El cielo de la ciudad, más allá de la ventana, estaba cubierto de nubes grises y oscuras.
|Va a llover pronto.|
Antes, la razón por la que detestaba el clima lluvioso era el miedo a que cayeran truenos y relámpagos.
Ahora, se había añadido una razón más.
Jude Cullen murió en un día lluvioso y por su culpa.
|Hasta cuándo podré seguir con esto…|
El abuelo le confió el cuidado de Arthurus en su muerte, pero ¿cuánto tiempo tendrá que seguir engañándolo?
Hasta ahora, lo único que había hecho era investigar las armas de destrucción masiva que Arthurus estaba desarrollando con el apoyo del gobierno, pero ¿qué sucederá cuando esas armas salgan a la luz?
¿Y si la misión final consistiera en asesinar a Arthurus?
Karen temía profundamente el momento en que todo quedara al descubierto, pero la aterraba más la posibilidad de lastimarlo.
|¿Soy capaz de matar a Arthurus por Nina?|
La respuesta a eso llegó de inmediato.
|No puedo…|
Aunque eso significara poner a Nina en peligro, no sería capaz de hacerle daño a Arthurus. Pero sabía cuál era el final.
O todo sería descubierto por Arthurus, o llegaría el momento en que tendría que matarlo.
|Si yo hubiera muerto…|
Su mente se llenó del pensamiento de que aquel día debería haber sido ella, y no Jude Cullen, quien muriera.
Cobarde como era, pero no hay escapatoria más perfecta que la muerte.
* * *
El barrio rojo era más tranquilo durante el día que a altas horas de la noche.
“Angélica” ya estaba harto y cansado de vestirse de mujer y estaba descansando en su habitación privada.
Ya que cada noche tenía que sacarle información a los mismos hombres repugnantes, complaciendo sus caprichos, así que cualquier momento de descanso en soledad era escaso y valioso. Aún así, la luz del sol filtrándose por las cortinas le impedía dormir profundamente.
Por eso, entre los trabajadores del barrio rojo existía una regla tácita.
A menos que sea algo muy importante, no se debe interrumpir el descanso de los demás durante el día.
Toc, toc-
Y aun así, alguien había perdido todo sentido del miedo y se atrevió a romper la regla, llamando a su puerta.
Con los nervios al límite por el cansancio, Angélica rugió con voz grave y potente:
—¿Qué imbécil sin miedo es este? ¡¿Quieres morir?!
Cualquiera habría retrocedido al oír el grito resonar por todo el edificio, pero el “imbécil sin miedo” volvió a llamar a la puerta de Angélica.
Toc, toc-
El sonido limpio y deliberado del golpe hizo que Angélica se levantara hecha una furia.
No sabía quién era, pero estaba decidido a darle una buena paliza.
Entonces, con su mano gruesa, agarró el pomo de la puerta y lo giró. Ese fue el momento.
—¡Ugh!
En cuanto la puerta se abrió un poco, una fuerza desde fuera la abrió de golpe. Varias pistolas le apuntaban con furia. No se dio cuenta de nada hasta que el grupo armado ya había llegado a su puerta.
Se acabó.
Preparado para morir, Angélica se lanzó hacia la ventana.
¡Crash! Con el sonido del vidrio rompiéndose, su cuerpo cayó rodando sobre un contenedor de basura detrás del edificio.
—Maldita sea…
No había tiempo para retorcerse del dolor. Angélica se bajó inmediatamente del montón de basura e intentó escapar con prisa.
Lo hubiera logrado si tan solo una pistola gélida no estuviera clavada en su nuca…
Si tan solo no hubieran previsto sus movimientos y no hubieran rodeado completamente el edificio, entonces…
Pero pensar en los “y si” era inútil. Lo único que importaba era que ahora mismo estaba en una situación de mierda.
* * *
Ding, ding-
Un sonido claro de campana resonó cuando se abrió la puerta pintada de rosa. Madame Bornet, que había estado en la habitación interior, salió al mostrador. Su sonrisa amable se congeló al ver la figura inesperada.
—Esto…
De sus labios escapó una exclamación que no lograba ocultar su desconcierto.
El hombre, vestido con un abrigo polo azul marino que le llegaba hasta las pantorrillas, recorrió la tienda con paso relajado, las manos en los bolsillos. Bastaba no ser un idiota para darse cuenta de que no había venido a comprar nada.
Con el cabello cuidadosamente engominado, miraba las mallas, faldas, zapatillas y vestuarios de ballet, pero luego dirigió su mirada a la mujer del mostrador.
Ella le devolvió una sonrisa suave, como a cualquier cliente, mientras abría con cautela el cajón bajo el mostrador.
—Sería mejor que no saque el arma.
—…
—Madame Bornet.
La mano que estaba a punto de agarrar el arma se detuvo.
Aunque tenía la apariencia de un caballero, los ojos del hombre, semejantes a los de una bestia a punto de cazar, brillaban con calma.
—Me gustaría tratar con el mayor respeto posible a una anciana.
El hombre había venido sabiendo todo. Cuando había escuchado las intervenciones telefónicas, ¡no había ni el menor indicio de que sospechaba de Karen…!
¿Podría ser que Karen se atreviera a traicionar la gracia de Kustia y elegir a ese hombre?
En cualquier caso, una cosa era segura.
Si las cosas continúan así, ese hombre la arrastrará o la entregará al ejército de Gloretta, y será sometida a terribles torturas.
—¿Cuánto sabe?
El hombre no respondió a la pregunta que le hizo con supuesta indiferencia, con la esperanza de tener una oportunidad.
¡Maldita sea! Ni siquiera había un resquicio mínimo al que aferrarse.
Madame Bornet tomó rápidamente la pistola del cajón del mostrador.
¡Bang!
Pero antes de que pudiera apuntar, la bala del otro hombre impactó primero. El arma se resbaló de la mano de la anciana, ella había intentado suicidarse.
El blanco de sus ojos se enrojeció. La sangre que fluía de su frente descendió por el puente de su nariz, y el cuerpo de la anciana se desplomó hacia atrás, inerte.
Cuando murió la dueña de la tienda, Arthurus también perdió la compostura que tanto se había esforzado por mantener. Dio pasos apresurados, adentrándose en el interior del local, oculto de los clientes. Luego, con sus manos enguantadas de cuero negro, registró cada centímetro del lugar.
|No, no, no, absolutamente no.|
Hasta ese momento, Arthurus había tenido esperanza.
La esperanza de haber malinterpretado a Karen.
La esperanza es que, una vez que sepa la verdad, iba a sentirse culpable por haber dudado de ella.
La esperanza de que no fuera una espía.
Pero todas esas esperanzas se hicieron añicos.
Los dispositivos de escucha en la tienda de Madame Bornea.
La enorme cantidad de documentos.
—Haa…
Había llegado tarde a propósito todas las veces que tenían citas en la compañía. Había dejado que conociera el escondite secreto tras la estantería como parte del plan para desenmascararla como espía.
No, en realidad era un plan para demostrar que no lo era. Para confirmar su inocencia, algo que ya dudaba y había germinado a más.
Sin embargo, todo lo que había en la tienda de madame Bornet era información falsa que él mismo había filtrado deliberadamente a Karen. Si lo hubiera alargado un poco más, ya se habrían dado cuenta de que él ya estaba al tanto de todo.
《—Me gustas tanto que estoy enloqueciendo.》
Recordó su dulce voz. Sus ojos, llenos de cariño, parecían demostrar que sus palabras no eran falsas.
La forma en que había llorado al escuchar su pasado.
|¿Todo fue una mentira?|
Había sido tan feliz que se sentía irreal, pensaba en ella como un sueño hecho realidad.
Lo hacía sentir aturdido, como si estuviera teniendo un sueño muy dichoso.
Se había equivocado. Había creído que ese sueño duraría para siempre.
Los sueños no son más que ilusiones que, tarde o temprano, se desvanecen.
* * *
|¿Por qué Arthurus…?|
Algo iba mal.
Los invitados iban llegando uno a uno, pero él no aparecía por ninguna parte.
Le había dicho que no llegara tarde en la mañana, pero, en realidad, nunca pensó que fuera a retrasarse. Una persona tan meticulosa no llegaría tarde a una fiesta organizada por él mismo, y mucho menos a una donde su prometida iba a dar una función.
|Acaso ha pasado algo…|
Le preocupaba que hubiera ocurrido algún incidente.
|Quizás Kustia dio la orden de asesinarlo sin decírmelo…|
Habiendo vivido ya un intento de asesinato contra Arthurus por parte de un agente enviado por Kustia, los pensamientos de Karen se precipitaron hacia los peores escenarios.
—El duque está con retraso…
La voz de Everdeen la devolvió a la realidad.
El salón de fiestas ya estaba repleto de invitados.
|Este no es el momento.|
Más que perder el tiempo preocupándose por cosas innecesarias, necesitaba encontrar una forma de disimular la tardanza del anfitrión.
Normalmente, sería Arthurus quien recibiera a los invitados y luego comenzaría la actuación. Pero, ¿cómo iba a recibirlos el anfitrión si ni siquiera había llegado?
Los invitados empezaron a murmurar cuando vieron que Arthurus no estaba a la vista.
—…Esto no puede ser.
—¿Qué vas a hacer?
—Voy a cambiar el orden de la fiesta. Empezaremos el espectáculo de inmediato.
—¡¿Qué?!
—Iré a ponerme el vestuario y volveré, así que por favor avisa a los demás de que el orden ha cambiado.
Escuchó la voz alterada de Everdeen llamándola desde atrás, pero Karen se apresuró a entrar en su camerino.
Dejanos tu opinion
No hay comentarios aún. ¡Sé el primero en comentar!
Por favor, introduzca su nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirá un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.