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El lugar donde se quebró la rosa dorada - Capítulo 83

Episodio 83

 

 

Arcturus, casi pegándose al mayordomo, bajó la voz con todas sus fuerzas y le preguntó:

 

—¿Acaso piensas esparcir rumores delante de todo el mundo de que mi novia podría haber matado a mi abuelo? No hagamos un escándalo en su último adiós.

 

Ya había escuchado toda la historia del mayordomo. Y eso fue justo después de enterarse de la muerte de su abuelo.

 

Ese día, despertó, agotado de tanto llorar como un bebé, en brazos de Karen, quien también lo había acompañado en lágrimas…

 

 

—Su abuelo desconfiaba de la señorita Karen y del señor Luis Shanner. Entonces oyó decir al jardinero que la había visto en el barrio rojo.

—Fue a la compañía de ballet después de recibir una llamada de Alice, que la estaba vigilando, pero solo me ausenté un momento y…

 

El mayordomo sospechaba de Karen. Y era comprensible. Todas las circunstancias apuntaban hacia ella.

 

—Procura no decir tonterías frente a ella. Déjala descansar en su habitación.

 

—…

 

—Yo me encargaré del resto.

 

Arthurus se apartó y preguntó si había sido claro, el mayordomo bajó la cabeza como para confirmar.

 

—¿Entiendes lo que quiero decir?

 

—Sí, su excelencia.

 

Entonces se dio la vuelta, apartando la mirada del mayordomo que ahora se enfocaba en él como lo había hecho con el abuelo. Fue en búsqueda de su maldito medio hermano.

 

El mayordomo contempló la ancha espalda de su nuevo señor mientras se alejaba sin decir una palabra.

 

Actuaba como si guardara silencio para evitar manchar la reputación de la familia y para despedir al abuelo en paz.

 

Pero el instinto de un mayordomo era ser sensible al estado de ánimo de su señor. A sus ojos, no parecía que Arthurus estuviera intentando guardar silencio por el bien de su abuelo y familia.

 

Parecía que lo que intentaba proteger no era otra que a la mismísima “Karen”.

 

Deseaba con todas sus fuerzas que no fuera cierto. Quererla hasta ese punto, sobre todo cuando su antiguo señor podría haber muerto por su culpa, era simplemente impensable. Y si la amaba tanto…

 

Su antiguo señor no podría descansar tranquilo en el más allá por la preocupación hacia su nieto.

 

 

* * *

 

 

Los extensos jardines de la mansión Kloen contaban con numerosas áreas de juego para niños.

 

Había columpios y pequeñas casas de árbol. Nunca se había visto a Arthurus jugar como niño en lugares así. A veces, cuando Lois lo llevaba de la mano, iba a regañadientes a pararse ahí.

 

Cato tampoco había jugado ahí de niño. Quería ser como Arthurus. De pequeño, Arthurus le parecía el adulto perfecto, a pesar de que solo se llevaban dos años.

 

Siempre lo había atormentado el deseo de superarlo, pero eso no era cierto. Para ser precisos, quería ser un miembro respetable de la familia, no un hijo ilegítimo, no el hijo de la amante de un duque. No se atrevía a desear convertirse en el heredero Kloen. Simplemente no quería ser responsable de lo que sus padres habían hecho.

 

Anhelaba la atención de su padre, quien, aunque físicamente presente, siempre estaba en su mente con su esposa e hijo legítimos. Sentía lástima por la duquesa Kloen, quien lo despreciaba, pero a la vez deseaba pertenecer a esa familia tan cálida.

 

Fue Jude Cullen quien satisfizo ese deseo.

 

Lo sabía. Lo trajo de regreso con la esperanza de que su nieto, que se sentía solo, tuviera un hermano o hermana en quien apoyarse.

 

Pero, ¿iba a ser aceptado por él?

 

Si Arthurus no lo aceptaba como hermano, Jude Cullen lo abandonaría. Este temor convirtió a Cato en un niño desesperado por amor.

 

Ser aceptado y amado por Jude Cullen, mostrando una falsa calidez en nombre de Arthurus, quien no le prestaba ni la más mínima atención.

 

—¿Y este es el miserable lugar donde te escondes?

 

Mientras Cato se columpiaba, vio unos zapatos negros.

 

—…Nunca me he escondido.

 

De niño, Cato se escondía a propósito para llamar la atención del abuelo. Cada vez, el escondite era obvio: entre los juegos que Jude Cullen había construido personalmente.

 

—¿Vas a seguir amargando la vida del abuelo hasta el final?

 

—¡Tú no eres el indicado para decir eso! He sido tan bueno con el abuelo como tú, no, ¡incluso mejor! Mucho más que tú…

 

—Lo sé. Fuiste mejor nieto que yo.

 

Arthurus odiaba a Cato. Se había estado engañando a sí mismo, pero también odiaba al abuelo por haber traído a Cato a su vida. Era como si le hubiera traído un nieto para colmarlo de amor nuevo en lugar de al nieto que ya estaba roto.

 

Aun ahora, ese odio no ha desaparecido.

 

Pero Arthurus decidió encubrir su odio una vez más.

 

Lo había enterrado tan profundamente que ni siquiera lo había expresado, pero lo enterraría en tierra nueva. Plantaría un árbol encima, un árbol que crecería alto y verde, absorbiendo como nutrientes las emociones que habían permanecido como cicatrices. Así planeaba superar las heridas y resurgir.

 

Eso fue cuando confiaba plenamente en Karen, antes de que falleciera el abuelo.

 

Había tomado esa decisión en un momento en que creía ser feliz. Eso incluía a Cato.

 

Aunque ya no pueda confiar en la persona que le ayudó a tomar la decisión más importante de su vida, aunque nunca vuelva a ver a la persona a la que más quería perdonar, iba a llevar a cabo esa decisión.

 

Porque, hasta el momento, nada era seguro.

 

Las palabras del mayordomo sobre la implicación de Karen en la muerte de su abuelo…

 

—¿Has confirmado la herencia que nos corresponde?

 

—Lo hice.

 

—No vas a comportarte como un niño pequeño enfadado porque recibiste menos, ¿no?

 

—¿Crees que actúo así solo por dinero?

 

—Entonces, ¿qué es?

 

Cato, un hombre adulto, reprimía sus lágrimas y apretaba la mandíbula. Al verlo, Arthurus no pudo ocultar el suspiro que se le escapó.

 

—No soy tan generoso como el abuelo. Significa que no pienso seguir tolerando tu comportamiento infantil.

 

—…

 

—Dime, ¿por qué te comportas como un niño en un día como hoy, cuando te esforzaste tanto por cuidarlo mientras vivía?

 

—¡Porque justamente es un día como hoy!

 

Finalmente, Cato estalló de emoción.

 

—Soy el hijo ilegítimo que su yerno tuvo con su amante…, y yo…, ¡no hay manera de que no me haya odiado!

 

—…

 

—Pero jamás me reveló ese resentimiento. Fuera sincero o no, me trató como a su propio nieto. Ya ha visto suficientes indeseables en vida…

 

Arthurus estuvo a punto de estallar en carcajadas ante ese comentario patético.

 

—Y mostrarle mi cara incluso después de su muerte…

 

—El abuelo sería quien más quisiera verte.

 

Anhelaba un cigarrillo. Necesitaba ese humo denso llenándole los pulmones. Pero recordando la preocupación del abuelo por su tabaquismo, Arthurus resistió la tentación, solo por hoy.

 

—Al principio quizá sí le molestaba verte. Pero decía esto.

 

—…

 

—Que tú también fuiste un niño, luchando por ser amado. Por eso decía que no nos odiáramos por los errores de los adultos.

 

Arthurus nunca se había caracterizado por ser generoso con nadie. Incluso ahora, seguía sin soportar a Cato.

 

Pero cuando pensó en él como el otro nieto de su abuelo, y no como el hijo ilegítimo fruto de la relación de su padre con su amante, sintió menos resentimiento hacia él. No eran exactamente familia, pero al menos estaban unidos como familiares de Jude Cullen.

 

—Realmente te aborrezco, Cato.

 

—…

 

—Pero el abuelo te quería. Si sigues dudando de ello…

 

Lo amenazó sutilmente, tras demasiadas tonterías.

 

—Puedo mostrarte exactamente cuánto te aborrezco.

 

Esperaba que el abuelo se hiciera de la vista gorda ante la amenaza que estaba haciendo.

 

—Entonces, entra.

 

Ha dicho todo lo que quería decir.

 

Arthurus se dio la vuelta sin pensarlo dos veces. Luego, recordando algo que había olvidado, volvió a mirar a Cato.

 

—Esta casa pasará a tu nombre.

 

—¿Qué? En el testamento del abuelo…

 

—Yo apenas venía cuando el abuelo me llamaba. Tú en cambio venías como si fuera tu casa. Es lógico que tú la cuides. Puedes venir a vivir aquí, o usarla como casa anexa si quieres.

 

—…

 

—Te la daré con la condición de que pueda venir a visitarte siempre que extrañe al abuelo.

 

Los ojos de Cato se abrieron de par en par al oír las palabras de Arthurus. Se había considerado un parásito, una criatura que se había aferrado a esta casa gracias a la generosidad del abuelo. Ahora, tras haber perdido al abuelo que le había mostrado esa generosidad, se sentía huérfano.

 

Aunque quería mucho a su abuelo, no creía que la generosidad hacia él fuera amor. Pensaba que, en el mejor de los casos, era lástima.

 

Oír de Arthurus, el hombre al que tanto había despreciado y odiado, que él y el abuelo habían sido familia…

 

A pesar de saber que era patético, Cato no pudo contener las lágrimas. Y fue detrás de Arthurus, pronto caminó a su lado hacia el salón principal donde se celebraba el funeral.

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