Con la ayuda de Tony, Karen se cambió de vestuario. No quedaba mucho tiempo, así que no pudo dedicarle mucho tiempo al maquillaje. Sin embargo, como su maquillaje era más discreto que el de las otras bailarinas, parecía atraer aún más las miradas.
Tony, como último detalle, le colocó una cinta negra alrededor del cuello, acomodó el cabello sobre el que descansaba la corona floral y salió del camerino
A tres minutos de subir al escenario, Karen se miró en el espejo iluminado con luces tenues y se armó de valor.
|Tal vez esta sea mi última función.|
Aunque todavía no había llegado ninguna orden desde Kustia para dar por terminada la misión, ese pensamiento le vino sin razón aparente.
Incluso si esta no fuera su última función, era evidente que el final no estaba lejos.
Desde el principio, su carrera como bailarina había sido solo un pretexto para acercarse a Arthurus. Hacía mucho que él le había propuesto matrimonio, así que, tanto si se casaba de verdad como si regresaba a Kustia tras finalizar su misión, sus días como bailarina estaban contados.
Jugueteó con la cinta negra atada en su cuello a modo de collar. Entre los bailarines, una cinta negra al cuello solía indicar la presencia de un patrocinador.
Aunque Arthurus no era su patrocinador, llevaba la cinta como advertencia para cualquier hombre que quisiera ir detrás de ella, dando a entender que ella ya estaba con alguien.
Por supuesto, Karen no le pertenecía a Arthurus. Era una espía que se le había acercado con intenciones impuras, por lo que no podían ser considerados verdaderos novios.
Para ella, aquella cinta se sentía como una correa.
|Si siguen tirando de la correa así…|
Iba a terminar estrangulada.
En medio de su jugueteo con la cinta, pronto puso fin a su trágica fantasía con una risa hueca.
Aunque muriera, al menos no iba a ser aquí.
Quería hacer algo por Arthurus justo antes de morir.
En el mejor de los casos, lo único que podía hacer por él era ofrecer una actuación espléndida frente a sus invitados.
Ya era hora de subir al escenario.
Karen se incorporó de donde estaba sentada y abrió la puerta del camerino.
—…
Pero no pudo dar otro paso más. Una larga sombra la envolvió por completo.
La mirada, fría y desconocida, le estaba diciendo todo.
La obra ha terminado, Karen.
* * *
El espectáculo estaba a punto de comenzar, pero la bailarina principal que había pedido adelantar la función no aparecía por ninguna parte.
El director Mark movía la pierna con nerviosismo.
—¡Director!
Everdeen, que había ido al camerino a buscar a la protagonista, se acercó a él a paso rápido, bajando la voz.
—¡Estamos en problemas!
—¿Cuál es el problema? ¿Por qué vienes sola? ¿Dónde está Karen?
—¡No la encuentro!
—¿Qué estás diciendo?
—La última persona que la vio dijo que salió con el duque Kloen…
—¡¿Qué?!
¡Habían sido ellos quienes habían solicitado a la compañía de ballet una función privada de ballet! ¡¿Qué clase de broma era esta?!
Como ni la música comenzaba ni la protagonista aparecía en el escenario vacío, la gente que apenas se había calmado comenzó a murmurar de nuevo.
El director Mark no pudo ocultar su frustración y soltó una sarta de insultos.
Independientemente de lo que les sucediera al resto de las personas que se quedaron allí, los protagonistas del escenario y de la fiesta no regresaron ni siquiera después de mucho tiempo.
* * *
Nubes grises cubrían el cielo. Bloqueaban la tenue luz y hacían que fuera confuso saber si era de día o de noche en el momento.
No. De hecho, lo que le confundía no eran las nubes oscuras, sino la maldita mujer que tenía delante.
Con las manos temblorosas, Arthurus Kloen sacó un paquete de cigarrillos del bolsillo interior de su abrigo y se llevó uno a la boca.
Clic, clic.
Este maldito clima y esta maldita mujer.
E incluso el maldito encendedor.
Por desgracia, en el momento en el que más desesperadamente necesitaba un cigarrillo, el encendedor Zippo no funcionaba.
Intentó hacerlo con desesperación, como si fuera a morir si no fumaba de inmediato, pero no sucedió. La lluvia cayó de aquellas nubes oscuras.
Mientras las gruesas gotas tiñeron la prenda azul marino que llevaba puesta a un color oscuro parecido al negro, Arthurus acabó tirando el cigarrillo y el encendedor con una dura maldición.
—Arthurus.
Arthurus intentó no mirarla. Sentía que no debía mirar a aquella mujer que nublaba sus sentidos, ahora que era difícil distinguir entre el día y la noche.
—Arthur.
Huir es de cobardes. Sería más honorable morir abatido por el enemigo.
Hijo de un soldado, nació y vivió como uno, y ahora fabricaba armas para soldados; eso es lo que a Arthurus Kloen le enseñaron y para lo que fue criado.
Sin embargo, al oír la suave voz, sintió un terrible impulso de salir corriendo.
Quizá si ella se hubiera retrasado un poco, aunque sólo fuera un segundo, Arthurus habría optado por darse la vuelta y salir huyendo.
Sin embargo, había perdido el control como un animal criado y domado por Karen Shanner, quien sostenía el collar.
Sin darse cuenta, el ya empapado Arthurus giró su pesada cabeza para mirarla.
Maldita Karen Shanner, incluso en medio de todo, era tan condenadamente hermosa.
—Di que no es así.
Tanto que está dispuesto a soportar la humillación en esta realidad.
—Está bien.
—…
—Te dije que creería cualquier cosa que dijeras.
Era una súplica desesperada que le hizo sentir que caería de rodillas en cualquier momento.
—Dí que no eres tú. Que es una calumnia.
—…
—Con una palabra bastará.
El silencio de Karen hizo que quisiera ponerse de rodillas.
—Yo estoy…
Pero fue Karen quien cayó de rodillas.
Como una persona que ha estado de pie sobre dos piernas rotas durante mucho tiempo, se desplomó, la fuerza drenada de sus piernas.
—Estoy cansada…
Incluso con la fuerte lluvia golpeando todo su cuerpo, la voz que exhaló fue tan clara.
Arthurus intentó huir, pero Karen no lo hizo.
Tal vez tenía las piernas rotas y no podía huir…
Supongo que ahora no importa.
Él sacó la pistola escondida en su bolsillo. Era una pistola personalizada a la que llamó “Karen”.
Con la pistola que había fabricado pensando en ella, le apuntó a la frente.
—Después de todo, los sueños sólo son fugaces.
—…
—Aunque sé que…
Incluso con el arma apuntándole, ella no tembló en absoluto. Al contrario, parecía tranquila, como si hubiera estado esperando este momento. Era Arthurus quien apretaba las muelas en agonía.
—Hubiera sido mejor no tener un sueño como este.
Karen cerró los ojos al sentir la fría y punzante boquilla del arma.
Ahora era el momento de acabar con todo.
Sin apartar los ojos del rostro empapado por la lluvia, Arthurus se despidió de ella.
—Adiós, Karen.
¡Bang!
El disparo atravesó la ruidosa lluvia y resonó por las calles.
Fue el final de un momento de ensueño.
* * *
—Qué velada tan desastrosa…
Al final, los anfitriones no aparecieron hasta el final.
Ni por ser el duque Kloen se podría dejar pasar esta ofensa, pues había ofendido a muchísimas personas. Entre ellas se encontraban no solo los invitados, sino también los miembros del Swan’s Ballet, que habían puesto todo su empeño en preparar el escenario.
El director Mark, contemplando el salón de fiesta vacío y el escenario donde había desaparecido la protagonista, sacó un cigarrillo a sabiendas de estar en un espacio cerrado.
—¡Everdeen! ¡Director! ¡Miren esto!
Un chiquillo que a menudo hacía recados para la compañía de ballet se acercó presuroso y llevando algo en brazos.
Sumido en la peor situación posible, la desaparición de la protagonista y el fracaso de la función, el director apenas prestó atención al periódico que el muchacho le había traído. Sin embargo, al ver la reacción sobresaltada de Everdeen al leerlo, tomó el periódico con retraso.
—Qué, es esto…
El contenido era, sin duda, impactante.
Se informaba el descubrimiento de que algunos de los prisioneros de guerra en países aliados habían traicionado a su país y actuado como espías para Kustia.
Y el artículo concluía mencionando a Karen, quien, al igual que esos espías, había sido cautiva y tenía estrechos vínculos con una figura clave del país.
Casualmente, una noticia así había salido precisamente el día en que Karen desapareció sin decir palabra.
—Seguro que no… ¿verdad?
—¿Acaso no conocen a Karen?
El director Mark cortó de raíz la pregunta, teñida de duda.
Pero todos, al mismo tiempo, evocaban a la Karen desaparecida.
Será que, tal vez, quizá…
* * *
La residencia del duque Kloen estaba en silencio, pero llena de un movimiento inquieto.
A excepción de unos pocos sirvientes con mucho tiempo de antigüedad, el resto de empleados fueron reasignados repentinamente al anexo.
Y además de eso, el duque había perdido a la prometida que tanto había amado…
—A partir de ahora, los empleados tienen prohibido cualquier contacto con el mundo exterior.
—Entendido. Sin embargo, el mayor Skyborough llamó hoy en relación con el artículo… ¿Qué debería hacer?
—Dile que lo llamaré más tarde.
—También preguntó por la Sra. Karen.
—Ni una palabra.
—…Sí.
Después de imponer un silencio absoluto entre los sirvientes, Arthurus subió las escaleras. La mirada del mayordomo titubeó de inquietud mientras observaba la espalda de su señor.
Mientras escuchaba la lluvia golpear las paredes de la mansión, tuvo el presentimiento de que pronto estallarían truenos y relámpagos.
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