era la de un niño celoso a quien le habían robado su amor.
Sólo entonces Arthurus reflexionó sobre los sentimientos que habían acompañado desde la infancia.
¿Había estado molesto?
Oh, sí. Mucho
—…Tal vez, sí estuve molesto.
Nunca se había sentido verdaderamente amado, ni siquiera por sus padres, y su único abuelo vivo le tenía miedo. Y repentinamente, el anciano acogió al hijo ilegítimo de su padre, quien había sido la causa de su desgracia, y lo hizo porque estaba compadecido por la situación del niño.
Nunca había visto a la mujer oculta en el anexo, pero sí a Cato de vez en cuando. Y este siempre enviaba regalos y flores a la madre de Arthurus en su cumpleaños o en el día de los padres, como si ella también fuera su madre.
Le parecía un desvergonzado.
Ese par le quitaron el marido a su madre y a él su padre, y aún así…
Ese chico se desvivía por la madre de Arthurus intentando ganarse su afecto, a pesar de tener su propia madre biológica.
Luego, pensó que le estaba quitando la atención de su único familiar vivo, su abuelo.
Y a diferencia de él, Cato sabía cómo hacerse querer. Sonreía con facilidad, era amable y bromeaba a menudo, causando risas sinceras en el abuelo. En cambio, con Arthurus, el abuelo siempre lo observaba con ojo atento, como si evaluara su estado mental.
—Te has vuelto bastante sincero. ¿Es influencia de Karen?
—Basta ya. Ve al grano.
—Qué arisco…
Mirando a su nieto, el anciano pronto dejó escapar una pequeña risa.
—Desde tu perspectiva, supongo que Cato podría haber resultado irritante. Se esforzaba más que tú por ser querido. En el fondo, también me disgustaba ese niño astuto. Pero, Arthur…
Jude Cullen tomó nuevamente la mano de Arthurus.
—Cato era solo un niño.
—…
—Tenía miedo de ser abandonado en cualquier momento y, desde su nacimiento, cargaba con el estigma de ser un hijo ilegítimo, soñando con una familia normal y estable… También anhelaba ser protegido y amado.
Arthurus lo sabía.
Y también conocía el hecho de que Cato no recibió el amor de su padre como había pensado de niño.
Tal como solía imaginar a su padre pasando momentos felices con ellos en el anexo, Cato tenía pensamientos similares.
Eso sabía.
—No digo que lo entiendas. Pero no tienen por qué odiarse. ¿Acaso no fue todo culpa de los adultos?
Jude Cullen habló con fuerza.
—Arthur, necesitas una familia además de mí.
—Karen es suficiente para mí.
—Sí, Karen… Karen es…
Jude Cullen murmuró el nombre de Karen para sí mismo unas cuantas veces, luego una amable sonrisa apareció en sus labios.
—Entonces necesitas a Cato aún más. Como el tío que le da dinero a su sobrino.
Al final terminó la conversación bromeando.
Para entonces, el mensaje había sido transmitido por completo a su nieto. Arthur tenía que decidir cómo asimilarlo.
Ahora era el momento de hablar de otra cosa.
—¿Qué te gustó de Karen?
—Hoy estás hablando de muchas cosas inusuales.
—¿Te da vergüenza y no quieres decirlo?
De hecho, nunca pensó que su nieto respondería la pregunta.
Jude Cullen recordó los hallazgos que había escuchado del mayordomo sobre Karen y Louis.
Salvo el hermano menor que no se había asentado desde su regreso a Gloretta durante el intercambio de prisioneros, y al talento inexplicable de Karen que la había llevado directamente al Swan’s Ballet, nada particularmente sospechoso había surgido.
Pero esos pocos puntos cuestionables lo seguían poniendo de los nervios.
|Bueno, supongo que tampoco estoy en posición de culpar a mi nieto por ser tan desconfiado.|
Se sentía culpable por seguir sospechando de Karen, la pareja de su nieto y prácticamente una nieta más. Para ser precisos, era el hermano menor el que le resultaba más sospechoso.
Seguir investigando sería una falta de respeto hacia Karen, así que ordenó el cierre de la investigación. Aun así, no cambiaría el hecho de que ya tenía sospechas.
—Eso es todo lo que quería decir. Ya puedes irte.
Sin decir palabra, Arthurus se levantó e inclinó la cabeza a modo de saludo. Luego, sin pensárselo dos veces, se dio la vuelta.
El anciano chasqueó la lengua ante la inexpresividad de su nieto.
Cuando abrió la puerta, Arthurus se detuvo en seco.
—Karen…
Jude Cullen, desconcertado por el gesto, se dio cuenta de que le estaba tratando de dar una respuesta tardía a la pregunta anterior cuando escuchó salir aquel nombre.
—Me hace sentir bien.
—¿Qué…?
—Cuando estoy con ella, las cosas que antes parecían estar mal se convierten en nada.
Incluso la pesadilla del pasado se convirtió en un recuerdo lejano. Porque con Karen, le aguardaba un futuro feliz.
También pudo dejar atrás las secuelas de la guerra. Tuvo que consolar a una mujer cuyas secuelas eran aún más profundas que las suyas.
El insomnio que lo mantenía despierto y la costumbre de tener que esconder una pistola debajo de la almohada para poder respirar se curaron fácilmente. Tales pensamientos inútiles le impedían concentrarse en ella. No quería un arma tan aterradora como una pistola en la cama que compartían.
Estar con Karen le hacía sentir emocionado, feliz y hasta infantilmente celoso, pero eso último se desvaneció prontamente, y todo era cálido y reconfortante.
El tiempo que pasaron juntos podía ser nada, pero cuando ella estaba allí, las pesadillas y los pensamientos del pasado se convertían en nada.
Esa mujer le hacía pensar que todo estaría bien mientras estuviera a su lado.
—Si tuviera que elegir una persona para ser familia y pasar el resto de nuestra vida juntos.
—…
—Con Karen me basta.
Antes, le habría encantado escuchar eso…
Jude Cullen se quedó pensativo mientras miraba la puerta por donde su nieto ya había desaparecido.
***
Estaba de camino a casa desde la mansión Cullen.
La calle que había visto ese día apareció a través de la ventana.
Y recordó la imagen de Karen, con un abrigo puesto sobre su ropa de práctica dando a entender la prisa con la que salió, sentada con las rodillas dobladas, empapándose bajo la lluvia.
No, la tienda a la que ella había entrado antes.
Después de entrar y salir de ese lugar, había salido tambaleándose para desplomarse después.
En ese momento, en el oscuro coche, los ojos azul grisáceos en el rostro ensombrecido de Arthurus brillaron con especial intensidad.
Pero apartó su mirada penetrante de la tienda de madame Bornet.
《 —¿Por qué estabas bajo la lluvia, eh?
—Por los zapatos… me dolían los pies…》
Arthurus cerró los ojos al recordar los zapatos planos de tacón bajo que llevaba Karen ese día.
Y enterró las mentiras que había descubierto de ella en un agujero profundo.
* * *
Frente a la compañía de ballet, un vehículo estaba a la espera de Karen para que llegara sana y salva a casa cuando saliera de sus prácticas.
Como siempre, ella se quedó ensayando hasta altas horas de la noche, después de que todos los bailarines terminaran sus ensayos e incluso el personal ya se hubiera retirado. Como resultado, era la única bailarina en la compañía.
Eso significa que, si desapareciera de la sala de práctica, nadie se daría cuenta.
Karen salió por la puerta trasera a ocultas y rentó un carruaje cercano.
Clomp, clomp-
Aquel carruaje pasó por la puerta principal, rumbo al destino indicado por ella. Y aún así, el chofer, esperando de pie frente al vehículo fumando un cigarrillo, no la vio escondida tras las finas cortinas del carruaje.
—Uf…
Solo después de que el carruaje entrara en el barrio rojo, Karen pudo respirar aliviada. Se puso la peluca roja que había preparado y entró en un edificio.
—Es raro que tengamos una visita femenina.
La señora en el mostrador estaba masticando chicle y mientras miraba a Karen de arriba a abajo.
—Vine a buscar a Angie.
—¿Angie? Angie está con su clientela… ah.
La mujer se rió entre dientes como si hubiera notado algo.
—¿Nuestro Louis también tenía esos gustos?
—…
—Sube. Si eres una invitada, no necesitarás llave, ¿verdad?
Karen, tras oír el número de la habitación, subió las estrechas y empinadas escaleras sin barandilla.
—¡Ah…!
El espacio, ya de por sí estrecho, estaba a rebosar de gente. Se tambaleó al chocar con un hombre borracho que bajaba y luego se tambaleó y se pegó a la pared.
—¡Oh, cielos, lo siento!
El hombre se disculpó a medias y se alejó. Pasó junto a Karen, mientras ella permanecía de pie contra la pared.
—¿Eh…?
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