De repente, el hombre la miró fijamente, como si acabara de darse cuenta de algo.
—¿Pelo rojo y apagado…?
Con los ojos abiertos y borracho, el hombre acercó lentamente su rostro. Karen, sobresaltada, buscó la pistola que tenía escondida en su abrigo, la llamada “Arthur”.
—¡Ugh…!
Sin embargo, el hombre siguió empujando su cara contra ella, como si quisiera comprobar algo, pero luego fue agarrado por la nuca por alguien más y rodó por las escaleras.
—Te he estado esperando durante mucho tiempo, cariño.
—Cállate la boca.
A pesar de la severa advertencia, David se rió entre dientes y le puso el brazo alrededor del hombro con cariño.
—Vamos.
Era repugnante que David, quien la había amenazado en un momento tan crucial, fingiera protegerla en semejante situación. Pero ¿qué podía hacer? Había recorrido todo ese camino para encontrarse con él.
Karen subió las escaleras, intentando con todas sus fuerzas no mirar al hombre de abajo.
|No me habrá reconocido, ¿verdad?|
Su corazón latía violentamente.
Tal vez solo se sorprendió al ver a una mujer normal entre los travestis y la quiso agarrar. O debió pensar que era la mujer a la que había llamado.
¿Acaso la dueña del mostrador no pensó que era solo una mujer con la que “Louis” quería divertirse?
Al entrar en la habitación, los ruidos que oía a través de las delgadas paredes se vieron amortiguados por la música. Solo entonces su corazón palpitante pareció calmarse un poco.
—¿Y Angélica?
—Creo que Angie quedó cautivada por otro cliente. Fui abandonado en cuanto llegó.
Tal vez era el congresista con el que Angélica se estaba esforzando para sacarle información. David fingió secarse las lágrimas con el puño.
—No sabía que mi hermana mayor vendría a consolarme al ser abandonado.
Luego se acercó a ella, quien seguía aferrada con tensión a la puerta. Se inclinó, presionando su torso contra el femenino, como si estuviera a punto de besarla en los labios.
Clang.
Si la fría bola de metal no hubiera tocado su estómago, David, siempre impulsivo con ella, quizás la habría besado.
—¿Quieres que tu coronel te corte la cabeza?
Cuando trajo a colación al hombre poderoso que estaba muy obsesionado con ella, David dio un paso atrás dócilmente.
—Viniste a verme con un arma que te dio un hombre y de paso mencionas a un tercero.
¡Clap, clap, clap!
David juntó las manos, aplaudiendo.
—Eso es genial, Karen.
—Déjate de sarcasmos. Antes de que te dispare.
—Oh, eso no servirá. Siéntate cómodamente. Solo entonces te diré lo que me dijeron.
El único lugar para sentarse en esta habitación era la cama. Karen miró a David y a la cama, pero su vacilación fue fugaz. Guardó su arma y se sentó en la cama. Él se apoyó contra la pared, para tener más tranquilidad.
Ella lo miró sin expresión alguna.
David Meyer siempre la provocaba cada vez que se veían, como si quisiera pelear. Esa provocación incluía la actitud que acababa de mostrarle, tratándola de prostituta.
No sabía si ese sentimiento interno hacia ella era desprecio o una especie de amistad, pero fuera lo que fuese, era simplemente agotador y pesado. No, la verdad es que lo odiaba.
El mero hecho de que el tipo que sostenía su correa en nombre de Kustia ansiara su atención o una reacción le resultaba insoportable.
Pero Karen reprimió tal disgusto y no apartó la mirada de los ojos de David.
* * *
Ante la evidente presión de resultados, Karen apretó los dientes y luchó contra el dolor de cabeza que agudizaba. A pesar del mareo, aceleró el paso y bajó las escaleras, apoyándose en la pared en lugar de en la inexistente barandilla.
Quería huir de ese espacio vertiginoso lo más rápido posible.
Fue cuando estaba casi bajando la peligrosa escalera de caracol.
—…
Sintió una mirada inquietante desde algún lugar sobre ella.
Naturalmente, volteó la cabeza en la dirección donde sintió la mirada.
|Ese es el hombre de antes.|
El hombre con el que había chocado en las escaleras y que David había derribado la estaba mirando fijamente con ojos más lúcidos que antes. Fruncía el ceño, como si evaluara algo, y parecía confundido.
|De ninguna manera…|
A Karen le vino a la mente un pensamiento siniestro.
|¿Me conoce?|
Su rostro había aparecido varias veces en los periódicos y la aclamaban como la nueva rosa dorada de Gloretta.
Incluso con la peluca puesta, era posible ser reconocida. El testimonio de un testigo afirmando haberla visto en un edificio sospechoso del barrio rojo era irrelevante sin pruebas.
Pero si realmente era alguien que la conocía…
|No hay forma.|
Karen apresuró sus pasos, apartando la mirada del hombre.
No lo conocía de nada, así que probablemente él tampoco. Simplemente se sentía inquieta y preocupada.
Se apresuró a llegar a la entrada.
—¡Hey…!
Pero entonces escuchó que le hablaba mientras la seguía.
Karen saltó al carruaje que la estaba esperando después de haber pagado por adelantado.
—¡Vamos rápido! ¡Dese prisa!
El cochero puso en marcha el carruaje, perplejo por la urgencia y sin saber lo que estaba pasando.
—Hey, ¡espere un minuto!
Escuchó que trataba de detenerla, pero ella nunca se dio la vuelta.
Si se trataba de alguien que realmente la conocía, era mejor dejar menos rastro de su rostro.
Por supuesto, también había otra manera de detenerlo.
Karen acarició el “Arthur” dentro del bolsillo de su abrigo, pensando en la otra opción.
Llevarlo a un lugar desconocido y matarlo sin dejar rastro.
Deshacerse del cadáver no sería tan difícil, solo tenía que encargárselo a Angélica, el agente del barrio rojo.
Pero no quería llegar tan lejos todavía.
Sabía que no había vuelta atrás, y no quería seguir por ese camino sin retorno.
《 —Si alguien viene a por ti de ahora en adelante, mátalos a todos con esta pistola.》
Arthurus, le dijo que disparara para protegerse.
¿Qué incluía exactamente esa declaración?
¿Estaría bien dispararle a una persona inocente que la reconoció, así como a un acosador cruel como Joseph Malone?
Ambos disparos serían en defensa propia.
Karen sacó la mano del bolsillo.
Si seguía tocando la pistola que le había dado Arthurus, sentía que podría acabar apretando el gatillo y disparándose en la cabeza.
* * *
Le ardían los pies.
Karen los apoyó en los soportes de madera y estiró las rodillas. Esto solo hizo que sintiera aún más rigidez en los empeines.
A pesar de que sólo había descansado unos meses, su cuerpo se sentía rígido y el punto más importante, levantar los dedos de los pies estaba resultando difícil.
El director Mark y Everdeen dijeron que era suficiente, pero Karen nunca dejaba pasar nada si no estaba conforme. No podía permitirse ser imperfecta en la técnica de punta, sobre todo porque era el movimiento más fundamental del ballet.
Si no estuvieran sucediendo ciertas cosas en específico, Karen se habría dedicado a practicar todo el día como siempre. Pero, por desgracia, hoy era un día ajetreado. Retiró sus pies de los soportes y se puso de pie.
—Karen, ¿te vas a casa?
—No a casa…
Everdeen se le acercó y preguntó, luciendo desconcertada, ya que Karen nunca había sido la primera en irse a casa tan temprano.
Después de un segundo de duda, Karen le susurró suavemente para que sólo la coreógrafa pudiera oír.
—El duque dijo que hoy saldría tarde del trabajo, así que quería ir a verlo.
—Ohhh…
—Últimamente los dos llegamos tarde a casa, así que es difícil vernos.
—Claro, todavía siguen en la etapa más apasionada, ¿no?
Everdeen se echó a reír. Luego, al darse cuenta de la atención de quienes las rodeaban, se tapó la boca rápidamente y miró a su alrededor.
—El duque estará feliz si vas a visitarlo a su oficina.
—¿Supongo que sí…?
—¡Claro! ¡Rápido, alista tus cosas y ve!
—Nos vemos mañana.
Karen le hizo una reverencia a Everdeen, empacó rápidamente sus cosas y salió de la compañía de ballet. Al pasar por la sala de práctica, notó innumerables miradas sobre ella, pero las ignoró todas.
Aquellos ojos estaban llenos de envidia, celos, descontento, anhelo y otras emociones. Simplemente no tenía la capacidad de preocuparse ni aceptar los sutiles sentimientos hacia ella.
Se subió al coche que la esperaba, pidió que la llevaran a la oficina del duque y apoyó la frente contra la ventana.
* * *
Unos minutos después de que Karen se marchara, alguien quitó bruscamente su pierna de la barra de ballet y caminó con prisa fuera de la sala de práctica.
—¿Alice…?
Everdeen la llamó por su nombre, pero la susodicha ya había abandonado la sala de práctica.
¡Bang! Alice cerró la puerta de golpe y el sonido resonó en las paredes de la sala de práctica.
—No se preocupen por eso, simplemente sigan practicando como lo estaban haciendo.
Everdeen, tras retomar la atención de las bailarinas distraídas, fue detrás de Alice. La bailarina miró a su alrededor y luego caminó a paso rápido por el largo pasillo. Everdeen la vio y se colocó detrás de ella.
—¡Alice!
—¡Suéltame!
—¿Qué pasa, ah?
Everdeen tenía la reputación de ser estricta y dura con sus bailarines cuando era necesario. Pero en esta situación hizo una excepción.
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